Matar a la suegra

Un relato negro en dos actos

Acto 1

Si alguien te viene con el cuento de que su suegra le cae bien, date la vuelta y vete. Quiero decir, las suegras son suegras. Disfrázalo como quieras. Todos aquellos que dicen que su suegra es estupenda, mienten para tener contenta a su mujer o bien, por que son demasiado perezosos para exponer la lista de razones (normalmente demasiado larga) de por qué no se agacharían a socorrerla. Pero no es lo mismo tu suegra que la del vecino. Eso es otro cantar. Pero, vamos al ajo…


Entré en la cafetería Smog Snuff, en la esquina Barnaby Dale y Jonas St. a las 13:55 del 23 de noviembre.

Fuera hacía frío, el cielo estaba despejado pero era de un color gris azulado, como el de unos tejanos muy usados. Una hondonada de calor con sabor a fritura me dio la bienvenida al abrir la puerta.

Sólo me bastó un vistazo desde el umbral (no era muy grande aquella cafetería) para saber que mi cliente aún no había llegado.

No lo había visto en mi vida, pero qué os voy a contar… cosas del oficio. Tengo un buen olfato y no suele fallarme. Gracias a ello podía ganarme la vida. No es que los detectives seamos la crème de la crème, no nos sobra el dinero, más bien todo lo contrario. ¡Incluso en las películas parecemos muertos de hambre!

Yo me conformo con poco: que me llegue para el alquiler y para que, de vez en cuando, pueda agenciarme una botella de buen scotch.

De las seis mesas dispuestas contra el ventanal de Jonas St. solo dos estaban ocupadas. En la barra, al otro lado, estábamos un tipo y yo. Aquellas cafeterías con estética años cincuenta abundaban por el barrio, incluso después de haber cruzado la nueva década con sus tendencias más sobrias. Pero, yo no se un carajo sobre todo eso.

En el televisor John Acurdi de las noticias de la HB2 no dejaba de hablar una y otra vez de lo mismo. El asesinato de Kennedy estaba por todas partes (y eso que ya hacía tres meses que sucedió): en la calle, en las salas de espera del dentista, en la frutería y hasta en las residencias de ancianos… ¡Joder! ¡Hasta en el entierro de uno se hablaba de Kennedy!. Parecía que no se podía hablar de otra cosa en todo el mundo. Estaba harto de ver la misma imagen de JFK con aquella sonrisa congelada, mientras una voz en off relataba las grandezas de su (corta) vida. No me mal interpretéis, el tipo me gustaba. Pero como siempre decía mi padre… «el muerto al hoyo y el vivo al bollo». Mala suerte.

Saqué un Winston del bolsillo interior de mi gabardina caqui. Uno ha de vestir como un profesional si quiere que le tomen por uno. No me faltaba el sombrero Chester gris oscuro de medio lado, ni mi traje de los domingos. Los mocasines estaban tan limpios que podías usarlos de espejo para peinarte.

El camarero se acercó a mí sin dejar de mirar al maldito televisor. Vestía uno de esos gorritos diminutos que parecen hechos para niños y un delantal color rojo oscuro. En él se podía leer Smog Snuff, si no cruje le devolvemos el dinero.

— ¿Qué va a ser, señor?

— Póngame un escocés, sin hielo.

Si tenía suerte, mi cliente pagaría por él.

Cinco minutos más tarde el sujeto cruzaba la puerta. Saltaba la vista, brillaba como una bombilla en una sala oscura. Para entonces todo mi atuendo olía a huevos fritos con bacon, la especialidad de la casa.

Levanté ligeramente la mano para advertirle de que era su cita. Mientras se acercaba con una sonrisa, repasé mentalmente lo que me había traído allí.

Ah, sí, claro… Era la pasta (dos billetes de diez pavos) que acompañaba una enigmática nota dentro de un sobre:

^^^^^^^^^^^^^^

¿Quiere ser inmensamente rico? Tengo una proposición que hacerle. Hay más billetes como éste, muchos más si está dispuesto a ayudarme. Si quiere saber más le espero en el Smog Snuff sobre las 14:00 mañana. Es urgente.

John Doe

^^^^^^^^^^^^^^

— ¿Es usted el detective Dog Dougan?

— Así es. Adivino que usted no se llama JD.

Lo miré de arriba abajo. Era un tipo sin percha con traje muy caro. De apariencia joven, delgado y desgarbado tenía manos grandes pero finas y blancas, como de mujer pero algo sobredimensionadas. Se notaba que no había trabajado mucho con ellas. En cambio, la cabeza era más bien pequeña y achatada. De ojos grandes y saltones y nariz puntiaguda. Se quitó el sombrero y mostró su cabello negro largo hasta las orejas, peinado con gomina hacia atrás y con un raya profunda en medio, igual que si le hubieran dado un hachazo. Sudaba ligeramente, a pesar del frío del exterior y me miraba con ojos golosos, como si yo estuviera envuelto en papel celofán.

— Je, je, je… ya sabe, cosas del anonimato.

— Claro, claro. ¿Quiere tomar algo?

— Veo que usted ya ha empezado — miró mi whisky sin hielo y sonrió. Un tipo listo. Levanté el vaso y terminé lo que quedaba de un sorbo.

— ¡Camarero, por favor! — dijo al barman que seguía pegado al televisor — ¡Póngame un menú del día y, otra ronda al señor de lo que estuviera tomando! — me miró de nuevo y añadió — ¿Tiene hambre?

— No, gracias. Ya he comido. ¿Quiere que nos movamos a una mesa?

Tiré el cigarro al suelo y lo apagué con el talón. Cogí el abrigo y mi recién servido scotch y lo acompañé a una de las mesas libres junto a la ventana. No había mucho ajetreo afuera, pero pude escuchar el sonido del tráfico y de una sirena que se alejaba. Siempre pasan cosas en la city.

— Y bien, señor John Doe… ¿En qué puedo ayudarle?

El tipo se frotó las manos y miró a su alrededor. En ese momento llegó el camarero cargando con una fuente llena de huevos fritos (por lo menos cuatro) y una pirámide de bacon crujiente encima. Todavía crepitaba.

— ¡Vaya! ¡No me esperaba algo así! ¿Está seguro que no quiere acompañarme?

Hice una negativa moviendo la cabeza y busqué otro pitillo.

— ¿Le importa si fumo?

— ¿No lo hacen todos? ¡Ja! Adelante. Yo si a usted no le importa iré comiendo mientras le cuento.

Después de un par de (ruidosos) bocados empezó a cantar.

— Verá. Es un asunto delicado. Me han hablado de usted y de sus métodos… un tanto prácticos, para decirlo de algún modo. — imaginé que se refería a que soy un poco persuasivo cuando hace falta — Estoy en un ligero aprieto y necesito solucionarlo para mañana, mi matrimonio y mi tren de vida corren un grave peligro.

— Usted dirá — le señalé un trocito de huevo que le colgaba de la mejilla.

— ¡Uy! ¡Disculpe! — se limpió con una servilleta de papel del mismo color que el delantal del camarero.

Después continuó con los detalles. Se acercó a mi para que pudiera escucharle. Ver comer a un hombre de cerca no es motivo de ninguna postal que yo sepa. Abría y cerraba la boca mientras hablaba y a mí se me revolvía el estómago. Le di otro trago al whisky.

— El problema es mi suegra. Verá, mi mujer es de familia bien. Poseen diversas empresas y tienen inversiones en petrolíferas por Cuba y otros lugares que ahora no vienen al caso. Llevo seis años felizmente casado con ella. No fue fácil conocerla y mucho menos lo fue conquistarla. Como puede usted ver no soy un tipo “demasiado” atractivo. — se rió como si alguien hubiera contado un chiste.

Era cierto. Su cara parecía una pelota de tenis chafada por los lados y los ojos eran tan grandes que le daban aspecto de sapo. Pero tenía labia. Me imaginé que aquello le había abierto muchas puertas.

— La cosa es que me encanta la caza. Nada de cervatillos. Adoro la adrenalina que produce conquistar a una mujer. El tira y afloja, los regalos, los embistes en los portales… no sé si me entiende…

— Ajá.

— Desde que me casé siempre me porté como un caballero. Quizá hubo un par de escarceos sin importancia, pero en líneas generales fui un fiel cónyuge. Además, también me gusta la buena vida tanto como a cualquiera y no estaba dispuesto a jugármela por que sí.

Se limpió los morros con la servilleta y dio un par de sorbos a la jarra helada de cerveza que le acababan de traer.

— Pero eso cambió hace tres meses. Conocí a Tina. — abrió los ojos y las cejas se le levantaron formando dos “U” invertidas — Tina es… especial. Es una chica voluptuosa, cariñosa y que sabe lo que tiene y sabe usarlo muy bien. Ya sabe, ese tipo de mujeres que uno mataría por ellas.

— ¿Su mujer le descubrió?

— No… — hizo una pausa y bajó la mirada igual que un niño cuando lo regañan — pero… está a punto de saberlo todo… ¡y todo por culpa de la vieja de mi suegra! — golpeó la mesa con la palma de la mano, sobresaltándome a mí y a la mesa vecina.

Se inclinó más hacia mí. Esta vez habló tan flojo que apenas podía escucharle a través del sonido de la tele y el tráfico fuera.

— La bruja se enteró de lo nuestro. Un amigo suyo nos vio en las cabañas de Salt Town. Tina y yo solemos, o solíamos ir allí cuando nos apretaba la necesidad. Soy prudente, conduzco casi cien kilómetros para alejarme de la ciudad. Los padres de Sophie viven en San Francisco, pero unos amigos suyos casualmente pasaban allí unos días. Me reconocieron por alguna foto.

JD se dio un pellizco en la nariz.

— Hizo algunas indagaciones para comprobar que realmente era yo y después llamó a Sophie. Eso fue hace dos días.

— ¿Y todavía no le ha dicho nada?

— No. La bruja montó un drama y dijo que no podía decírselo por teléfono, que tenían que verse. Quedaron para comer mañana, sólo que no hay aviones tan temprano, así que llegará esta tarde. No me quiere ver ni el pelo y pasará la noche en un hotel, de los caros, claro. Yo me llevaré a Sophie a cenar y a bailar esta noche, por si a la vieja le da por llamar a altas horas con alguna revelación. No se si comprende, pero en cuanto Sophie se entere esto se ha acabado. Es una buena chica, bastante inocente, será una bofetada para ella y apoyada por su madre histérica no volveré a verla, ni a ella ni a su dinero.

— Todavía no veo dónde encajo yo. Suelo encargarme de descubrir engaños no de taparlos.

— Verá señor Dog, se me ocurrió la idea con todo esto de Kennedy en las noticias.

— ¿El asesinato?

— Shhh… — se puso el dedo índice en los labios y miró a los lados. En la cafetería ya solo quedaba el tipo de la barra y el camarero. Después susurró. — Piénselo, es matar dos pájaros de un tiro. Sophie no se enteraría de lo nuestro, sí bueno, perdería a su madre pero además recibiríamos la cuantiosa herencia a compartir. Me divorciaría de Sophie después de un tiempo prudencial, de forma amigable, y me llevaría mi parte.

— Escuche… yo no soy un matasanos o un asesino de alquiler. Yo soy detective ¿sabe lo que eso significa?

— Lo sé, lo sé. Pero pensé que usted teniendo experiencia en métodos policiales y demás, sería capaz de hacer un trabajo limpio, sin rastros… un crimen perfecto. Entiendo que estoy pidiéndole que cruce la raya, pero puedo pagarle generosamente por las molestias que pueda ocasionarle.

— ¿Le ha obstruido tanto bacon el riego sanguíneo? Jamás mataría por dinero. — me levanté. — Solo con lo que he oído podía mandarle de una patada a la comisaría más cercana.

— ¡Espere! — me agarró de la muñeca con sus manos blancas de mujer. — ¡No se vaya sin escuchar mi oferta!

Me alargó un papel doblado con la otra mano. Dudé un momento en desecharlo pero la curiosidad pudo conmigo.

Se me resbaló el cigarro de entre los labios y calló al suelo. Mi cara se volvió blanca como la yema de un huevo hervido.

— ¿¡Dos cientos mil sonantes!?

JD sonrió enseñándome los dientes. Sus ojos se encendieron en una mirada provocadora. Había expuesto su caso.

— ¿No cree que es suficiente como para comprar una pequeña mancha de nada en su expediente? Estoy seguro que usted ha sido siempre un hombre recto con la justicia en el pecho. Pero piense… aunque sea por un momento lo que podría hacer con tanta pasta.

Me quedé de pie sosteniendo aquel cheque entre los dedos. Mi nombre y la cantidad de 200.000 dólares estaban escritos allí en perfectas letras de caligrafía. Aquella cantidad era como lanzar un ariete a toda velocidad contra las puertas de la moralidad y la justicia.

— Tengo que pensarlo.

— ¡Bien! ¡Así me gusta!… pero tiene que darme una respuesta en breve. Digamos que… hay otros individuos que quizá podrían estar interesados. Yo sinceramente, prefiero dejarlo en manos de un profesional. Tiene un hora.

Me acercó una tarjeta en blanco sólo con un número de teléfono escrito en letras de imprenta.

— Llámeme cuando lo haya decidido.

De su bolsillo extrajo un sobre marrón pequeño y lo dejó encima de la mesa.

— Aquí tiene la dirección del hotel dónde se hospeda y una foto para que pueda reconocerla. Confío en que será discreto sobre todo el asunto.

Se levantó y se colocó el abrigo. Yo seguía de pie siguiéndole con los ojos.

— Recuerde, tiene hasta mañana antes de la hora de la comida. Ha sido un placer.

Me tendió la mano y se la estreché de forma automática. Lo vi salir del local con andares tranquilos, casi alegres.

Yo me dejé caer de nuevo en el asiento acolchado. El sobre reposaba sobre la mesa llamándome.

Joder… ¿Qué podría hacer yo con 200.000? De todo. Dejar de ser un miserable por una vez en la vida, era una idea bastante atractiva. Pensaba en mi coche al borde del desguace, de mi cuchitril dónde no me atrevía a llevar a las citas… salir de la ciudad. Podría desaparecer como si nada y vivir una vida tranquila en los Hamptons o incluso en alguna isla griega.

¡Mierda!

La moneda de cambio… ¿Que suponía? ¿Una vieja rica menos? Estaba que aquel tipo feo se saliera con la suya y abandonara a su mujer… pero con el dinero de la herencia, ayudaría a sanar las heridas. Además, aquella pobre esposa se merecía algo mejor.

¿En qué coño estás pensado Dog?

En un impulso agarré el sobre y lo abrí. En un papel escrito a mano estaba la dirección del hotel. Un hotel en la zona alta. Ni falta hace decir que jamás había puesto un pie tan arriba.

La foto, en blanco y negro, mostraba una mujer en un vestido blanco elegante. Con un sombrero de ala ancha y una mirada felina. Era una mujer hermosa y con clase. Debía de ser una foto antigua. En el dorso había una nota escrita, con la misma letra:

^^^^^^^^^^^^^^

A Dorothy le gusta beber. Seguramente podrá encontrarla en el bar del hotel por la noche, maldiciendo a su yerno con cualquier extraño.

^^^^^^^^^^^^^^

El vaso del scoth estaba vacío. Aún así lo agarré y me lo llevé a la boca. Creo que en aquel momento ya había tomado una decisión y mi cabeza empezaba a darle vueltas a la idea de cómo hacerlo. Rebusqué en mi abrigo algo de cambio, encontré varias monedas de 25 y 5 centavos.

Tenía una llamada que hacer. Una llamada que cambiaría unas cuantas vidas y acabaría con una sola. No era justo, pero la vida no había sido nunca justa con nadie a quién yo hubiera conocido.

Acto 2

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