Fue una casualidad. La primera vez no hubo intención ni plan trazado sobre una libreta a cuadros. Simplemente sucedió sin más. Un accidente. Caso cerrado.

Lo que vino luego fue el resultado de 70 años de vida. Un viaje con un destino: el encuentro.

Otto era el viejo del 119 de la calle Camí des Castell. Viejo y solo, lo primero lo fue ganando con el tiempo, lo segundo desde hacía diez años. Sus dos hijos y su hija ya tenían sus vidas lejos de aquella isla. Sus propios problemas, su propia lavadora y cubertería, sus propios invitados y sus propias maneras de decir «te quiero». Otto se conformaba con saber que estaban bien y que a pesar de los problemas que pudieran aparecer, se mantenían unidos, ya no a la isla, si no entre ellos.

Su mujer lo dejó para irse a un plano distinto, uno que tiene viaje solo de ida. La de la guadaña, la de rostro pétreo con la cara desnuda de piel y que enseña los dientes y que te mete el miedo en el cuerpo y te hace vivir de rodillas. Sobretodo ahora, sobretodo cuando uno se siente tan viejo y que ya lo ha dado todo. O que sólo está. Un mero testigo del tren de la vida que cruza tan deprisa que le levanta a uno la boina de una ventada. Y uno se queda con los pies clavados en el andén, viéndolo alejarse.

Quizá aquel miedo era el culpable, la razón que le llevaba una y otra vez a abrir aquél cajón de roble plantado en el pasillo, como un altar que no conoce más Dios que el de los recuerdos. Bien se demuestra en aquellos álbumes familiares que llenaban tanto los cajones que costaba cerrarlos. Los libros de fotos engordaban pero él se quedaba en los huesos. Se alimentaba de aquellas memorias que encadenaba con otras en su cabeza. Volvía a oír las voces de su madre y de su padre, de sus primos jugando en Binibeca, o en el puerto de Mahón. En aquella panadera coja que siempre le regalaba un guiño y hacía el mejor pan del mundo. En su mujer, cuándo era una niña. Y en la pequeña Emily, a la que él también quiso en algún momento de su vida. ¡Qué vida más plena! ¡Quién lo diría ahora viéndole encorvado, temeroso de bajar la acera y mirando al mar con los demás viejos, como nutrias saludando al sol!. Lo recordaba todo y lo abrazaba, se sumergía en aquél mundo salado y viejo, pero eterno en aquel papel en blanco y negro y colores sepia.

Visitar aquéllos álbumes era un momento solemne que lo dejaba agotado. Pero le daba fuerzas, fuerzas que necesitaba para salir al exterior, salir a la calle y levantar su bastón para saludar a uno y a otro. Las mismas caras, las mismas calles y el mismo horizonte. Lo tenía todo muy visto. Se preguntaba si había algo que pudiera sorprenderle ya, o simplemente su soledad le estaba amargando el café o el postre que la vida le podía ofrecer.

Guardaba algunas de aquellas fotos en su abrigo cuando salía al mercado, a por pan o por fruta, o a sentarse en el parque. Le daban calor. Sentía la foto en el bolsillo irradiando una calidez, como si le cogieran de la mano. No le daba muchas vueltas, pero muchas veces llevaba fotos de él cuando era joven. Ahora subido en un burro, ahora en una pequeña barca, intentando pescar algo con una red vieja que se deshacía entre las manos…

En muchas de ellas aparecía Emily. Habían sido amigos desde muy pequeños. Casi hermanos. Fueron juntos a la misma escuela. Vivían puerta con puerta en la calle Camí des Castell y tenían el mismo grupo de amigos. Compartían las mismas calas, las mismas noches entre piedras y arena, los mismos paseos y las mismas fiestas.

Al llegar la adolescencia la cosa cambió, muy despacio. Como una barca a la que le han soltado el amarre y se deja empujar por la suave marea. Va separándose primero un metro, luego tres y en el momento que quieres darte cuenta ya no está en el puerto y se ha echado al mar, lejos de tu alcance.

Quizá coincidió con la aparición de su mujer, Sara. Quizá era sólo la edad. Los chicos eran más chicos y las chicas… pues más chicas. Se perseguían como el gato persigue al ratón. Pero también se daban aires y se ignoraban. Se hacían cuadrillas y se chismorreaba planeando quién le tiraría el anzuelo a quién.


Emily salía del 226 de la calle Camí des Castell. Miró arriba y arrugó la nariz al ver el cielo tapado. Eran las seis de la tarde. Un poco tarde, para la hora que solía salir de casa. En el antebrazo llevaba colgando la bolsa de tela que utilizaba para hacer las compras. Los huesos le dolían. Pasó un coche rojo por delante de ella, rápida y desconsideradamente. «A éste le tiraba yo de las orejas» pensaba. Siguió con la mirada las luces de atrás, frenaba en la siguiente esquina. En el suelo, a pocos metros de ella vio algo que le llamó la atención. Se lo pensó dos veces antes de agacharse a recogerlo. No usaba bastón, a pesar de lo que su hermano Ian le había recomendado. Ella no hacía caso a nadie. Testaruda como su madre, «en paz descanse». Las costuras de la falda azul marino crujieron lastimosamente. Al principio se pensó que era una propaganda, una postal. Pero era una foto.

¡PIIP!¡PIIIIP! — un coche detrás de ella hizo sonar el claxon.

— ¡Señora! ¿Qué hace usted en medio de la calle? ¡No ve que molesta!

Emily se incorporó y levantó la mano en protesta.

— ¿Para qué tiene tanta prisa esta juventud? ¡Si al final nos hacemos todos viejos!

El coche arrancó justo al apartarse ella en un acelerón ruidoso.

Ya en la acera sostuvo con delicadeza la foto y la observó. Aquel niño de la foto le sonaba de algo. Y aquél sitio… tenía que ser Binisafua.

— ¡Esa niña! — exclamó excitada y en voz alta — ¡Soy yo!


— ¡Ay madre! — dijo fastidiado Otto palpándose el abrigo y los bolsillos de los pantalones — …que se me ha perdido.

— ¿Que te pasa Otto? ¿Has perdido el billete de lotería del niño o qué?

Todos se rieron al unísono.

Se quedó un momento quieto, con las manos en el bolsillo, intentando hacer memoria.

Aquellos cuatro viejos que Otto llamaba amigos se reían cómo hienas, de cualquier cosa, no les hacía falta muchos motivos. Ramón, Quique, Biel y Xisco. «Ni para caldo servían» solía decirles él.

— Anda me voy para casa.

— ¿Tan pronto? ¿No vas a esperar a que la Puri salga de la peluquería? Hoy parece que va muy apretada…

Se reían todos de nuevo y se daban con el codo. Estaban sentados frente a la peluquería, como esperando el tren. Pero ese tren ya había pasado hacía mucho, Otto lo sabía bien.

— No, hoy no. Se me debió caer algo por el camino. Voy a ver si lo encuentro.

Levantó la mano para saludarles.

— Mañana a la misma hora — y se fue atravesando el parque. Por el camino de siempre. Más pronto que nunca.

Pero, no encontró lo que buscaba en el camino de vuelta.

Al meter la llave en la cerradura, vio que del buzón verde metálico asomaba un sobre blanco. Lo cogió. Era pequeño, no tenía nada escrito ni por delante ni por detrás. Tampoco estaba cerrado con cola. Como un acto reflejo, miró a ambos lados del Camí des Castell y se metió en casa.

Las baldosas bailaban al paso de Otto que atravesaba el pasillo lo más rápido que podía permitirse. La segunda puerta a la derecha llevaba al salón. Había dejado la estufa encendida y resultaba acogedor. Los sofás verdes bajos hacían esquina en uno de los lados, debajo de la ventana con cortinas blancas. La mesa de cristal en el centro, con diferentes figurillas y recuerdos: una estúpida piña de latón, el rostro de una mujer que llora hecho de cristal, un cenicero con “Amo Huesca” y otros cachivaches que lo único que hacían era acumular polvo. El televisor todavía era de los antiguos, de los de «culo» gordo. Justo detrás de este el mueble de la cubertería para ocasiones especiales, como por ejemplo: las navidades en familia que nunca llegan, o las fiestas tradicionales, que tampoco solía venir nadie.

Se quitó la chaqueta y la dejó sobre la mesa pequeña y redonda en el rincón opuesto al sofá. Se sentó en el sillón al lado de la estufa y abrió la solapa del sobre de remitente anónimo.

Había dos fotos. Una la conocía bien, no hacía ni par de horas que la había extraviado. Él con seis o siete años en Binisafua con una caña larga en la mano, camiseta de tirantes y pantalones con parches. A su lado, pero un poco más al fondo, Emily con coletas a cada lado y vestido también de tirantes, reía mientras agarraba moras en las zarzas al lado del camino. Le dio la vuelta al colocarla sobre la mesa, y allí detrás en lápiz escrito en letras temblorosas había un mensaje:

«Mira que eras guapo de chico, ahora eres solo un vejete».

Miró la otra foto expectante y curioso. En esta aparecían cuatro personas en un restaurante.

No había visto nunca aquella foto. Aparecían Sara y él cuando eran novios, deberían tener veinte años. A su lado estaba Biel con Emily. Biel la agarraba de la cintura mientras ella ponía cara de fastidio a quién estaba sacando la foto. Detrás con la misma letra temblorosa:

«Esta foto nos la hizo mi hermano. ¿Te acuerdas de él? Aquí tampoco estabas mal del todo.»

Debajo de la nota una firma, una sola letra:

«E».

Sí, era cierto, estaba un poco gorda. Pero que más daba, pensaba Emily. No es que pudiera echarse a correr, ni tampoco quería privarse de los dulces, eran pequeños caprichos necesarios. Todavía había cosas en la vida que le hacían sonreír. Una sonrisa un poco culpable, pero era una sonrisa lo mismo.

Y la verdad, ella no estaba tan mal. Tenía todo lo que necesitaba, o casi. La vida en la isla la reconfortaba. Y es que ella ya no tenía nada de inglesa, sólo le quedaba el nombre. No había cumplido el año cuando sus padres se mudaron a Mahón. Había crecido allí, amado cada rincón, se había bañado en todas las calas y había entregado su corazón. Pero llegó un día en que no veía la hora de marcharse. Tantas ganas tenía que se hubiera puesto a nadar en dirección a la península o hasta África.

Finalmente sus padres la dejaron salir cuando cumplió los veinte años. Viajó, vio mundo y volvió para quedarse, esta vez para siempre.

Le parecía mentira que siguiera viviendo en la misma casa de cuándo era chica. Emily se acercaba a su portal y no pudo evitar mirar a la puerta de enfrente. Al número 119.

Otto también vivía en la misma casa de sus padres. Ya no lo veía casi nunca, y cuando lo hacía, se saludaban como desconocidos. La fachada de su casa estaba gravemente dañada por la humedad. Aquí y allí había parches o agujeros que dejaban al descubierto el enladrillado. Nadie había repintado ni la pared ni las ventanas verdes, que estaban todas desconchadas. La puerta también había sido olvidada, y no había visto una brocha en décadas. Cualquiera que pasara por esa calle, pensaría que la casa estaba vacía o en venta.

Abrió la puerta y se encontró con un sobre encima del felpudo. Alguien lo había colado por debajo de la puerta. Era un sobre blanco, el mismo (o muy similar) que ella había enviado a su vecino. Dejó caer la bolsa de la compra al suelo y se quitó el pañuelo. Un mechón de su melena blanca y plateada se le quedó colgando frente a la cara. Sin quitarse el abrigo fue hasta la cocina y se sentó en la mesa para dos. Un haz de luz impactaba desde el patio. Sin duda la cocina era el sitio mejor iluminado de la casa. Emily cuidaba su casa con diligencia, y quería mucho a sus plantas. Éstas formaban militarmente en dos hileras en el patio. De diferentes tamaños y colores, inundaban la casa de aromas como la menta, la albahaca, el cilantro o el eneldo.

Al abrir el sobre se encontró con una foto y una nota. El papel había sido rehusado de un anuncio de la Panadería «Can Loren». Observó la foto detenidamente y el corazón se le aceleró unas pulsaciones. Nadie tenía que contarle cuando fue aquella foto hecha, ni que mirada indiscreta la capturó. Nadie tenía que contarle a qué olía el mar aquella tarde, ni si quiera como era de grande la luna aquella noche que se asomaba. Sus manos, o más bien las puntas de sus dedos, parecían recordar el tacto del cuerpo de Otto. Sólo fue un simple abrazo. Jugaban, ya no como niños sino como adultos. Estaban los tres aquel día en la cala de Alcaufar. Sara hacía las fotos con la cámara de su padre. Otto, en un momento de despiste, agarró a Emily por la cintura y la levantó del suelo. Su larga melena, entonces rubia y fina se le había puesto a volar, empujada por la suave brisa. Otto reía y bromeó haciéndole creer que la quería tirar al mar. Ella pataleó teatralmente y al bajarla de nuevo, después de tocar con los pies en la arena, él la sostuvo un momento. Sólo un momento más de la cuenta. Se miraron a los ojos, como si se dijeran muchas cosas.

Aquél instante quedó inmortalizado por la cámara a través de los ojos de Sara.

Se levantó de la silla y se sirvió un poco de agua. Miraba la foto sobre la mesa y la nota doblada aún a su lado.

Se tomó un minuto y volvió a sentarse.


Otto estaba sentado frente a la peluquería con los demás. Quique se hurgaba los dientes con un palillo, Xisco y Biel hacían una quiniela a medias sin dejar de dar voces. Ramón, en la otra punta del banco miraba a Otto detenidamente.

— ¿Y ese abrigo Otto? ¿Te lo han prestado? — Ramón intentaba hacerse escuchar a través de la discusión.

— ¿Eh? Ah… no que va, es mío. Hace mucho tiempo que no me lo ponía.

— Y… ¿Qué te has hecho en el pelo? Estás raro…

— Nada, solo me he peinado un poco.

— Desde aquí puedo oler a colonia. — dijo Ramón tocándose la nariz con el dedo índice repetidas veces.

Otto asintió en silencio.

A pocos metros de la peluquería apareció por la esquina Emily. Iba elegantemente vestida, con un abrigo largo lila y falda negra hasta las rodillas. Las medias a juego y un bolso, también negro colgando del hombro derecho.

Otto se puso en pié.

Xisco dio un codazo a Biel y le señaló con la mirada a Emily, plantada en la esquina. Quique miró a Otto y el palillo que sostenía entre los labios se le cayó sobre los pantalones. Ramón sonrió mientras se acariciaba la barbilla.

— Chicos, me tengo que ir.

— ¿A dónde vas tan pronto? — le cuestionó Biel, que era un poco lento para con las evidencias.

Otto dirigió su mirada primero a Biel y después a Emily que parecía nerviosa. No se movía del sitio, pero no paraba quieta.

— No es pronto, es más bien tarde. Y… me parece que tengo un tren que me espera.

Los cuatro viejos vieron a Otto caminar con paso firme hasta Emily. Otto le plantó dos besos en la mejilla y luego la cogió de un brazo. Luego ambos se alejaron calle abajo, en dirección al puerto.

— ¡Pero si aquí en Menorca no hay trenes! — dijo Biel.

Ramón le lanzó una mirada a Biel, que confundido, parecía esperar explicaciones.

— Pero mira que eres zoquete. Hay trenes todos los días. Sólo tienes que estar bien atento y los podrás escuchar venir a lo lejos.

— ¿Nos vamos? — dijo Ramón sin dar tiempo a Biel a hacer más preguntas.

— Sí, no hay nada más que ver aquí — Quique se levantó del banco y ayudó a Xisco a ponerse de pie.

Los cuatro viejos partieron, cada uno por un lado.

Aquella tarde, Biel, mientras hacía la cena, abrió las ventanas de par en par. Esperaba poder escuchar algún tren llegar desde la distancia.

FIN

Sam G. C. (Enero 2016)

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