Devolver

La patrulla de asalto irrumpió en la habitación del hostal a las dos y media de la madrugada. Tres sujetos con el uniforme reglamentario, incluido el chaleco de kevlar, tiraron la puerta abajo y entraron en el dormitorio. Encontraron a Danny Garrison estirado sobre la colcha de la cama, todavía vestido, y a sus pies, en la alfombra, una botella vacía de bourbon.

Entre dos agentes lograron levantarlo y llevarlo hasta el ascensor.

El señor Morris, en recepción, fue testigo de cómo los tres hombres cruzaron el recibidor llevándose consigo a Danny, todavía inconsciente, hasta el coche oficial frente a la puerta del edificio. Después, el conserje, continuó visionando el partido en el televisor; Los Gigantes de San Francisco seguían perdiendo en las eliminatorias.


Cuando Danny Garrison despertó, estaba maniatado a una silla, en una habitación a oscuras, a excepción de una única bombilla que colgaba sobre su cabeza y que proyectaba un foco de luz circular y perfecto sobre la mesa frente a él. Un olor fuerte a alcohol y a sudor rezumaba a su alrededor, probablemente de su propio cuerpo.

La cabeza le daba todavía vueltas y sentía como si tuviera un puñado de serrín en la boca. Cuando levantó la cabeza pudo ver a un hombre acercándose a él con un vaso de agua. Este derramó sin piedad todo el contenido del vaso en la cara de Danny. Otro hombre apareció por el lado contrario y se agachó hasta quedar a la altura de sus ojos. Le propinó repetidas palmaditas en la mejilla. Había un tercer hombre, apenas visible, fuera del área iluminada. Danny podía verle solo medio cuerpo; una bata blanca le llegaba hasta un palmo por debajo de las rodillas.

— ¿Puede oírme? — habló el hombre que le había abofeteado.

— Sí… — balbuceó Danny.

— Buenos días. — sonrió el tipo a su derecha — Necesitamos que responda unas preguntas. Nada complicado, simple protocolo.

Danny cerró los ojos y su cabeza pareció descolgarse hacia un lado. Alguien lo agarró del cuello de la camisa y de pronto le sorprendió la humedad, el latigazo refrescante de otro vaso de agua contra su cara.

— ¡Despierte! ¡No tenemos todo el día!

— ¡Yaaa! — gritó Danny. La adrenalina le ayudó a despejarse por un momento.

— Bien… Empecemos… Primera pregunta… — Los dos hombres a su lado eran altos y anchos como un armario, pero éste tenía la voz más grave — ¿Cómo se llama?

— Danny. Danny Garrison — dijo en un suspiro entrecortado.

— ¿Está casado?

— ¿Yo? No lo sé…

Uno de los hombres se colocó detrás de él y apoyó las manos contra el respaldo de la silla. Podía sentir su aliento en su cogote.

— Piense Danny. Estamos hartos de juegos. Hace tres semanas que andamos detrás de usted. Si no nos da lo que necesitamos lo meteremos entre rejas hoy mismo y aquí se acabará la historia.

— Sí, sí. Estoy… estaba casado… pero de eso hace un mes. Mi exmujer me lo quitó todo… Pero… ¿Quienes son ustedes?

— Danny, aquí las preguntas las hacemos nosotros. ¿Podría decirnos el nombre de su exmujer?

— Marjorie Henry.

El hombre detrás de él pareció dirigirse un momento al de la bata blanca.

— ¿Lo tenéis? — Luego continuó con el interrogatorio.

— Señor Garrison ¿No es cierto que usted firmó el contrato de divorcio con la señora Henry el diecisiete de octubre?

— Sí… sí… lo hice… ¿Pero qué tiene que ver eso con vosotros? ¿Sois policías? ¿Le ha pasado algo a Marjorie?

Sobre la mesa apareció una copia de los documentos que Danny había firmado.

Hubo un revuelo fuera y de pronto los tres individuos lo dejaron solo.

Danny intentó deshacerse de las esposas, pero era inútil. La cadena rodeaba uno de los travesaños de la silla.

Todavía sentía la cabeza dándole tumbos, como si se hubiera subido en una atracción de feria que nunca fuera a detenerse.

Los papeles seguían sobre la mesa mirándole, mofándose de él y del día en que los firmó… ¡Cómo olvidarlo!

Él y su mujer hacía ya un tiempo que vivían en casas separadas. Ella apareció aquella noche con los papeles en la mano, el vestido turquesa de tirantes que tanto a él le gustaba: se le adhería al cuerpo de tal modo que parecía una segunda piel. Podía leerse cada forma, cada curva…

Marjorie estuvo más atenta que nunca. Había reparado en cada rincón de su cuerpo, se había entregado a una pasión que él jamás había experimentado durante su corto matrimonio. Danny temblaba cuando hubieron terminado en un aullido a dos voces. Quizá ella había fingido su orgasmo, pero a él, en aquel momento feliz, no le importaba lo más mínimo. Todavía en la cama, mientras Marjorie fumaba un cigarrillo, le había presentado a él los papeles. Danny los había firmado sin leerlos; Hacía tiempo que habían decidido hacerlo y, según ella, aquello era solo parte de la burocracia.

Nada de eso. Danny se dio cuenta a los pocos días que había caído en una trampa. Sin ser consciente de ello había entregado de forma voluntaria todas sus propiedades a Marjorie, incluida la casa en Cape Cod, el coche y sus ahorros.

En la punta de la nariz de Danny una gota de agua se sostuvo unos segundos antes de desparramarse y evaporarse en el suelo gris. La temperatura en la habitación parecía haber subido diez grados.

La puerta se abrió y de nuevo aparecieron los tres hombres. Volvieron a colocarse en la misma posición. El hombre de la bata contra la pared junto a la puerta y los otros dos uno a cada lado de él.

— Danny, acerca de esos papeles… — el hombre se sentó sobre la mesa delante de él, sostenía los papeles en la mano — . Hay una parte del acuerdo que usted firmó que todavía no ha cumplido, por eso la señora Harris nos contrató para encontrarlo. Se le terminó el tiempo que nuestra clienta buenamente le ofreció. Tiene que tomar una decisión.

— ¿¡A qué se refiere!? ¡Le di todo lo que tenía! ¡Se lo llevó todo! ¡TODO! ¡Apenas tengo para pagar un lugar donde dormir!

El hombre le mostró una de las páginas abiertas del documento. Le señaló con un dedo uno de los párrafos.

— Según la cláusula BG-2.2, dio usted consentimiento a Novaris Corporation, o sea, a nosotros, para que pudiéramos someterle al tratamiento que devolvería a nuestra clienta los momentos felices que usted pasó con ella. En particular, los recuerdos HG234810J hasta el UE488920K, catalogados en su última tomografía. De no entregarnos esos recuerdos sería enviado al juez de delitos de la memoria de este distrito y ellos determinarán su pena. Créame señor Garrison, por quedarse con unos recuerdos de esa categoría, podrían caerle más de doce años de prisión.

Danny quedó aturdido durante unos minutos. Sintió un vacío creciente, como si alguien hubiera quitado el tapón de una bañera llena de agua y se lo llevara consigo en espirales cada vez más rápidas. Después un frío agudo y doloroso le escaló desde los pies hasta asentarse en su estómago.

— ¡Esto no puede estar pasando! ¿Robarme mis recuerdos? ¿Mis momentos felices? ¡Menuda estupidez! Nunca oí hablar de…

— En los papeles está todo señor Garrison. Si es usted tan amable de acompañarnos…

Los recuerdos felices, como instantáneas, se materializaron en su mente en un ritmo frenético, superponiéndose uno detrás del otro hasta formar un mosaico de momentos inolvidables, casi todos alrededor de su casa en Cape Cod. Su antigua casa. Aquellos paseos al atardecer por la orilla de la playa, con el océano embravecido y el viento levantándole la falda y enmarañándole el pelo. El olor y el sabor de la sal en su cuerpo, cuando hacían el amor en cada rincón de la casa… sus pezones endureciéndose y afilándose cuando Danny los acariciaba con ternura…

El hombre de la bata dio un paso hacia adelante.

— El proceso es totalmente indoloro y dura apenas una hora — habló por primera vez un anciano con voz aguda y chillona, descubriéndose dentro de la luz de la bombilla.

El grito de Danny llenó toda la habitación. El dolor lo desgarraba por dentro, la pena que todavía no había podido procesar… nada tenía sentido… aunque todavía odiaba a Marjorie por lo que había hecho, jamás entregaría a nadie sus recuerdos, sería como si su historia con ella nunca hubiera sucedido…

Danny Garrison, por un segundo, se volvió un superhombre. Plantó los dos pies al suelo y se alzó con tremenda fuerza arrancando la silla anclada al suelo. Saltaron astillas de madera y los tornillos rodaron dando vueltas sobre sí mismos. Todavía con la silla a su espalda, empezó a dar bandadas usando las patas para tirar al suelo a los dos agentes y volcar la mesa. Los papeles volaron desperdigándose sobre su cabeza, cayendo lentamente a su alrededor. El hombre de la bata blanca retrocedió varios pasos, hasta que su espalda chocó contra la pared.

Danny avanzó hacia él con los ojos encendidos y los dientes apretados, salivando y con la respiración entrecortada.

Los dos agentes no tardaron en recomponerse de la sorpresa. Uno de ellos agarró la silla, aún sujeta a la espalda de Danny, y lo lanzó, estrellándole contra la pared y derrumbándole al suelo. El otro agente saltó encima de él y consiguió inmovilizarlo.

Danny pataleó, intentando liberarse de los agentes, pero pesaban demasiado.

El de la voz más grave se agachó junto a él y le presionó la cara con su manaza.

— Imagino que esta es tu decisión final.

El puñetazo golpeó la barbilla de Danny Harrison noqueándole, casi al instante, mientras este veía todo a su alrededor fundirse en negro. Tan negro, que parecía que flotaba en el espacio, en un espacio sin estrellas y sin lugar para nadie más que para sí mismo, sus recuerdos y el silencio.

FIN

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