En esencia… siempre somos iguales.

A lo largo de la vida te das cuenta que el tiempo es únicamente una constante, no cambia. Avanza sin principio ni final, en el cual todos se desenvuelven, dejando que el tiempo los lleve de un punto a otro. Sin embargo, aunque parezca que crecemos y cambiamos, lo cierto es que solo nos adaptamos al rol que debemos tomar, con base en nuestro modelo de vida. Nos hacemos más cerrados, o más abiertos. Nos gusta mostrarnos más humanos, o más intransigentes. Nos enfocamos a trabajar, a estudiar, a limitar, a aprender. Nos decimos que soñar no lleva a ningún lado, si nos olvidamos de vivir.

Incluso ocurre que cuando volteamos detrás, no encontramos nada más que la silueta del recuerdo que alguna vez fuimos. Nos asusta pensar que no podemos reconocernos. Nos preguntamos qué ocurrió, en qué momento. Es entonces cuando nos aferramos a la idea de mantener los pies en la tierra y volver a sentirla, nuestra. Pero lo cierto, es que erramos de la manera más clara, que no nos damos cuenta porque nos deslumbra la vista. Lo cierto es que nunca dejamos de ser quienes somos. En esencia.

Es como cuando el agua se evapora o se congela. Como cuando el electron se excita. Justo como cuando los recuerdos arrancan sonrisas, o lágrimas, dependiendo la etiología. Porque no importa cuanto nos empeñemos en mostrar la imagen que nos presenta la máscara. Al final, siempre volvemos a retomar lo que nos gusta, a alejarnos de lo que nos asusta, a experimentar lo que no nos atrevemos a hacer por miedo a las apariencias.

Me gustan las tardes lluviosas. Me gusta escribir cuando estoy aburrido, o divertido, o presionado. Me gusta aprender empíricamente. Me gusta perderme para ver hasta donde puedo llegar. Aunque a veces creo que ya me he perdido demasiado.

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