Amigas para siempre

¡Adiós cucaracha! — gritaba el niño a su madre mientras huía en patinete por la bajada del parque.

La madre lo perseguía levantando la mano en alto, sosteniendo el monedero cómo si lo preparara para lanzarlo.

— ¡Kikkooooo! ¡Que te he dicho que vengas aquí!

Después de todos estos años, el parque seguía estando igual, o al menos yo tenía esa sensación. Quizá sí, sí que habían renovado la zona de columpios y habían añadido un arenal y una casita con toboganes… pero, básicamente, era el mismo parque que me vio crecer desde niña. El mismo verde, el mismo pino inclinado sobre el camino de piedra bordeando el parking, y la misma luz de la tarde, que salpicaba la hierba de un ocre intenso.

Existe un sendero, algo escondido, que escala unos pocos metros hasta un nivel más alto del parque. Rodeado de pinos y junto a un depósito olvidado y seco, todavía aguanta inamovible, una mesa con bancos: nuestra mesa. Solía ser el punto de reunión, nuestra oficina de emergencias y nuestra torre de vigilancia. Si alguna necesitaba un hombro en el que llorar ó una oreja para escuchar, hacía falta solo una llamada para que nos reuniéramos todas allí, sin importar la hora.

Como cuando Edurne o Paula tenían problemas con los chicos… o Chloe temía volver a casa porque había suspendido matemáticas (otra vez)… Emmy, siempre tan acomplejada por su sobrepeso o Ainara… Ella siempre nos reunía allí para contarnos cosas que nadie creía, pero las escuchábamos igual, con la boca abierta.

Me siento en el banco y admiro la superficie de la mesa, oscura y mohosa. Hay mensajes escritos con rotulador y grabados con algún objeto punzante, casi no queda un pedazo de madera sin cubrir. La mayor parte de ellos no se de quiénes son ni a quién hacen referencia, pero los que hicimos nosotras, siguen aquí, perfectamente legibles. También ha aguantado el paso del tiempo el que escribió un admirador anónimo de Edurne: “Edurne Polla”. A la caligrafía infantil le acompaña un pene muy mal dibujado, los testículos parecen cactus redondos.

Cierro los ojos y palpo nuestros nombres con la yema de los dedos, los surcos en la madera todavía son profundos. Creo recordar que usamos la navaja del padre de Ainara para grabarlos:

Paula
Edurne
Emmy (tachado)
Julia
Chloe
Ainara

Un poco más abajo, en letras más grandes y mayúsculas:

AMIGAS PARA SIEMPRE

El parque era nuestra pequeña isla y aquella mesa era nuestro faro. Desde allí podíamos observarlo todo sin ser vistas, aunque todos sabían dónde encontrarnos. De vez en cuando, alguna pandilla de chicos se presentaba allí, incómodos y nerviosos, intentando parecer muy hombres. Procurábamos aguantarnos la risa, aunque nos parecían tan evidentes que era casi imposible.

Cada semana alguno se acercaba a declararse a Edurne o a pedirle una cita a Paula. Eran las chicas más guapas y más populares del colegio… hasta del pueblo diría yo.

Paula me contó un secreto una vez. La descubrí en el cine sola, viendo una película romántica y comiendo palomitas. Llevaba gafas, unas gafas que ninguna habíamos visto antes. Me confesó que se veía obligada a llevarlas, pero no le gustaba nada tener que ponérselas delante de todas y, sobretodo, de los chicos.

Edurne era la más lanzada, y a pesar de tener una veintena de novios al año, guardaba en una caja (grande y de hojalata) un pequeño detalle, algo personal de cada uno de ellos. Eran pequeñas tonterías, como un pin, una pulsera o un cordón de una bamba… también guardaba algún dibujo o incluso algún trozo de yeso firmado. Era, a pesar de las apariencias, muy enamoradiza. Cuando me gustó aquel chico, Abdel, me tuvo obsesionada y anestesiada, me veía incapaz de reaccionar cuando él estaba cerca. A ella, que le salía tan natural hablar con los chicos, seguro que le parecían tonterías todas mis excusas. Pero nunca dejó de escucharme y aconsejarme.

¿Y Emmy? Creo que yo era su favorita. Tenía un corazón más grande que ella. Cuando discutíamos entre nosotras se ponía siempre de mi parte. Me sonreía con aquel rostro tan redondo y blanco como una ensaimada. Se hacía dos trenzas largas y rubias que le llegaban casi hasta el culo. No se me olvidará nunca su colección de figuritas de cristal de animales: cisnes, patos, ciervos, gatos… un día, en su casa jugando con ella, se me volcó por accidente una estantería y al menos diez se hicieron pedazos. Había cristales rotos por todas partes. No me lo perdonó nunca y me dejó de hablar durante un mes.

Un pequeño mirlo ha aterrizado en la hierva cerca de mí. Se ha habrá creído que tengo algo de comer, pero hoy no llevo nada. Antes el parque solía estar repleto de ellos, tan negros y tan elegantes, los veías dar pequeños saltos sobre el césped o quizá sobre algún banco, limpiándose las plumas brillantes con sus afilados picos amarillos. Observaban también a la gente desde las ramas de los pinos o desde los castaños y de vez en cuando podías escuchar su algareo, se respondían unos a otro usando unos silbidos melódicos. Siempre estaban alerta, pendientes de que alguna migaja se cayera al suelo y se quedara sin vigilancia. Solíamos ir a casa de mi abuela a pedirle pan duro. Ella nos daba una bolsa llena que luego nosotras remojábamos en la fuente. Los hacíamos pedazos y los lanzábamos por todo el parque. Escondidas detrás de algún arbusto, veíamos la hierba volverse negra.

Al hacernos mayores ya no nos interesaban aquellos juegos. Pero había cosas que no cambiaban, como Ainara. Aún a día de hoy sigue siendo la misma princesita. Su color preferido sigue siendo el rosa. No sólo tenía la mayor parte de su vestuario de ese color, incluido el chandal, si no que, constantemente soñaba despierta con un reino imaginario, dónde vivía con su príncipe azul, en una tierra muy muy lejana. Aquella vez que a los dieciocho nos estrenamos en una discoteca, apareció con un peto estampado de flores y una chaqueta de punto rosa. Cuando al abrir la puerta del coche nos vio a todas vestidas para cazar, se le quedó la cara blanca. El hermano de Chloe, Adán, nos solía hacer siempre de taxista. Nos tenía el corazón robado a todas, no solo por que era guapo y mayor que nosotras, si no que no nos trataba como a niñas, como el resto del mundo. Pero fue Ainara a quién escogió al final. Acabaron casándose y mudándose, muy muy lejos de aquí.

A Chloe siempre le contaba mis secretos y mis equivocaciones, recurría a ella cuando me daba vergüenza confesarme con las demás. Era más que una hermana, por eso lamento tanto que nuestra amistad se enfriara al irnos a estudiar fuera. Dejamos pasar demasiado tiempo entre conversación y conversación. Quizá, no sabíamos que contarnos, o quizá eran nuestros nuevos amigos, que solo eran nombres sin rostro para la otra. Fue cosa de las dos, pero bastaba solo una para ponerle remedio… si solo hubiera cogido el teléfono y la hubiera llamado…

Sin darme cuenta ya ha anochecido. El ocre y el verde intenso son ahora azules y grises en la hierva y en las copas de los árboles. Mucha gente ya ha abandonado el parque y ya no puedo escuchar los gritos de los niños al jugar. Quizá soy yo, pero de pronto siento un frío que se me mete dentro del cuerpo. Me abrazo a mí misma y me froto los brazos intentando entrar en calor.

Cada una teníamos nuestro sitio en este banco, y yo, inconscientemente, me he sentado en el mío: de espaldas a la mesa, mirando a la entrada del parque. Chloe solía sentarse en el suelo frente a mi, con la cabeza sobre mis piernas. Muchas veces se quedaba dormida bajo mi sombra, mientras yo le acariciaba el pelo.

La quería, más que a ninguna y de una forma distinta a las demás. A veces parece que no escoge uno mismo sus amistades, si no que se manifiestan o florecen de forma inesperada dentro de una misma, o, como una parte intrínseca en ti, que cuando no está sientes su falta, como el tullido siente su pierna invisible.

Recuerdo aquel beso que llegamos a darnos una vez, cuando nos fuimos juntas de colonias. Había tormenta y el viento parecía querer tirar aquella vieja casa de campo. Ella dormía en la litera de arriba y bajó de un salto al escuchar como me removía en el saco de dormir. Me arropó y me acarició la cara con la punta de los dedos para calmarme. En aquella penumbra, que se iluminaba a fogonazos de forma intermitente, nos miramos, la miré y me pareció muy hermosa. Nuestros labios sólo se rozaron, pero sentí el calor y la electricidad estática recorriéndome todo el cuerpo. Nunca hablamos de aquello entre nosotras, y por supuesto, jamás se lo contamos a nadie.

Veo a Ainara entrar en el parque y recorrer el camino de piedra. Hoy no viste de rosa. Escala el sendero, apartando los matojos que lo cubren. Se acerca en silencio, sin mirarme a los ojos y me acerca un pañuelo.

— Vamos, Julia. Las demás nos esperan.

Me seco las lágrimas y guardo el pañuelo en la manga de la chaqueta, como solía hacer mi abuela.

— ¿La has traído?

La silueta de Ainara se recorta contra la luz de las farolas que acaban de encenderse.

— Sí, aquí está. -me susurra mientras me alcanza una navaja.

Al abrir el filo, emite un quejido, como si estuviera lamentándose. En mis manos no pesa nada.

Cogiéndola con fuerza, sosteniendo el filo en perpendicular sobre la mesa, atravieso una y otra vez el nombre de Chloe, hasta que una raya gruesa cruza su nombre. Con un soplido las pequeñas virutas de madera echan a volar. Devuelvo la navaja a Ainara, que la hace desaparecer en su bolso.

Allí están las demás en la verja, sin atreverse a entrar en el parque. Paula y Edurne. Adán nos espera fuera, con el coche en marcha. Nos cogemos las cuatro del brazo y lentamente, como en una procesión, nos alejamos del parque. Todas de negro con la cabeza gacha, parecemos mirlos buscando las migas de pan que alguien ha dejado en el camino.

FIN

Sam G. C.

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