Cuando me encuentre solo, recuérdame tu nombre, y el porqué decidí dejarte.

Cuando todo lo demás se haya terminado y no quede más que el silencio que suspira un adiós, recuérdame tu nombre.

Justo en ese instante, cuando piense que ya no queda nada, pues el tiempo se agotó y las palabras se fueron volando con el viento, lejos, a ese lugar llamado recuerdos; recuérdame cuando fantaseaba todavía con caminar contigo tomados de la mano. Recuérdame cuando reímos juntos y nos aventuramos a probar cosas que ambos sabíamos, solo podían terminar en un tragedia. Y no nos importaba.

Cuando me encuentre solo, déjame estarlo. Pues si eso ocurre, será porque así lo decidí, aunque en ese momento no me diera cuenta. Deja que observe las hojas caer, y escuche a los pájaros susurrar tu memoria, pues será entonces que me imagine lejos, junto a tí. Igual y no termino ahí, pero seguro termino en alguna parte mejor, pues nada puede ser peor que no estar. Es que sabes, no puedo estar contigo, pero tampoco sin el sonido de tu voz que me escucha mejor que cualquiera con quien alguna vez haya conversado.

Creo que después de todo, he aprendido a callar para dejar que cada que hable sea tu boca la que describa tu ausencia. Así como aquellas tardes soleadas y calientes con el viento abrazador del invierno seco, así me dueles pero me gustas. Me gustaría mucho decirte más de lo que te digo, pero creo que las palabras no describen con suficiencia los sentimientos, y Dios me privó de esa habilidad de otros poetas. Porque no, yo no escribo con ternura, sino con crudeza, de esa que hiere a los huesos y cala al corazón, pues lo hace sentirse vulnerable de nunca poder estar juntos. De nuevo.

Pero al final, estoy yo. Yo y nadie más que yo, aunque tu fantasma se trató de colar por la ventana. Que iluso. Nunca se dio cuenta que siempre estuviste conmigo, acompañándome hasta el final de mis días. Sinceramente, soy un egoísta, pues nunca quise compartir ningún pedazo de ti con el mundo, aunque fuera precisamente eso la razón de que te alejaras de mi. Vomito las palabras sin razonarlas, y es ese es el punto de decirlas sin sentido alguno. Porque dejé de tener la razón, cuando tú decidiste dejar de escuchar mis silencios.

Y ahora solo nos queda existir.

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