Sonó el suave “ding” y las puertas se abrieron. Muerte dio un paso al interior de la panadería. Varios clientes esperaban su turno.

Sara vestía un delantal blanco, y un jersey verde oscuro arremangado hasta los codos. Una falda fucsia estampada con divertidos motivos daba el acento de color, reflejo de la chispa de su carácter. En su cara pálida y redonda se podía leer no solo una sonrisa, también una vida palpitante y enérgica. Tenía un pelo liso y corto, negro como la tinta Windsor&Newton, se recogía el pelo con un coletero rojo, y su coleta intentaba seguirle el ritmo, de un lado para otro, mientras atendía a los clientes. La miraban sorprendidos, casi sonrojados, escuchando sus chascarrillos.

¡Qué graciosa y bella criatura! Solo verla moverse y sonreír de aquella manera le daba un placer a Muerte jamás conocido en todos sus siglos de vida. Y pensar, que hace dos semanas tendría que habérsela llevado. Pero no pudo, le fue imposible arrancarle a todos aquellos que venían a buscar su pan, la alegría de su luz. Aquel ser que parecía el centro de un mundo tan distinto al suyo.

Secretamente había estado visitando aquella panadería, diminuta y apretujada de estantes, con cortinas de cuentas que tintineaban al entrar y salir los clientes.

Debería ser pronto la hora de cerrar, el pan se había terminado y Sara empezó a recoger las bandejas del escaparate. Mientras, ella silbaba una canción distraídamente. Muerte había estado contemplándola, perdiendo la noción del tiempo, sintiéndose un poco culpable, pero víctima de una inmovilidad dulce y agradable.

Sara se metió en la trastienda y Muerte espero su regreso. «Cuando salga, la veo una última vez y vuelvo a mi trabajo, solo será un minuto».

El sol del mediodía atravesaba el cristal y proyectaba su haz de luz sesgado y naranja. Muerte podía sentir la calidez en sus huesos. Se quedó un momento atónito, sintió qué pequeño y diminuto había sido su mundo desde que tenía memoria. Le pareció que el tiempo había discurrido deslizándose entre sus huesudas manos. Le afligía la contrariedad y el duelo que esos sentimientos le provocaban, su mujer, su trabajo, sus compañeros, si fuera otro lo abandonaría todo por aquella panadera, ignorante a su estima. La observó desde el umbral de la trastienda, ahora movía unos sacos grandes de harina del estante con increíble energía. Se quitó el delantal y se soltó la coleta. Qué imagen, que cuadro, en la penumbra de aquella panadería, aquella mujer de pelo azabache llena de vida le removía y le hacía temblar las rodillas.

No pudo hacer más que darse la vuelta y negarse lo que más deseaba. Por lo menos estaba en su mano negarle la muerte y dijo sí a la vida de Sara, la panadera.

Moraleja: Que el pan nuestro de cada día sea repartir nuestro amor, que sí, es capaz de salvar vidas. ¡Buen provecho!

FIN

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