Napo
Iba en bicicleta por la ciudad en la que vivo y vi a un hombre que me recordó a Napoleón. Se le parecía, creo. O al menos se parecía al Napoleón que yo guardo en la memoria, casi 50 años después.
A Napoleón, previsiblemente, no lo llamábamos por su nombre completo. Le decíamos Napo, nomás.
- ¿A dónde vas?
- A lo de Napo, a comprar caramelos.
Napo era un hombre de mediana edad, tirando a mayor. Vivía solo, o eso creo. Era un hombre huraño, nunca salía de su casa y jamás hablaba con nadie, excepto cuando atendía su almacén. Hasta en ese momento economizaba palabras. Parecía siempre de mal humor y no lograba disimular que sus clientes en realidad los fastidiaba. No creo que alguno de los que íbamos a comprarle lo haya visto alguna vez de cuerpo entero. Todo lo que veíamos era su cara, que tenía una enorme nariz con forma de gancho. Era su rasgo más distintivo, además de la incipiente calvicie que empezaba a dejarlo sin pelo. No parecía un hombre muy limpio.
- ¿A dónde vas?
- A lo del Napo.
- Te acompaño.
Era el principio de los ’70 y yo tenía 7 años. Vivíamos en un lugar que se conoce como Picada Vasca. En aquel tiempo era un paraje rural ubicado cinco kilómetros a las afueras de Oberá. Desde el centro de la ciudad se tomaba por la avenida José Ingenieros, se pasaba por la cancha del club Olimpia, que era uno de los dos más populares y quedaba a la izquierda, y luego la calle hacía una “S” para pasar por el puente sobre un arroyo cuyo nombre no recuerdo. Enseguida empezaba una subida muy pronunciada, intransitable cuando llovía. A la derecha se entraba a barrio Cien Hectáreas, y a la izquierda se ponía rumbo a la Picada Vasca.
Antes de llegar, apenas se pasaba una hondonada y un arroyito, había una entrada a la derecha. Desde el camino se veía un edificio y algunos custodios. Era la cárcel más nueva de Misiones. El lugar donde vivíamos quedaba apenas un kilómetro más adelante. Recuerdo que cada vez que pasaba por allí me abrumaba la idea de que una persona estuviera encerrada y no pudiera salir. Se ve que nadie me había explicado por qué esas personas estaban allí.
- Hijo, andá a lo del Napo y traeme cigarrillos.
- Ahí voy, papá. ¿Puedo comprarme confites de chocolate?
En esa época papá fumaba. Los cigarrillos eran siempre los mismos: Jockey Club. Si Napo no tenía de esa marca, la única alternativa eran Colorados. Los confites eran en realidad una especie de caramelos largos, con azúcar adentro y recubiertos de algo parecido al chocolate, aunque sólo por el color. Eran de muy mala calidad, a veces tenían olor a moho y deben habernos causado muchas caries. Pero a nosotros nos gustaban.
Vivíamos en una de las casas que les correspondían a los directivos de la escuela 191. Es que mamá era la vicedirectora suplente y eso nos daba ese derecho. Era una escuela de esas que hizo construir Perón en su primera presidencia. La edificación era tan buena que se conservaba muy bien. Tenía tres alas y en el centro había un gran patio. En esas aulas hice segundo y tercer grado, y en el patio aprendí a jugar a la bolita, aunque siempre perdía contra mis compañeros por mi mala puntería. En tercero, mi maestra fue mi propia madre.
A veces, en el recreo, nos escapábamos hasta el almacén del Napo, que quedaba a unos trescientos metros. Teníamos 10 minutos, así que buscábamos la forma de que las maestras no nos vieran y corríamos hasta esa casa de maderas viejas y desvencijadas.
- Deme confites de chocolate por toda esta plata.
Napo ni respondía. A través de una ventana de su casa de madera, te daba los confites, agarraba el dinero y volvía a cerrarla. Siempre me pregunté cómo sería la casa por dentro. Nunca la vi, ni tampoco conocí a nadie que entrara.
La casa quedaba justo después de pasar un puente, en una curva. Después el camino polvoriento se perdía entre plantaciones de té y un monte de árboles enormes. Había un colectivo que venía de Alberdi e iba a Oberá, no logro recordar ahora el nombre de la empresa. Cuando íbamos a la ciudad por algún motivo, lo veíamos aparecer en una lomada, justo antes de la casa del Napo. Un ratito antes, el chofer anunciaba su cercanía tocando la bocina porque en lo de Napo y en la escuela siempre subía alguien.
El almacén de Napo era modesto. Vendía yerba, azúcar, pan, harina, algunas golosinas y cigarrillos. Me parece que no se destacaba por la limpieza, y que el olor a humedad se potenciaba porque Napo nunca abría puertas y ventanas para que entrara el sol y el aire. Hasta a sus proveedores los atendía por la ventana que daba a la calle.
Nunca lo vi fuera de ese mundo mínimo en el que vivía. Tampoco lo escuché decir más que el precio de lo que le compraba o, a lo sumo, “no hay” si no tenía lo que buscaba. Si tenía mujer e hijos no lo supe, o tal vez ahora la memoria me hace alguna trampa y simplemente no lo recuerdo. Porque lo que más recuerdo de Napo es su gran nariz, y el misterio que ese hombre me irradiaba.
- Quiero dos pesos de confites de chocolate y un paquete de Jockey Club.
- Jockey no hay.
-Entonces deme Colorados.
Luego la ventana se cerraba y Napo desaparecía hasta la próxima vez que papá me mandaba a comprar cigarrillos.
