Henrik y Anabella en un solo minuto

Sam G. C.

Henrik era un viajero en el tiempo. Había heredado aquel poder de su padre, y este del suyo y así hasta que la memoria se perdía en las raíces del árbol genealógico. Nadie sabía ni el cómo ni el por qué, ni qué utilidad podía tener viajar sesenta segundos atrás en el tiempo. Descubrió Henri,k que en realidad con algo de práctica en un minuto podían llegar a suceder un buen montón de cosas.

El funcionamiento era muy sencillo: cada vez que Henrik estornudaba él y todo lo que le rodeaba volvía a su estado en el pasado, sesenta segundos atrás.

Había dos problemas: el primero, que no podía estornudar cuando él lo necesitaba y el segundo, que si sufría algún daño físico o psicológico en su persona, no se recuperaba mágicamente aunque viajara de nuevo al pasado.

Para este último problema no encontró solución posible, pero el primero, tenía fácil arreglo. Henrik llevaba siempre un pimentero en el bolsillo de su chaqueta. Bastaba aspirar con fuerza los orificios del recipiente para provocar un estruendoso estornudo. Era infalible.

Eran las 0:00:30 del 1 de enero de 1999 y Henrik ya había besado a todas las chicas solteras de la fiesta. Volvió a estornudar y apareció unos metros más atrás, junto a la mesa con las bebidas. Había perdido de vista a sus amigos, la mayoría, como él, buscaban alguna chica a la que besar cuando terminaran de sonar las doce campanadas. Con la mirada recorrió la discoteca, atiborrada de gente. Por los colores de sus vestidos las reconoció, recordando el sabor de cada una de ellas. Se palpó el pómulo izquierdo, lo sentía hinchado, a alguna de ellas no le había gustado nada que un extraño se lanzara a besarlas de aquella manera. Pero había valido la pena. La chica morena del vestido caqui, la rubia del jersey menta y la de rojo… especialmente la de rojo, había sido como para repetir.

Encima de él, un proyector lanzaba un haz de luz que imprimía la imagen del reloj en la pared de la discoteca. La manecilla larga a apenas 50 segundos de dar las doce.

Entonces la vio. La chica, con zapatillas deportivas y camiseta azul con el número siete, de piel morena y melena larga azabache hasta la cintura, estaba detenida cerca de las escaleras, mirando a su alrededor, como buscando algo. En ninguno de sus viajes al pasado Henrik la había visto, era imposible obviarla. Entonces… ¿Cómo había llegado hasta allí?

Henrik se acercó hasta donde estaba ella, apartando a la gente a su paso, sin quitarle los ojos de encima. Parecía desubicada, miraba de un lado a otro, con las manos cruzadas sobre el vientre, los dedos se movían inquietos.

Sin vacilar, Henrik se plantó delante de ella y le habló con voz que pretendía ser decidida, mirándole a los labios. Su corazón palpitaba, tronando como el galope de un caballo desbocado.

— Hola… ¿Cómo te llamas?

Ella lo miró con ojos pequeños negros y tímidos. La gente contaba las campanadas a su alrededor en una sola voz, a todo volumen.

¡DOOONG! — ¡OCHO!… — gritaba la multitud.

— Anabella. ¿Y vos?

¡DOONG! ¡NUEVE!

— Yo… Soy Henrik.

¡DOOONG! ¡DIEZ!

Henrik sintió ganas de besarla, pero no quería robarle el beso. La acababa de conocer y ya soñaba con que fuera ella quién se lo diera a él.

¡DOONG! ¡ONCE!

Ella quiso decir algo, pero los ensordecedores vítores de la gente, a la vez que sonaba la última campanada, dejaron que Henrik lo escuchara.

¡DOOONG! ¡DOCE!

La discoteca se llenó de confeti y serpentinas y los focos de luces lanzaron colores sobre la multitud.

Henrik cogió las manos de Anabella entre las suyas y la miró a los ojos, el confeti como copos de nieve de colores decoraba su pelo negro. Anabella se inclinó con la intención de besarlo y cuando sus labios estuvieron a punto de tocarse, ella se esfumó sin más. Las manos de Henrik agarraban el aire. El olor de ella, su aliento… sus labios, ya no estaban.

Henrik miró aturdido a su alrededor. Parejas abrazadas se besaban, otros levantaban las copas de champán de plástico, derramando su contenido sobre los demás. Vio a uno de sus amigos a lo lejos, solo, con una botella en la mano bebiendo a morro.

Henrik, todavía en trance y con el corazón a punto de estallarle dentro del pecho, se preguntaba: ¿Qué había pasado exactamente? ¿Quién era aquella chica? ¿Por qué había desaparecido así?

Metió la mano en la chaqueta y sacó el pequeño pimentero de cristal. Respiró su contenido y estornudó, llenándose sus ojos de lágrimas.

Eran las 0:00:30 del 1 de enero de 1999 y Henrik buscaba a Anabella con la mirada. La encontró en el mismo lugar. Henrik quiso dar las gracias al cielo y sin perder un minuto corrió hasta ella.

Anabella se sorprendió al verlo, pero su mirada era distinta ahora que cuando la había visto por primera vez.

— ¡Anabella!

— ¡Henrik! ¿Qué hago aquí otra vez?

Henrik quedó aturdido unos segundos. No podía ser, pensó él, pero era la única explicación.

— Anabella… ¿Tú también puedes viajar en el tiempo?

Anabella asintió con la cabeza, sus ojos mirando los suyos.

— ¿Cómo lo haces? — preguntó él, sospechando que no podía ser de la misma manera que lo hacía su familia.

— Cada vez que me ruborizo salto al futuro veinticuatro horas.

— ¿¡Cómo!?

— Es un fastidio. Me pierdo muchas cosas.

— No te preocupes. — le dijo él y le cogió de nuevo las manos. Había perdido toda la timidez del principio. — Podemos vivir en este minuto eternamente.

Ella sonrió, entendiendo sus palabras.

— Prometo intentar no ruborizarme esta vez.

Eran las 0:00:30 del 1 de enero de 1999 y Henrik buscaba a Anabella con la mirada.

FIN

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