Una última copa.

Hay dos cosas que nunca dejarán de maravillarme; la complejidad de las emociones y la lluvia que azota mi ventana. Ambas me producen una felicidad conjunta con un desasosiego que en ocasiones me cuesta trabajo manejar. El ruido de las gotas al estrellarse miles después de una caida de miles de metros, atravesando el viento solo para llegar a morir y de esa manera dar vida… es un orgasmo mental que no tiene comparación.

Subo el volumen de la música, seleccionando aquellas canciones que me transportan a memorias tan felices como tristes a la vez. ¿La nostalgia es difícil de explicar sabes? Te invade poco a poco, aunque realmente no puedes darte cuenta de qué es exactamente lo que extrañas. Poco a poco, el caleidoscopio te envuelve mientras el reloj continúa avanzado implacablemente. Se me antoja un último cigarrillo, así que me acerco a mi lugar secreto donde ingenuamente escondo mi propio veneno, para darme cuenta que convenientemente solo queda uno. Lo enciendo con un ligero sentimiento de ansiedad e instantaneamente el humo asciende para dibujar formas caprichosas que mi subconsciente intenta interpretar. Entre más inhalo, el caleidoscopio sigue girando y ahora comienza un baile multicolor, que me transporta a días donde mi inocencia era mi única compañera. Días donde no necesitaba ninguna inspiración más que mirar un rostro hermoso para escribir poesías.

No puedo… es demasiado. Necesito una copa, al menos una última vez. Me pregunto cuál será la mejor elección. ¿Vino? No, no en esta ocasión. La canción cambia, para traerme el recuerdo de un aroma exquisito, unos brazos suaves y un beso que mata. Una vez más, memorias. Mi patética cantina no brinda tampoco muchas opciones. Un tequila para raspar la garganta, o un vodka para revivir mis días de borracheras y falta de juicio moral. Mis días felices, si me preguntas en este momento. Me decido y lo sirvo en un vaso de cristal nada apropiado para la ocasión. Doy un trago profundo, arrastrando todo sentimiento que se atreve a aflorar en ese momento. No es tiempo para tener tantas tonterías circulando en mi cabeza. Tomo mi cigarrillo de nuevo, y esta vez aspiro con profundidad, sintiendo como todo el humo se impregna. La música sigue sonando y la lluvia cae con más fuerza, en un desesperado intento por llegar antes al suelo para estallar en compás de una canción que no alcanzo a comprender.

— No es más que una anestesia — , me digo para mis adentros mientras contemplo mi vaso, a la mitad. Río al recordar la metáfora del vaso medio lleno y medio vacío, porque me parece una estupidez. El vaso está a la mitad, punto final. Un nuevo sorbo y ahora tiene menos, llámenle vacío o con una extrema necesidad de llenarse. Me da igual. A ti te dio también, en algún punto, cuando me importabas.

No me esperaba esta canción. Skip. No estoy para canciones optimistas en este momento. Un trago más, una bocanada más… y mi cigarro se termina, como todo lo bueno en esta vida que me he dedicado a alejar. Sonrío. Se terminó, al fin.

Cierro los ojos mientras la música vuelve a cambiar. Esta vez no skipeo. Tomo un marcador y una cartulina vieja y comienzo a escribir todo lo que alguna vez fui, lo que soy y lo que debo ser. Debo del verbo querer, sin imposiciones.

Y entonces termino mi copa. Se acabó… Al fin comprendo que este era el final.

Ahora solo queda vivir el principio.

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