DOG DOUGAN

CAPÍTULO 6: LETAL

Capítulo 1: LA CUEVA

Capítulo 2: EXIT

Capítulo 3: HUGO

Capítulo 4: DOGS IN THE FOG

Capítulo 5: TODAS LAS CARTAS

Capítulo 6: LETAL


Capítulo 6: LETAL

— Dame otro final. — le dije al viejo.

— No me dejas otra opción, Dog.

— ¿Vivirás escondiéndote toda la vida? ¿Huyendo de la policía? Aunque sea un detectivucho de tres al cuarto, fui uno de ellos. No dejarán de buscar hasta que te encuentren.

— Billy. Baja el arma — Luca se dio la vuelta de nuevo y se aproximó hasta el carrito de las bebidas — . Así que un madero…

Billy tardó una eternidad en bajar el arma. El cañón dejó de apuntarme pero sus ojos me lanzaron descargas eléctricas. Malas pulgas, a éstos los huelo de lejos. Son de esa clase que siempre ajustan las cuentas, no importa lo que cueste. Debió de joderle bastante que le disparara la otra noche, aunque llevara un chaleco antibalas, a la distancia que lo hice, un .38 pega con la fuerza de un bate en las costillas.

— Hay una manera — la copa gigantesca y esférica lanzó destellos de color caoba a las paredes y al suelo.

Hugo y su hermana Sady permanecían en la escalera, pegados contra la pared, abrazándose el uno al otro.

— No me gusta mancharme de sangre si puedo evitarlo. Tampoco me importa vivir a escondidas, detective. Con dinero es posible pasar desapercibido fácilmente. Empezar de nuevo, créame, para mi es una idea más que atractiva. No pienso en otra cosa que largarme de aquí.

— ¿Dejarás a mamá? ¡Eres despreciable! — gritó Hugo en un arranque de coraje. Se apartó los rizos de la cara y mostró sus ojos. Estaban llenos odio y de lágrimas.

— Tu madre no tiene ningún interés en salir de su habitación. No hay nada más que quiera en este mundo que quedarse allí por siempre jamás.

— ¡Tú fuiste el que trajo ese veneno a esta casa! ¡Tu la convertiste en lo que es ahora! ¡Una mujer enferma!

Luca debió de adelantarse a mi pregunta. Es un reflejo en mi trabajo.

— Opio — dijo mirándome fugazmente. Y después bebió un trago de su copa — . No hice más que dejárselo probar.

— ¡La drogó para poder hacer lo que quisiera con su dinero, con nuestro dinero, y quiere hacer lo mismo con la herencia de papá!

— ¿Puedo fumar? — le dije a Luca mientras abría de par en par mi gabardina.

Billy miró a su dueño y éste hizo un gesto aprobatorio.

Encontré la cajetilla de L&M en el bolsillo interior. Miré el reloj encima de una de las librerías y marcaba las 11:47.

— Sácalo lentamente — dijo Billy con voz aguda y punzante — . Si me das un solo motivo te dejo frío aquí mismo.

Encendí el cigarro y lancé un círculo de humo.

— Entonces… ¿que propone, Luca?

— Yo solo quiero el dinero. Pero el chico no me ha querido escuchar. Si me firma esta cesión de la herencia, nunca más volverán a escuchar de mí. Mi intención no fue nunca matar a nadie. Incluso, dejo una pequeña parte para que pueda cuidar de la casa y de su madre. Y a usted, Dog, le dejo lo que acordamos por traerme a Hugo. Eso son quinientos dólares. No dirá que no soy generoso.

— Un rato largo. Dos millones de dólares convierten a uno en Santa Claus.

— ¡No permita que se quede con el dinero Dog! ¡Cuando le vuelva a faltar hará lo mismo con otros! ¿Quién nos dice que no buscará otra familia y les hará lo mismo que a nosotros?

Me estaba poniendo nervioso y el tiempo se acababa. Tenía que ganar unos minutos.

— Chico — le dije girándome hacia Hugo — deberías pensarlo. Tu vida, la de tu hermana y la de tu madre valen más que ese dinero. Eso sin contar la mía que quizá solo vale un penique, pero te estaría muy agradecido.

Hugo bajó la cabeza y se quedó unos segundos mirando al suelo. Luego miró a Sady a su lado y puso un pié en el escalón más abajo. Descendió peldaño a peldaño como si llevara el peso del mundo a sus espaldas.

— Está bien. Firmaré ese papel.

Yo sabía que en cuanto Hugo hiciera su rúbrica en aquel papel habríamos firmado nuestra sentencia de muerte.

El reloj marcó las 12:00


A unos metros por debajo de la mansión Phoenix, en un lujoso garaje un Jaguar plateado descansaba junto a otros coches de gama alta. El maletero se abrió en un “clic” seco, y del fondo estrecho y oscuro apareció un pequeño japonés tuerto, con la nariz rota. Se dejó caer hasta el suelo deslizándose silenciosamente como una serpiente, cobijándose entre las sombras: aquí la sombra del propio coche, aquí la sombra de una columna, aquí la sombra de un aparca coches en la puerta fumándose un pitillo…

Zato tiró de la cuerda que tenía cruzándole el pecho y por encima de su hombro asomó la empuñadura de su tanto. Desenvainó y un destello iridiscente dibujó un arco mortal.


— Y, bien, señores, con esto ya puedo irme con viento fresco ¿No ha sido tan difícil, verdad hijo? — Hugo miraba a su padrastro con rabia.

— Oiga Luca, solo tengo una última pregunta. Me la podría responder como regalo de despedida.

— Es usted muy obstinado, detective.

Tiré la colilla al suelo e hice un chasquido con la boca mientras levantaba las manos en señal de culpable.

— Dígame… ¿Fue usted quién mató al padre de este chico? Me explicó Hugo que fue un ataque al corazón… lo encontraron muerto en su sillón orejero, frente al fuego, rodeado de sus muñecas. Pero me da que todo marcha demasiado cuesta abajo para usted.

Luca dejó la copa vacía sobre el escritorio y juntó las manos.

— Si se lo dijera tendría que matarlo.

— Pero lo va a hacer igualmente ¿No es cierto?

Billy abrió la boca con una sonrisa gigantesca y blanca. Sus dientes parecían las teclas de un piano.

— Es usted un perro de lo más astuto y yo que pensaba que contrataba a un matón de los bajos fondos. Lástima que su licencia vaya a caducarse hoy mismo.

El sonido de un cañonazo, que parecían diez, nos interrumpió en aquel momento.

Hugo se agachó detrás de la barandilla de la escalera junto a su hermana. Luca se fue a refugiar contra la pared, cubriéndose detrás del escritorio. En cambio, Billy alzó la mano con el hocico de su revolver apuntando a la puerta.

Me giré y en el marco apareció Zato. A duras penas se sostenía en pié. Blandía su cuchillo manchado de sangre en la mano y tenía las tripas abiertas. Un disparo de una recortada a quemarropa. Mierda.

Di la vuelta de nuevo y salté contra las manos de Billy que sostenían con firmeza su automática.

— ¡BANG!

El disparo agujereó el techo enyesado.

Forcejeé con Billy, que era delgado pero tenía una fuerza sobrehumana. Yo era más ancho que él pero me costaba mantener el cañón alejado de mi cara. Otro disparo casi me arrancó la oreja. Y dejé de escuchar lo que sucedía a mi alrededor… un maldito pitido estridente explotó dentro de mi cabeza y no conseguía concentrarme en otra cosa. Por tercera vez en las últimas 24 horas, volví a tener el ojo del cañón mirándome a la cara.

Y de pronto ya no estaba. Billy cayó hacia atrás como si hubiera sido embestido por un defensa de los Golden Gate.

Lo entendí todo al acercarme al cuerpo de Billy en el suelo, tumbado boca arriba. El cuchillo de Zato se levantaba desde su cuello ensangrentado. Le atravesaba la garganta en un ángulo extraño. Pero Billy no estaba muerto aún. Culebreaba como un cocodrilo panza arriba llevándose las manos a la herida escupiendo sangre por la boca. Le di un puntapié a su pistola y otro de propina a las costillas.

Aún no lograba escuchar una mierda. Hugo me señaló la otra punta de la habitación, a mi espalda. Era el viejo, detrás del escritorio, que sostenía un revólver y gritaba como alguien que había enloquecido.

No escuché el disparo pero, vi claramente el fogonazo saliendo del cañón. La trayectoria de la bala atravesó la habitación y se estrelló contra el cuerpo moribundo de Zato.

Sin pensarlo salí corriendo hacia el viejo, pero me detuve de golpe. Luca me tenía. Esta vez me apuntó a mí.

El pitido se desvaneció con el susto y un nuevo disparo, no, dos… ¡tres disparos! partieron la habitación por la mitad.

El viejo rebotó contra las cortinas de color crema, dejando una mancha de sangre mientras se derrumbaba al suelo a cámara lenta, desapareciendo detrás del escritorio.

Mierda. Eso estuvo cerca.

Al darme la vuelta vi a Sady, o más bien la imagen de una diosa vengativa, pétrea e implacable. La cabellera le cubría el rostro y su mano inmóvil, firme como el rifle de un soldado de plomo, sostenía la automática de Zato, el humo saliendo de su cañón era lo único que se movió en aquella habitación.

Jódete papaíto.

El cuerpo sin vida del japonés descansaba a sus pies. Pobre diablo, pensé que sería el principio de una gran amistad.


El cuerpo de policía de San Francisco se presentó a los treinta minutos después del tiroteo. Con las sirenas lanzando haces de luz contra las ventanas de la mansión y los policías apeándose de sus coches con los revólveres fuera de las fundas.

— Hay tres cadáveres allí afuera y tres aquí, Dog. — Simon Roy, el jefe de policía, había movido el culo hasta las alturas. Era una ocasión especial.

Eché un vistazo a el cuerpo de Billy. Su cuerpo delgado que antes me había parecido tan amenazador lo llevaban como a un muñeco roto sobre la camilla. Habíamos podido salvarle la vida, aunque tuve la tentación de no hacerlo. Eso sí, le quedaría una bonita cicatriz de recuerdo.

El viejo no tenía solución y los demás…

— ¿Dices que ese japonés se cargó a los tres de fuera? — dijo Roy levantando una ceja gris y poblada.

— Tenían que ser cuatro. Seguro que uno escapó por patas. Ese japonés era letal con ese cuchillo en sus manos. Mira cómo me dejo a mí. — le mostré mi brazo en el cabestrillo.

— Y… yo me pregunto, Dog. ¿Por qué coño nunca te dan a tí?

— Jefe, no se si me ha visto bien.

— Corta el rollo Dog. Sabes que me tenías que haber contado desde el principio lo que estaba pasando. Tenía a mis chicos trabajando, buscando al pistolero de la Cueva. Y resulta que tú eras uno de ellas.

— Sólo fue en defensa propia. Y no sabía quién más había en la Cueva. Tuve que poner a salvo al chaval.

— Dios Dog ¿qué le pasa a esta ciudad? ¿No nos estamos volviendo locos?

Sady y Hugo se acercaron a nosotros. Sady me miró como avergonzada, con ojos más grandes que las ventanas de la casa.

— Pensamos que a él le gustaría que te la quedaras tú. — Hugo me alargó un objeto envuelto en un paño. Lo destapé y encontré la pistola de Zato.

Roy la miró con curiosidad y me la arrebató de las manos, cogiéndola con el pañuelo que la envolvía.

— ¿Qué tenemos aquí? Una Nambu 94. Un modelo muy curioso. ¿De dónde la has sacado? — miró a Hugo.

— Era de Zato, del guardaespaldas de mi padre.

— Es una pistola que llevan los pilotos de caza y de tanque. Seguramente el tipo era un militar — luego me miró a mí — . No puedo dejar que te la quedes, no hasta que hayamos hecho inventario de todo y cerrado el caso. No pongas cara de pena. Quizá algún día te la mande. ¡Skippy! — llamó a uno de los policías que examinaba los cuerpos. Se levantó y se acercó hasta dónde estábamos — . Toma. Que la lleven al laboratorio. ¿Nos podemos largar ya de aquí?

— Sí señor. Ya hemos acabado.

— Fantástico. Bueno señores… Dog…

— ¡Perdone! — Hugo alargó la mano para intentar detener a Roy. Era un hombre más bien bajito de frente ancha y pelo blanco. Siempre tenía cara de estar doliéndole la barriga. — ¿Qué va a pasar con mi padrastro y la muerte de mi padre?

— Lo investigaremos. Necesitaré una declaración de todo por escrito, de eso se puede ocupar… — me señaló con el pulgar — el detective. Cuanto antes esté todo esclarecido mejor que mejor. Al menos puedes creer que si realmente mataron a tu padre, ese japonés ya les dio lo suyo ¿no crees?


Los chicos se fueron con los coches patrulla y las ambulancias se llevaron a los muertos y a los casi muertos. Nos quedamos Hugo, Sady y yo bajo el portal de la entrada. El patio estaba vacío y una suave brisa movía las hojas en el suelo y algunas ramas en lo alto de las copas de los árboles.

— Dog, gracias por su ayuda — Hugo me alargó la mano. Ya no parecía el mismo niño que había caído a mis brazos la noche anterior en la Cueva — . Tengo que pagarle lo que Luca le prometió, es lo menos que puedo hacer.

— Déjalo. Yo no hice casi nada. Además, lo necesitarás para ayudar a tu madre y pagar los gastos de todo esto. — dibujé un arco mostrándole todo su reinado. Una rica mansión con hectáreas de árboles a su alrededor.

— Todo esto es una estupidez. Vamos a mudarnos. Dos millones de dólares es mucho dinero, pero no durará siempre. Por favor acepte un cheque o, al menos, quédese con esto.

Me lanzó algo metálico y brillante que atrapé en mi mano produciendo un tintineo.

— Vaaaya… — eran las llaves del Jaguar — . No puedo decir que no a un regalo como éste.

— Pero, conduzca con cuidado. No se deje llevar por el motor.

— Lo recordaré.

— Dog… — por primera vez escuché la voz de Sady. Y que su boca se abriera para pronunciar mi nombre me dio escalofríos desde los calcetines hasta el sombrero. Su voz era fina y suave pero no tenía ni una pizca de duda en su tono, como toda ella, no me decepcionó. — quería darle las gracias por salvar a mi hermano y por ayudarnos.

— Debería ser yo quién te lo agradeciera. — busqué en el interior de mi gabardina una tarjeta y se la alargué — Si alguna vez necesitas algo, llámame.

Sady sostuvo la tarjeta entre sus dedos. El dibujo de un bulldog y mi nombre en letras de máquina.

Empecé a caminar en dirección al garaje, mientras les daba la espalda y sonreía como un niño con zapatos nuevos.

FIN