Tania en la ventana

Sam G. C.
Sam G. C.
Jul 28, 2017 · 4 min read

Sam G. C.

— Si el nivel del mar creciera hasta sobrepasar esta ventana, podríamos salir buceando.

— ¿Como en la peli de Bitelchús? — Bea dejó de balancearse en la silla y se levantó. La habitación estaba en penumbras, el sol, detrás de las cortinas, estaba a punto de hundirse en el mar.

— No he visto esa peli. De pequeña me daba miedo.

— Bah… pero si es de risa. Un día la alquilaré y la veremos juntas.

— ¿Te quedarás a dormir? — Tania jugueteaba con la esquina de una cortina.

— ¿Hoy?

— No. Hoy no puede ser. Mis padres no te dejarían. Pero el finde que no estén… la alquilamos y te quedas, ¿vale? Me gustaría volver a dormir contigo.

— Tania… no sé si eso está bien que lo hagamos…

— Ven, acércate. Mira cómo el color del horizonte cambia cuando el sol apenas lo acaricia.

Tania cogió a Bea de la mano y la miró con ojos encendidos.

Bea le apartó un mechón de pelo rojo y la besó. Al querer separarse, sus labios lucharon por permanecer adheridos.

— ¿Tanto te gusto, Tania?

— Mmm… Sí. Me gusta sobre todo cómo sabes. Eres dulce.

— ¿De verdad? Tú a mí me sabes a sal, como a agua salada…

Tania abrió la ventana y asomó la cabeza, hablándole mientras miraba al horizonte:

— Pronto se lo contaré a todos.

— Pon las manos aquí, en el alféizar — le dijo Bea acercándose hasta que sus hombros se rozaron.

— ¿Así?

— Más separadas. Y no dejes de mirar al mar.

Rodeándola con los brazos, Bea desabrochó el botón de los pantalones de Tania y los hizo bajar hasta sus tobillos. Le acarició suavemente a través de las braguitas, usando solo la punta de sus dedos, jugueteando alrededor de sus labios. Cuando la tela empezó a humedecerse mandó a Tania desnudarse. Bea se arrodilló en el suelo y Tania levantó el trasero, separando más las piernas, esperándola con impaciencia. La lengua de Bea correteó por entre todos sus recovecos. Como si la lengua de Bea fuera el mar y su sexo, un arrecife.

— Bea… — Las rodillas le temblaron.

Todo terminó en tres espasmos y un grito contenido, cazado por su propia mano en el momento justo. Luego se dejó caer en el suelo junto a Bea y la abrazó y la besó y la apretó contra su pecho.

El sol se sumergió en el mar, consumiéndose su fuego en una última llamarada intensa. Todo, incluso la habitación de Tania, llena de muñecas y cojines, se tiñó de un rojo incandescente.

— Si volcara todo lo que me haces sentir… — dijo Tania, una vez recuperado el aliento — , el nivel del mar crecería tanto como en esa película que dices.

— Mira que eres boba.

— ¡Te estoy diciendo que te quiero, tonta!

— ¿En serio? ¿Qué vas a saber tú del amor? ¡Solo tienes dieciséis años!

— Me da igual. ¿No quieres estar tú conmigo?

— Nunca nadie me ha hecho sentir lo que siento a tu lado.

— No te creo. Habrás estado con muchas.

— Quizá. Por eso sé lo que digo.

— Pues, demuéstramelo.

— Lo acabo de hacer, hace unos minutos o… ¿te has creído que eso se lo hago a todas mis amigas?

Tania se encogió de hombros.

— Lo importante es lo que yo haga, no lo que nadie diga. Y, no, no tengo ningún problema en demostrártelo.

— ¡Bien!

— Pero solo si tú también aceptas el desafío. Si no, sabré que todo lo que dices no son más que palabras bonitas.

— ¿Qué estás tramando?

— Ya lo verás. Mira… ¿Estás lista?

— Claro. No te tengo miedo.

Bea se levantó de golpe y salió por la puerta sin decir nada.

Un minuto más tarde Bea estaba debajo de su ventana. En la arena y usando una rama, empezó a escribir algo en letras grandes y temblorosas. Después se quitó toda la ropa y la dejó en un montoncito junto al mensaje. Se dio la vuelta y salió corriendo para atravesar la playa y lanzarse al mar.
Cuando Tania logró unir en su mente las letras que bailaban en la arena, su corazón empezó a latirle tan fuerte que tuvo que llevarse las manos al pecho.

«SI YO SOY EL RÍO,
TÚ SERÁS EL MAR
EN QUE ESCOJA
DERRAMARME»

Inspiró sosteniendo unas lágrimas. Se dio la vuelta y descendió las escaleras saltando los peldaños de dos en dos. Cuando salió por la puerta ya se había quitado la blusa. Se deshizo del resto y lo arrojó junto a la ropa de Bea.
Ya no le importaba que en la calle la miraran o que, quizá, sus padres, desde el comedor, se quedaran pegados al cristal escandalizados, viendo a su hija correr desnuda.

Tania sabía que merecería la pena, incluso, si al cruzar la playa, el mar ya no estuviera más allí.

Fin

Sam G. C.

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Sam G. C.

Laboratorio de Relato. Cada viernes más.

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