Picasso descansa en su taller. Mira completamente ensimismado su última obra. Está disgustado.

La luz del estudio cae precipitadamente sobre los hombros y la brillante calva de Picasso. Parece que toda esa luz le pesa, le obliga a atravesar la habitación encorvado.

Descuelga el abrigo y el sombrero de la percha y antes de abrir la puerta mira al cuadro recién pintado. Sus cejas, ya blancas, se curvan con disgusto. Se siente frustrado.

Cierra con un sonoro golpe la puerta y pasea por las calles de París, escondiéndose de la gente bajo un sombrero de fieltro blanco. No le gusta ser famoso, la gente le para por las calles y le pregunta cosas que no sabe cómo contestar.

«Hace días que estoy en blanco, quizás ya semanas» piensa Picasso mientras se mezcla entre la gente en el gran mercado «Sólo hay una persona que puede ayudarme, en ella encontraré la fuerza y la inspiración para seguir creando obras reales, no esos dibujos sin vida…»

Se detiene y mira a la ventana de un segundo piso. La fortuna le sonríe, hay alguien en la casa. La luz de una lámpara de gas asoma por el ventanal.

Cruza la portería y sube al segundo piso. Se encuentra la puerta abierta.

— ¡María! ¡María! ¡Debes ayudarme! ¡Estoy en un grave peligro!

Una mujer anciana y desarreglada, totalmente vestida de negro sale a recibirle. Examina a Picasso con ojos de perro viejo.

— Primero quítate ese horrible sombrero. Y ya que estás, también ese viejo abrigo. Siéntate en el sofá mientras preparo té. Vuelvo enseguida.

Sin darle tiempo a responder la mujer desaparece del salón. Picasso obedece y se sienta en el sofá. Juguetea con el sombrero entre sus manos. Está impaciente por contarle su desgracia a María.

María no tarda en volver. Picasso la asalta sin darle tiempo a dejar la bandeja con el té sobre la mesa. Huele a canela.

— ¡No puedo pintar más, María! ¡Ni una sola pincelada! ¡No encuentro los colores! ¡Las formas desaparecieron de mi mente! ¡No recuerdo cómo pintar!

— Tranquilo, mi viejo amigo. Primero dime ¿Desde cuando te ocurre esto?

— Hace días, quizás semanas. No logro encontrar la inspiración. Necesito de tus trucos, de tu magia. Debes ayudarme. Nunca te lo pediría si no fuera importante.

— Parece grave. Muchos artistas en algún momento pierden la inspiración. Es cómo perder un hilo. Un hilo mágico que te hace llegar a sitios increíbles dónde se alimenta tu inspiración. Parece que hayas perdido ese hilo. Llevabas siguiéndolo hace mucho tiempo.

— ¿Qué debo hacer, amiga mía?

— Conozco de artistas que jamás volvieron a encontrar ese hilo. Otros tuvieron que viajar cientos de kilómetros para reencontrarlo… otros recuperaron el hilo al enamorarse otra vez… Pero tú, Picasso… tu caso es distinto. El origen de tu inspiración está en un lugar que ya no recuerdas. El hilo te llevará hasta él.

— ¿Sabes cómo puedo recuperarlo? ¿Sabes por dónde he de empezar a buscarlo?

— Ya has empezado a buscarlo.

— ¿Cómo?

— He añadido una pequeña pócima en ese té que acabas de tomarte. A partir de ahora empezarás a ver cosas… cosas inexplicables. Te recomiendo que vayas sin demora a tu casa y esperes allí.

— Pero… ¿Cómo sabías lo que iba a contarte? ¿Cómo sabías lo que me pasaba?

— No soy bruja porque sí. Los artistas, además, sólo acudís a mí en estos casos.

El sol ya se esconde tras el horizonte, cargado de terrazas y tejas oscuras. Una luz roja baña las calles y la intensidad de los colores ciega a Picasso. El paseo con sus adoquines, las farolas y los comercios. Da la sensación que el color quiera arrancarse de los objetos que los contienen.

Todo resplandece, palpitando bajo una nueva luz, dando una vida indescriptible a las cosas.

También la gente, que antes le parecía una masa gris, anónima y más bien molesta y triste, la ve ahora de una forma completamente distinta. Sus ropas son de colores estampados llamativos y divertidos. Visten sombreros y capas excéntricas. Más que andar, parece que todos dancen al son de una música alegre y rítmica.

Él mismo ya no lleva puesto su viejo abrigo, regalo de su padre, sino que, viste una camisa blanca con volantes anchos y un sombrero rojo de pico. Intenta pasar desapercibido a través del mercado, como lo había hecho antes. Pero al cruzar entre los tenderetes cabizbajo, le sorprende cómo todas las demás personas se apartan y se echan a un lado del camino, dejando todo el paseo libre para él.

Se apresura a cruzar todo el mercado. Es al girar el recodo que lleva a su calle cuando lo ve. Allí, dónde debería estar su calle hay un muro enorme de piedra. Plantado en mitad del muro, un portón verde, entreabierto, con un gran pomo de cobre en el centro. Tanto la pared como el muro tenía pequeños garabatos dibujados en tiza: un caballo, un barco, una silla.

Mira a su alrededor y no ve a nadie. Las calles han quedado vacías a su alrededor. Empuja con las puntas de los dedos la gran puerta que se abre lentamente, en un crujido perezoso.

Mete la cabeza dentro del umbral, pero no consigue ver nada más que oscuridad, densa y negra. En el suelo algo minúsculo parece brillar, llamándole.

El cabo de un hilo de seda asoma, tirado en el suelo a la sombra del umbral de la puerta. Coge el hilo y tira de él. Está firmemente agarrado al otro extremo. No puede ver adónde va, pues el hilo se sumerge entre la oscuridad de la puerta.

«Quizás, — piensa Picasso — éste sea el camino que me devuelva mi inspiración».

Toma el hilo con ambas manos y empieza a seguirlo. La puerta se cierra al cruzar el umbral, dejándolo en la más absoluta oscuridad. Sin soltar el hilo continúa andando, en pequeños pasos primero, palpando el suelo con los pies.

A cada paso que da, más ágil y ligero se siente. No tarda en correr a tientas, usando el hilo de seda cómo único guía.

A lo lejos, muy a lo lejos, le parece ver una mota de luz. Es tan pequeña como el cabezal de una aguja. A medida que él se acerca la abertura de luz se hace mayor. Ahora ya a plena carrera, cómo hacía años que no había corrido.

Finalmente atraviesa el portal de luz y emerge de la oscuridad, como escupido o lanzado por una catapulta.

Aquel lugar le resulta familiar. No sabe bien si lo ha pintado él o pertenece a su memoria. Cuando era niño soñaba paisajes de de muchos colores, con nubes carmesí en forma de espiral. El viento traía sonidos metálicos, como campanillas lejanas, cargado de un aroma dulzón, como a uva madura.

Sus sentidos se deleitan de aquél paisaje verde, amarillo y rojo tan lleno de vida.

Sigue el hilo y ve como a pocos metros, se hunde en un pequeño riachuelo. Se acerca a él curioso, y lo que ve le sorprende tanto o más que aquél paisaje que le rodea.

Su propio reflejo estirando del hilo. Reconoce esa cara traviesa y esas mejillas. Es él mismo de niño.

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