Lustrabotas

El lustrabotas terminó su jornada laboral. Levanta su “banquito" de una esquina del centro, en la entrada de una tienda sobre una calle peatonal, y camina media manzana. Entra en una librería, una de las más importantes de la ciudad. Va directo al mostrador. Es evidente que la empleada ya lo conoce, “hola Pablo, cómo estás”, y que sabe a qué viene. Repiten un ritual. Mientras les cobra a los clientes que compraron libros, la empleada le pide que ordene los billetes. “Por favor”, le dice la mujer mientras sigue con sus tareas. El lustrabotas obedece. Saca de entre sus ropas una bolsa de nylon, despliega una cantidad de billetes de distintos valores, todos muy arrugados, y empieza a clasificarlos por su valor. Arma un fajo de dos pesos, otro de cinco, un tercero de diez. La operación le lleva un buen rato, “tranquilo Pablo, no hay apuro que mientras tanto yo sigo atendiendo a la gente”. Cuando el hombre termina de ordenar su recaudación del día le avisa a su interlocutora de todos los días. Ella interrumpe por unos minutos su labor y cuenta el dinero, fajo a fajo, billete a billete. Luego separa una cifra redonda, abre la caja registradora, le da al lustrabotas el equivalente a lo que juntó, pero en billetes de cien pesos, y le devuelve los que sobraron. “Nos vemos mañana”, le dice. “Nos vemos mañana”, responde Pablo y se marcha con la recaudación del día otra vez en la bolsa de nylon guardada en algún bolsillo de su campera.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.