Tiburón

Iara cerró y abrió los ojos mientras manejaba el timón. En total oscuridad asomaban, tímidamente, las primeras estrellas. Tintineaban y se multiplicaban hasta salpicar toda la noche. El barco, un velero blanco y afilado, navegaba deslizándose sobre el agua negra cortando las olas. El viento chocaba contra su cara y agitaba sus cabellos, llevándole el sabor de la sal a la boca. Sobre la mesa, las copas de vino vacías chocaban entre sí. Ulises dormía estirado en el banco, atrapado en un profundo sueño.

Iara cerró de nuevo los ojos y sintió el calor de la ira que, ni siquiera la fuerza de aquél viento lograba extirparle. En el estado que estaba él, solo hacía falta un pequeño empujón. Iba a hacerlo aquella noche, de eso, estaba segura.


— ¿No vas a confesarles que me empujaste? Acabarán por descubrir que no me caí yo sólo.

Iara permanecía sentada, plantada en el centro de la cama de aquel hotel, tan lejos de su casa. Se encogía con las rodillas contra su pecho y hundía la cara entre las piernas.

— ¡Déjame! ¡Vete! — su voz era un llanto agudo, ahogado por las lágrimas.

— Pronto la policía estará aquí. Me han encontrado.

Ulises era sólo una sombra de bordes desenfocados; no nacía de ninguna luz. Inexplicablemente permanecía allí, flotando junto a ella. Iara se negaba a mirarlo.

— Me pusiste algo en la cena… ¿Verdad?. Nunca te hubiera creído capaz de hacer algo así. –la voz sosegada y estremecedoramente tranquila, resonaba como un eco dentro de la cabeza de Iara.

— Yo… yo no podía soportar…

La mujer lloraba ruidosamente. El pelo, mojado por las lágrimas, se le pegaba a las manos y a las mejillas.

La sombra se desplazó sin piernas, hasta colocarse frente al televisor, a los pies de la cama.

La policía costera, había alojado a Iara en aquella habitación diminuta y estrecha, donde apenas, cabía la cama de matrimonio. El médico psicólogo le había hecho unas cuántas preguntas y le había dado unos calmantes. Después la dejaron allí sola para que descansara. Mientras, la búsqueda del cuerpo de Ulises continuaba por mar.

— ¡Quise volver a buscarte! Viré el barco lo más rápido que pude… — los puños de Iara se cerraron con fuerza hasta tornarse blancos — Cuando me di cuenta de que era imposible encontrarte en aquella oscuridad… llamé a los guardacostas. ¡Estaba asustada!

La sombra se paseó por el estrecho hueco entre la cama y la ventana abierta.

— No me mientas. Te aseguraste de terminar bien lo que habías empezado. El casco del barco me golpeó en la cabeza y perdí el conocimiento.

— ¡NO! ¡Eso fue un accidente! ¡Lo juro Ulises! ¡Lo juro por mi madre!

Iara gesticulaba histérica. Sus lágrimas caían en goterones sobre la sábana, casi amarilla.

— No lo entiendo Iara, y quiero entenderlo. Habíamos decidido darnos una segunda oportunidad. Queríamos hacer las cosas bien, desde el principio, sin mentiras.

-¡Me engañaste! –Iara gritó sin poder controlarse.

La sombra pareció sentarse en la cama, dándole la espalda a la mujer.

— Fue hace tres años. Y quizá el momento en que nuestra relación empezó a decaer. Querías que te contara toda la verdad. Por esa misma razón alquilamos el barco, nos alejamos de todos.

-Sabía, sabía que me escondías algo. Fue escuchártelo decir en voz alta. Me sentí sucia y humillada. No podía volver a mirarte a la cara, no después de escuchar aquello.

-Quisimos construir nuestra relación desde la primera piedra. Yo sólo deseaba quererte como al principio. Por nosotros y por nuestros hijos.

Iara saltó de la cama como si alguien le hubiera dado un empujón. Se quedó mirando un rato el cielo tapado y gris que anunciaba tormenta.

— Los niños… — susurró mientras ahogaba un grito con sus manos.

— Sí… Iara. ¿No pensaste en ellos cuando me tiraste por la borda?

La mujer se apoyó en el marco de la ventana y lloró sobre sus brazos. El peso de la culpa le oprimía el pecho y le costaba respirar. Lloró durante largo rato. La figura a su lado no se movió.

— Ahora lo veo con claridad, Iara. Siempre fuiste una mujer impulsiva, un animal salvaje… cómo un tiburón. Lo que se interponía en tu camino lo destruías, sin pensar en las consecuencias. Estaba ciego y cuando lo descubrí ya era demasiado tarde. En cierta manera te tuve miedo, aunque nunca dejé de quererte.

Fuera, en el pasillo, se escuchaban unas voces que se acercaban. El sonido de una voz distorsionada hablando desde una radio.

— Iara…yo… siento mucho no haberte hecho feliz.

— ¡POM! ¡POM! ¡POM!

— ¡Abran! ¡Policía!

— ¿¡Señora Iara!? ¡Abra por favor!


HOMICIDIO EN ALTA MAR

El cuerpo mutilado de Ulises C. B. fue encontrado ayer por la policía costera a las 6 de la tarde, un día después de su desaparición. Marcas en el cuerpo de la víctima apuntan a que un tiburón se habían cebado con la víctima de 43 años.

La víctima tenía una contusión grave en el cráneo y trazas de Diacepán en la sangre. Se sospechaba que su pareja Iara A. C. le había podido administrar dosis de Diacepán para más tarde lanzarlo al mar.

Aquella misma tarde la policía local tiró abajo la puerta de la habitación 103 del Hotel El Cigüeñal. Allí encontraron a la pareja de la víctima que al verlos saltó desde el piso séptimo del hotel, muriendo en el acto.


FIN

Sam G. C.

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