Dog Dougan — Rain

Ha llovido mucho desde entonces, pero para mí, nunca tanto como aquella noche.

Veíamos caer la cortina de lluvia desde un soportal. El agua corría como ríos por la calzada y olía a asfalto.

Beth estaba empapada, tiritando contra la pared fría. Una sombra inclinada le cruzaba el rostro. Sus ojos, en aquella pálida tez, eran dos carbones que derramaban lágrimas negras como la tinta china.

Ya no podía seguir escuchándola. En aquel momento era el protagonista de un blues; lento, engorroso y grave. Los recuerdos me atravesaban la mente como un tren que se arrastra lentamente por un puente apunto de derrumbarse.

Beth me puso los puños sobre el pecho y me miraba con cara de querer dar lástima. Un perro abandonado. El único perro que había allí era yo y también, era el único que volvería a casa solo, con el rabo entre las piernas.

—Dog… ¡Lo lamento mucho! ¡Simplemente sucedió!¡No volverá a pasar! ¡Yo te quiero a ti!

Pensé en conseguir la dirección del tipo. Me vi aparcando en su jardín, tirando la puerta abajo, sacándolo de la cama y lanzándolo por la ventana en un vuelo exprés hacia Nunca Jamás… Pensaba en ello, pero me daba cuenta de que era una estupidez. Fuese quién fuese, el tipo no tenía la culpa. Posiblemente ni supiera lo que había hecho. La culpa era tan solo mía.

Un taxi pasó cerca. Las luces de sus faros me devolvieron a suelo firme.

—Beth, lo siento. Aunque me rompa el corazón reconocerlo… tenemos que dejarlo. Créeme, va a dolerme más que a ti.

Ella se aferró a mi gabardina con las uñas clavándose en mi piel.

—Escúchame Beth. Me quieres, no me cabe la menor duda. Yo te quiero a ti, lo sé, siempre te querré. Pero es culpa mía que no funcione. Nunca estoy dónde debería estar.

—Pero… podemos hacer algo Dog. Podemos cambiar las cosas. Tenemos planes…

—Nunca van a funcionar, nena. Lo hemos intentado ya demasiadas veces. Déjame ahora. Mereces algo mejor que yo. ¿Lo entiendes?

Beth Hurt, se derrumbó allí mismo. Se dejó caer al suelo y se abrazó a las piernas. Sus lágrimas se unieron a la lluvia.

No tenía ningún sentido seguir haciendo daño a aquella chica. Era sin duda lo mejor que me había pasado en aquellos tres años. Después de la guerra la ciudad nos había dado una patada en el culo, ella era lo más parecido a un hogar que había tenido jamás. Era una isla para mí dónde las cosas sí tenían sentido, donde un hombre podía sentirse amarrado a una causa mayor, luchar por algo que valía realmente la pena. Me perdí por el camino. Dejé de cuidar los detalles, pasaba noches enteras lejos de casa, metido hasta las narices en algún caso… Ya no dormíamos juntos. Al llegar a casa me quedaba a medio subir la escalera al dormitorio, pero siempre acababa dándome la vuelta y tirándome en el sofá. La excusa era que no quería molestarla, pero en realidad me sentía culpable. Cada día menos digno de su compañía.

Me di la vuelta y la dejé sola llorando.

A pesar de la lluvia, a pesar del eco de mis pasos por las callejuelas vacías… seguía oyendo el sonido de su llanto. Beth Hurt, la luz de mi faro a quien yo daba la espalda… La mujer que había logrado hacer de mí un hombre de verdad.

Lo siento, nena. Lo siento de veras.

En aquel momento odiaba Los Ángeles tanto o más que a mi mismo. Tendría que poner tierra de por medio y me prometí no volver jamás. Sería como encontrarme con otra vida, con mi propio reflejo, listo para saltarme al cuello y darme la paliza de mi vida por lo que acababa de hacer.

No volvería. Eso me dije y, por su puesto, no conseguí cumplir.