
Flor era una chica cañón. Pelo castaño claro hasta media espalda, con mechas en las puntas, piel morena con tatuajes y piercings en varias partes (a la vista y no tan a la vista, pero eso me lo explicaron más tarde) y una mirada felina, difícil de sostener sin que te temblequearan las rodillas.
Su novio, en estos casos siempre hay un novio, era un tipo cool (de pueblo) con el pelo rizado negro tapándole los ojos, una gorra de medio lado, pantalones pitillo con parches y un posado que quería ser el de una estrella de rock indy. Él era más bajito que ella, un par de dedos nada más, aún así todo el mundo, incluido yo, lo envidiábamos.
Tenía veinti pocos cuando empecé a veranear en Menorca, por entonces ella trabajaba de camarera en el Bar Perill y desde que me sirvió el primer café con leche, nunca más pude quitármela de la cabeza. Mi amigo David y yo, pasábamos horas en la plaza del American Bar con la esperanza (nunca muere) de verla pasar. Después de horas sentados comiendo pipas y bebiendo Coca-Cola lográbamos verla unos instantes, antes de que cruzara la plaza a pasos agigantados. Parecía saberse observada o, perseguida por miradas indiscretas. Yo coleccionaba instantáneas de ella en mi mente: ella en la plaza, ella en el bar, ella con su NOVIO… en cuanto fijaba un buen plano (de sus ojos color caoba, del hombro desnudo y el tirante caído…) él aparecía y se colocaba justo en medio o, le lanzaba un brazo a modo de lazo y se la llevaba. Hacía todo lo necesario para aguarme la fiesta. Cómo odiaba a aquél tipo.
Nunca se me ocurrió acercarme a ella. Sería de locos, estaba muy por encima de mis posibilidades (tengo espejos en casa). Aún así, soñaba despierto; al fin y al cabo la lotería siempre le toca a alguien. Pensaba que dejándome ver de vez en cuando, colgándome estratégicamente en su campo visual, quizá, algún día tropezaría conmigo y nuestras cabezas chocarían al recoger los apuntes del suelo.
Al cuarto año me trasladé a la isla. Me convertí en un isleño más, ya no sólo disfrutaba del verano, si no que pasaba los inviernos allí (muy duros me decían todos). Todavía no había pasado el primero, era mitad de septiembre y estaba sentado en la misma plaza de siempre, con una revista entre las manos. David apareció por el otro lado corriendo como un caballo desbocado. Frenó frente a mí (casi pude escuchar el chirrido del derrape) respirando ruidosamente por la boca. Se tambaleó, con toda su altura (casi dos metros) y regó la acera con una Fanta abierta que llevaba en la mano.
— ¡¡Que lo han dejado tío!! — logró decir, casi ahogándose.
Con el dorso de su gran manaza se secó el sudor de la frente y me miró, esperando ver mi reacción.
No fue instantánea. A los quince segundos se me cayó la Muy Interesante de las manos, justo cuando al fin la información pudo ser procesada por mis neuronas.
— ¡Vamos! Carlos me ha dicho que la acaban de ver en el puerto. ¡Bajemos!
A David ni siquiera le gustaba, pero estaba emocionadísimo con el asunto.
— Dame esa Fanta — le pedí para ganar algo de tiempo y poder pensar.
La terminé de un sorbo. Enseguida noté como el azúcar escalaba desde mi tripa hasta mi cerebro. La máquina de las cábalas se ponía en marcha. Estrujé la lata con fuerza entre mis manos y la lancé a la basura cercana, marcándome una canasta limpia.
— ¡Sí! ¡Vamos allá!
Si esto fuera una película de las que le gustan a mi madre, todos sabemos cómo habría acabado la historia: el chico tímido y callado que sueña con la chica cañón, la acaba consiguiendo. Cuando ella deja al novio se le aparece él, un chico anónimo y se da cuenta en ese instante de todo lo que se había perdido. Olvida al anterior novio y tira todas sus fotos y solo le sale una risa algo jocosa cuando alguien le pregunta por su ex-pareja. Todo el mundo aplaude y ellos dos se van de crucero alejándose en un plano fijo, brindando con sus daiquiris y una voz en off diciendo aquello de “…y comieron perdices y vivieron felices para siempre” Ya puedo escuchar hasta la banda sonora: el New York, New York de Frank Sinatra a todo trapo, mientras los títulos de crédito aparecen sobreimpresos (Patrocinado por Fanta).
Lástima. Me duele el riñón de que no fuera así. Me dolería el corazón pero se lo llevó ella cuando se fue. Unos días después de dejarlo con el novio hace las maletas y se larga, dejándonos a su ex y a mi oteando melancólicamente el horizonte, desde algún mirador recóndito.
Si uno se para a pensar del por qué acabas cruzándote con este o con el otro y no con el de más allá, es de locos. Es todo pura circunstancia. Me da vértigo pensar en ello, tanto o más que con la física cuántica.
Pero el destino a veces se pasa con el vino turbio, y luego suceden cosas que a mi no se me ocurriría escribirlas en la vida.
Un par de meses más tarde salí por Sa Ravaleta y Es Camí Nou, a ver los puestecitos del mercadillo. Era un domingo tranquilo y aproveché para dar una vuelta. Era mediodía y estaba ligeramente nublado y no había demasiada gente, así que pude pasearme con tranquilidad. En una parada de libros viejos, me compré el Quijote por un euro, de segunda o tercera mano, vete tu a saber.
Me alejé del centro buscando un banco tranquilo en el que tumbarme y poder leer el libro.
“En algún lugar de la mancha, cuyo nombre no quiero acordarme…” pero me detuve allí. Por mi izquierda vi acercarse el ex-novio de Flor. Nadie lo había visto por el pueblo desde que ella lo había abandonado. Pasó por mi lado, arrastrando los pies, encorvado, con las manos en la chupa de cuero barata y la cara pálida, parecía un fantasma. Me llamó la atención el collarín, era grueso de color crema, parecía una tirita gigante que le rodeaba el cuello y le impedía mover la cabeza.
Ya pensé que se iba cuando paró en seco y se quedó plantado en medio de la calzada, dándome la espalda. Giró 360 grados sobre sus talones, la cabeza a la vez que el resto del cuerpo (igualito que Robocop), y se acercó a mí.
— ¡Eh tú!
Disimulé, haciendo que leía el Quijote, sobre mi regazo.
— ¿Oye? El del libro ¿Que estás sordo o qué?
Levanté la vista y me lo encontré mirándome directamente a los ojos, con la barbilla levantada contra el collarín y los brazos en jarra.
— ¿Es a mi?
— ¿Quién si no? ¿Tu eres Juanjo no?
— Sí, sí… soy yo.
— Bien ¿Estás ocupado ahora mismo?
Retrocedí inconscientemente arrastrando el culo casi hasta la punta del banco.
— Eh… pues no se… leía.
— Bien. Entonces acompáñame. Solo será cosa de media horita. Vamos, los demás ya habrán llegado.
Sin poder controlar a mi propio cuerpo, como tirado por una cuerda invisible, me levanté del banco y lo seguí en silencio. Cruzábamos la plaza del American Bar y vi a David charlando con unos amigos. Me saludó, invitándome a que fuera con él. Yo me encogí de hombros y le señalé al ex con el Quijote en la mano. Incluso desde aquella distancia pude ver como los ojos de David se abrían de par en par, como las persianas del Lidl. Subimos la cuesta hacia la calle Infanta y continuamos callejeando durante un buen rato.
Iba todo el tiempo detrás de él, al final, harto de verle la espalda me adelanté e intenté averiguar hacia dónde nos dirigíamos.
— Lo sabrás cuando lleguemos. De todas maneras ya casi estamos.
Volví a la retaguardia. Nos metimos por pasajes estrechos que desconocía, entre edificios que no me sonaban de nada. Me parecía increíble, dado lo pequeño que era aquel pueblo. Olía a pis y el suelo era un empedrado irregular que estaba cubierto de cristales rotos.
Entre un parking y una casa abandonada, había un edificio rectangular totalmente gris. Era un bloque enorme de cemento con pequeñas ventanas redondas y una única puerta metálica, gris también, con los cristales tintados. El ex empujó la puerta y esperó en el umbral a que yo pasara. No pude más que obedecerle, mientras una voz en mi interior gritaba “¡Sal de aquí! ¡Sal de aquí!”.
Dentro tenía un aire más confortable y cálido. Tanto las paredes como el suelo eran de madera y el techo, alto, lo cruzaban vigas pintadas de color arcilla. Frente a la puerta había un mostrador y una mujer pelirroja con las gafas caídas hasta media nariz. Nos señaló con la uña postiza del meñique un pasillo a nuestra izquierda.
— La sala 4. Tenéis media hora. Devolvedme la llave cuando terminéis.
Más intrigado que asustado lo seguí por un laberinto de puertas hasta llegar a una marcada con un número 4. En un folio medio arrugado y sujeto con celo a la puerta, se podía leer en caligrafía muy infantil:
^^^^^^^^^^^^^^^^
FLOR,
Grupo de Ayuda
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Había una margarita dibujada a su lado con rotulador fucsia fluorescente.
El ex me agarró del brazo y casi me lanzó dentro de la sala. Tarde unos segundos en adaptar la vista a aquellas penumbras. La única luz entraba por los dos ojos de buey que salpicaban el parquet con círculos de luz. Aquello y la madera en suelo y paredes te daba la sensación de estar en el interior de un barco.
Había gente allí, gente peculiar y alguna cara que tenía vista. Unas seis personas estaban sentadas en sillas de plástico formando un círculo. Había más sillas que personas, por lo menos tres de ellas libres.
— Por favor Juanjo, siéntate.
Me señaló una de las sillas junto a un chaval de mi edad más o menos, que iba en silla de ruedas.
— Bueno, vamos a empezar. Dad la bienvenida a Juanjo por favor, es su primer días con nosotros.
— Bienvenido Juanjo — dijeron todos a la vez con voz monótona.
— ¿Quién quiere empezar hoy?
— ¡Yo! ¡Yo! — dijo el chico de la silla de ruedas levantando un brazo escayolado.
— Bien Jacinto. Vamos contigo. Cuéntanos tu dolor. — lo dijo a la vez que tomaba asiento y se unía al grupo.
— Bajaba del baño del Bar Perill, y desde las escaleras de caracol quise hacerle una foto. Ella cargaba cervezas en la nevera de la barra, y podía verle perfectamente el escote y el color del sujetador. Al sacar el móvil del pantalón, el pie me resbaló y caí las doce escaleras rodando hasta caer doblado, con las piernas por encima de mi cabeza.
— ¿Pudiste hacerle la foto? — preguntó con ansiedad uno que tenía un ojo a la virulé y una venda alrededor la cabeza.
El chico de la silla negó con la cabeza, miró al suelo y luego estalló a llorar.
— Calma Jacinto. Te entendemos — dijo el ex.
— Te entendemos — respondieron todos al unísono.
— ¿Quién va ahora? ¿Quizá tú querrías contarnos algo Raúl?
— Pues… yo… — el chico rubio, era el más joven del grupo. Mostró sus manos, tenía vendas en las puntas de todos los dedos — Cuando se fue ella… echaba tanto de menos verla que cogí la grapadora de mi padre, que es carpintero y me grapé las yemas de los dedos.
— Te entendemos, Raúl — dijo el ex, asintiendo con los ojos cerrados.
— Te entendemos — respondieron todos al unísono.
Me señaló con el dedo y todas las miradas se dirigieron hacia mí.
— ¿Y tú, Juanjo? ¿Quieres contarnos dónde te hizo daño a ti?
Me quedé mudo, sin nada que decir. Un sudor frío me empapó toda la cara y mis sienes bombeaban ruidosamente dentro de mi cabeza.
Lo entendí en aquel instante: todos aquellos locos eran víctimas de la chica cañón. Como un cañonazo, la marcha de aquella chica había impactando en la vida de aquellos dementes dejándolos inválidos. La bala había perforado el casco de su cordura y el barco se hundía. Para ellos no existía otra cosa que ella. Y estaban allí para intentar recomponer los pedazos rotos. Me di cuenta de que si me quedaba un minuto más allí acabaría en convertirme en uno de ellos.
De pronto, como viendo mis intenciones, todos se levantaron. El ex se levantó y cerró la puerta desde dentro con llave, luego se la guardó en el bolsillo de atrás. Después, de alguna manera inexplicable, todo se volvió incoloro a mi alrededor, como en una película en blanco y negro. Se levantaron todos de la silla, incluido el de la silla de ruedas, y todos aquellos ojos, los catorce, me miraron fijamente, encendidos como brasas. Abrían la boca pero no podía escuchar lo que decían, solo oía un rumor, como de un vendaval lejano colándose por una puerta abierta. El viento parecía susurrar mi nombre, una y otra vez: “¡Juanjo! ¡Juanjo!”
Me llevé las manos a la cabeza, asustado, pensando que iban a lincharme allí mismo, por quedarme callado, por no querer ser como ellos.
— ¡JUANJO!
Me desperté con una violenta convulsión. Estaba tumbado ¿pero dónde?
Miré a mi alrededor pero la luz de la tarde dañaba mi vista. Me incorporé y el libro que tenía sobre el pecho se cayó al suelo. Estaba tendido en el mismo banco en que me había puesto a leer el Quijote.
— ¿Es tuyo?
Una mano me alargó el libro. Lo agarré, y murmuré un gracias, todavía con los dos pies en el sueño, o en la pesadilla.
— ¿Quién te cae mejor, Sancho o Don Quijote?
La voz seguía allí. Levanté la vista para decirle que me dejara en paz, que se fuera a otra parte.
Era ella. Flor, la chica cañón me miraba y sonreía. Me miraba a mí y me sonreía (a mí). Jamás pensé que su nombre y aquellos dos verbos estarían juntos en la misma frase.
— El Quijote, por supuesto. — balbuceé mientras intentaba sentarme y ponerme derecho.
— Pues a mí me gusta más Sancho, es un cachondo.
Se sentó a mi lado sin que yo la invitara. La temperatura de aquel banco de madera subió unos cuantos grados.
— Me llamo Flor ¿y tú eres Juanjo, no?
El corazón se me detuvo y la vista se me nubló. Como a través de un pequeño túnel que giraba y giraba a mi alrededor desenfocando casi todo mi campo visual, pude ver el futuro. Estábamos juntos. Paseábamos de la mano por el puerto, en la playa, la besaba y sus labios sabían a sal. Ahora era de noche, y a la luz de las velas, apoyados en un balcón de piedra nos entrelazábamos para no pasar frío… y después… las escenas cambiaron, vibraban y repicaban como truenos dentro de una nube… discutíamos, nos gritábamos y nos ignorábamos… empecé a sentir celos, celos que me quitaban el sueño y me mantenían en vela, esperándola… sin saber dónde estaba… al final los malos entendidos catastróficos terminaron por rompernos y ella huía y, sentí allí mismo como si me clavaran una aguja en el pecho, el dolor envenenado del abandono. Lo sentí intensamente en mi propia piel todo aquello, sin moverme de aquel banco.
No dije nada. Me levanté y sin mirar atrás corrí calle abajo hacia el puerto, cogería el primer barco que saliera de aquella isla, aunque tuviera que vender mi alma. Ya escribiría a David cuando estuviera lejos, muy lejos, sano y salvo.
FIN

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