Nota del autor:

Lo que vais a leer a continuación es un primer capítulo de (intento) de escribir una novela juvenil. Como soy tan nuevo en esto, estoy seguro de que he cometido errores que ni sé que existen. Se agradecería mucho los comentarios y consejos. Sobretodo de si despierta o no el suficiente interés para continuar.
¡Gracias!

Tiburón

«Qué inapropiado llamar Tierra a este planeta, cuando es evidente que debería llamarse Océano»

— Arthur C. Clarke


Capítulo 1
Lo que surgió del fondo del mar


ANEXO 1

The New York Times, 19 de Febrero de 1998

¡UNA NUEVA RAZA BÍPEDA INTELIGENTE
APARECE EN NUEVA YORK!

Pide asilo para él y su mujer (humana) que está embarazada.

Lo que parecía otra mañana rutinaria, abarrotada de turistas a los pies de la Estatua de la Libertad, en el puerto de Nueva York, se convirtió en el día en que cambió la historia. ¡Hay vida inteligente más allá del hombre!

Los testigos allí presentes aseguran que un ser de aspecto humanoide de piel gris surgió del mar, llevando en brazos a una mujer embarazada y preguntando por un médico (con cierto acento escocés, según algunos testigos).

Estos seres anfibios (aún sin nombre), comparten ciertas similitudes con los tiburones: La piel, las aberturas branquiales en las mejillas y las costillas, los dientes afilados…

Todavía no sabemos mucho de ellos. Por el momento no ha sido posible concederles una entrevista. Las autoridades locales han trasladado a la pareja al Lincoln Medical Center, donde serán atendidos por especialistas. Los científicos de todo el mundo se frotan las manos, expectantes ante este nuevo descubrimiento.


1.

Abril, 2067

Caza se subió al tranvía aéreo y se dirigió al rincón del fondo. Intentó no mirar a nadie a los ojos mientras cruzaba el pasillo, atestado de estudiantes, ancianos y algún que otro androide trajeado.

Sabía que sus ojos provocaban miedo. No entre los robots claro, entre los humanos. La pupila negra cruzaba en una raya el iris ámbar y luminoso. Algunos decían no sentirlo, pero lo expresaban de otra manera: ira, repulsión, asco, frustración… pero en el fondo era lo mismo; un miedo incómodo a lo desconocido. No importaba el tiempo que llevaran viviendo allí en la superficie. La mayoría de ellos seguía sin aceptarlos.

Caza no era humano, era un mestizo de tercera generación, pero se parecía bastante a uno. La gente, por lo general, los llamaban Tiburones. Pero tenían otros apodos: pescados, sardinos, sirenitos…

A Caza le habían llamado de muchas maneras, y no todas tenían algo que ver con la fauna marina.

El tranvía aéreo se deslizó a toda velocidad por la pared lateral de uno de tantos acueductos que atravesaban como radios de una rueda la ciudad de Barcinova. Era una ciudad limpia y los transportes privados no estaban permitidos (salvo excepciones, como los servicios públicos, los taxis y la policía). Todo el mundo utilizaba el tranvía o el metro. Los más afortunados (ricos) poseían permisos para circular con patines magnéticos o motos de aire.

El transporte aumentó su velocidad agitando a los pasajeros que, de pie, intentaban asirse a los agarres que colgaban del techo. Cambió de carril ganando altura, siempre pegado al muro, se deslizaba como un patinador por una pared de hielo. Desde allí Caza podía ver las torres de cristal afiladas y altas, que resplandecían bajo el sol de la mañana. Dibujaban una línea en el horizonte con altos y bajos, como en el registro de latidos de un corazón.

La ciudad estaba bajo la protección de una bóveda de energía, pero era tan inocua que apenas alteraba el color azul del cielo. O eso le habían explicado a Caza. No podía asegurarlo, desde que se mudó a la ciudad, de muy pequeño, no había vuelto a salir al exterior.

Barcinova era una de las cinco ciudades inteligentes más modernas del mundo y destacaba por su oferta cultural y sus escuelas. Además, alardeaba de ser una ciudad abierta a los Tiburones. Por todas aquellas razones sus padres lo habían llevado hasta allí.

Cuando el tranvía se adentró en uno de los anillos interiores de la ciudad, el dispositivo en su muñeca dejó de cargar la página web que esta mirando. Hizo una mueca y apagó el BrazaLed. Ya sólo quedaban dos paradas.

2.

Dos niños y una niña de unos diez o doce años tenían rodeado a un gato callejero. Era una gato-droide. Los gatos «vivos» sólo podían verse en zoos y en ciertas consultas de psicólogos.

Uno de los chicos, el más alto y grande, tenía al gato inmovilizado por las patas. El animal intentaba desasirse, pero el chico lo mantenía firmemente agarrado. Otro de los niños, con camiseta roja, se acercaba con una multiherramienta y un módulo externo, quizá un minireactor o una cámara de vigilancia.

La niña los animaba aplaudiendo.

— ¡Venga que ya casi!

— ¡BZZZzzz!

De la boca del gato surgió una pequeña descarga eléctrica.

— ¡AUCH!¡Mierda de gato!

El droide no tenía dientes ni uñas, pero le habían instalado algunos trucos para poder defender su integridad. El chico más fortote se levantó y se sacudió la mano que se le había quedado dormida. Luego propinó un fuerte puntapié al gato. Salió despedido y chocó contra un pilar cercano.

— ¡Dejadlo en paz!

Los tres niños se giraron a la vez. Caza, a unos pocos metros detrás de ellos los observaba. Una capucha le cubría la cabeza, el pelo, desordenado y casi negro, le ocultaba los ojos.

— ¿Y a ti qué te pasa? ¡Es solo un robot! — el chico de la camiseta roja se levantó del suelo indignado, apuntándole con la multiherramienta — ¡Métete en tus asuntos!

El gato seguía en el suelo, inconsciente, reiniciándose después del golpe. Sus tres agresores no perdieron el tiempo y se arrodillaron junto a él, ignorando a Caza.

— He dicho que lo soltéis.

Los tres niños dieron un respingo al ver a Caza aparecer de repente a su lado. Mientras se arrodillaba junto al gato, se quitó la capucha. Observó a los tres niños clavándoles sus ojos ámbar.

— Fuera.

No hizo falta nada más. Los tres salieron corriendo sin mirar atrás. Desde lejos Caza pudo oírlos gritar:

— ¿Lo habéis visto? ¡Era un cara pez! ¡Un cara pez! ¡Que asco!

3.

Naya cruzaba el parque que hacía de antesala a la universidad, cuando le pareció reconocer al chico anfibio de su clase. Se detuvo detrás de un pilar a observarlo. Había espantado a tres niños que pretendían hackear a un droide y ahora estaba de espaldas, arrodillado en el suelo. Reconocía el parche de su chaqueta (era de un grupo de música que a ella le gustaba). Coincidía con el chico tiburón en clase de historia y tecnología. Ella solía sentarse en la última fila detrás de él.

Nunca habían intercambiado más que un «hola» ó un «¿Me dejas tu cargador?» pero, Naya siempre había sentido curiosidad por los Tiburones. Aunque llevaran mucho tiempo viviendo entre ellos, les seguía envolviendo aquel aire de misterio. Eran pocos humanos los que se acercaban y se relacionaban con ellos. Eso le avergonzaba; su propia raza (o la gran mayoría) los rechazaba, abiertamente o no. A ella no le parecían tan distintos, y además, estaba segura de que tenían mucho que aprender uno de otros.

Por encima de Caza sobrevoló y se detuvo un Hoverbike. Estaba pintado con rayas naranjas, rojas y blancas. Las luces sin sonido que emitía, bañaban los alrededores con un manto azul eléctrico. Descendió lentamente en línea vertical, aterrizando muy cerca del Tiburón. Era una moto patrulla.

Un policía bajó del vehículo y se acercó a Caza. Naya no pudo escuchar desde allí la conversación, pero vio como Caza se levantaba y gesticulaba, desafiando al policía. Éste le respondía con gritos y le señalaba con el brazo izquierdo la universidad. Con la otra mano desenfundaba una porra antidisturbios.

Caza bajó la cabeza, se colocó la capucha y empezó a caminar en dirección a la universidad.

El policía se quedó un momento observando a Caza alejarse. Después subió al Hoverbike y desapareció entre los edificios de cristal.

4.

— ¿No me digas que no te mueres por probarlo? ¡La sensación de vuelo está muy lograda! Además… aquí pone que mientras juegas, tu cerebro aprende movimientos de artes marciales… ¡No puede ser más cool!

— Que lo disfrutes Sarion, tú que puedes. Sabes que a nosotros los Tiburones no nos permiten jugar a estos videojuegos. Dicen que activan nuestros instintos animales.

— ¡Tonterías! ¡Nadie se vuelve majareta por jugar a los videojuegos! — Sarion sonrió y le pasó el brazo por encima del hombro — Bueno, conozco alguno que se quedó un poco pirado, pero ni siquiera era un Tiburón. Son chorradas, para haceros la vida más aburrida.

Caza se encogió de hombros. Examinó con interés la tarjeta de invitación que sostenía Sarion. El título del juego se proyectaba en el aire, vibrando e iluminando el texto ”Wings of Dreams — Infinite Edition” en un gris metálico.

Aquel día, el pasillo del ala este de la Universidad de Oberon estaba atestado de estudiantes. Menos mal que los pasillos eran anchos y los techos altos, con columnas blancas decoradas con perfiles dorados, así, no daba tanta sensación de agobio. Sólo una vez por semana, a lo sumo dos, los alumnos acudían a la universidad de forma presencial. No era lo más común, pero en Oberon consideraban importante para su programa la enseñanza en «carne y hueso», aunque solo fueran dos días a la semana.

Bien fuera para entregar trabajos, pedir una revisión de exámenes o citarse con el director (con una reprimenda asegurada), todo eran carreras de un lado a otro. Parecía mentira que, luego, aquellos pasillos y aulas quedaran vacíos hasta la semana siguiente.

— ¿Qué te toca ahora Sarion?

Sarion guardó la tarjeta en uno de los bolsillos de su chaqueta verde. Aunque los dos tenían la misma edad, Sarion le pasaba una cabeza a Caza. Era la norma general, los humanos ganaban en altura a los Tiburones.

— Tengo que entregar mis trabajos de clase de arte. Estamos estudiando el dibujo con herramientas no digitales. ¡Imagínate!

— Pues yo tengo examen de historia.

— No se vale, seguro que tu padre te da clases particulares…

Sarion agarró a Caza por los hombros. Miró detrás del Tiburón entornando los ojos.

— ¡Mira! Quiero decir… ¡No te gires!… Es esa chica rara del pelo azul otra vez, la india. Está mirando hacia aquí.

— ¿Quién es?

— Creo que se llama Nara o algo así… ¡Espera! ¡Viene directa hacia nosotros!

5.

— ¿Eres Caza verdad?

La chica de pelo azul (también tenía las puntas de color turquesa muy vivo) se detuvo frente a los dos. Buscaba la mirada de Caza ignorando a Sarion.

— Sí… — Caza asintió y se quedó mirándola a los ojos, sorprendido. Ella no parecía inmutarse, ni siquiera lo miraba con asco.

— Me llamo Naya. Vamos a clase juntos. De camino aquí te vi en el parque con el gato… y también a aquel policía molestarte.

Sarion se interpuso entre los dos.

— ¿Tienes algún problema con el muchacho? Porque si lo tienes… también lo tienes conmigo.

Caza bajó los brazos de Sarion que estaban entre la chica y él.

— ¿Y qué? — Caza pretendió sonar retador, pero no le salió más que una vocecita apagada.

— Nada. Solo quería darte algo.

Naya se arrodilló en el suelo de linóleo y depositó con cuidado su mochila. Abrió la cremallera hasta la mitad y por la abertura asomó la cabeza de una gato-droide gris. Miraba a su alrededor con ojos grandes y sorprendidos, totalmente desubicado.

— ¿Como lo has hecho? — Sarion se agachó y le mostró el dorso de la mano al gato.

— ¿Como ha hecho el qué? — preguntó Caza mirándolos a los dos.

El gato olisqueó la punta de los dedos de Sarion y luego se frotó con ellos toda la cabecita.

Algunos estudiantes que pasaban por allí los miraban o lo señalaban con el dedo, divertidos.

— Estos bichos no pueden salir del área para la que fueron programados. Si alguien intentara llevárselos se activaría un mecanismo de defensa y daría la alarma a las autoridades.

Caza miró a la chica esperando una explicación. Naya no le evitaba la mirada, sus ojos alegres y grandes le sonreían todo el tiempo.

— Vaya… De verdad… ¿Me lo puedo quedar?

— Claro, no es nada del otro mundo. Me pareció que aquel policía era un poco tonto y maleducado. No debió gritarte, tú no hiciste nada. Me molesta la presunción, de por que eres Tiburón, tienes la culpa de todo lo que pasa.

— ¿Cómo lo hackeaste sin usar InstaRed? Estamos en una zona restringida. — Sarion se levantó sin dejar de mirar al gato.

— Pensaba que todos los tíos estabais al día. Veo que sois un poco antiguos, o tenéis pocos amigos — a Sarion le pareció que Naya le guiñaba un ojo a Caza — Existen redes privadas con acceso a la InstaRed. Solo me hizo falta escanear el código del droide, entrar en su Bios y descargarle un sistema operativo libre. Lo puede hacer cualquiera.

Caza miró a Sarion, que era el entendido en esas cosas, pero parecía tan boquiabierto como él.

— ¡Eh chicos! — un estudiante de grado superior apareció por detrás — Más vale que vayáis a vuestras clases, parece que tenemos holo — visita hoy.

— ¿Quién? — preguntaron Naya y Caza al mismo tiempo.

— La policía.

El joven les dio la espalda y disolvió a otro grupo cerca de ellos. Luego desapareció al final del pasillo que casi había quedado vacío.

Los tres miraron la cabecita gris de orejas puntiagudas que todavía asomaba por la mochila.

Luego los chicos miraron acusadoramente a Naya.

Ella levantó las manos mostrando las palmas.

— Imposible. No me miréis a mi.

6.

«CONSEJOS DE PRECAUCIÓN CIUDADANA A TENER EN CUENTA CON NUESTROS VECINOS LOS Tiburones»

Caza volvió a leer el título del panfleto que les habían dado al finalizar la charla con el policía en la universidad.

Al parecer, habían saltado las alarmas por que un tiburón había matado a un humano. «Cómo si los humanos no se mataran entre ellos…» pensaba Caza.

«Punto 6. En caso de sentirse amenazado por un tiburón, se recomienda utilizar sonidos de altos decibelios para doblegar a su atacante. Puede descargar la APP gratuita de sonidos de autodefensa para su BrazaLed en la web de la policía.»

¡Él también se sentía amenazado por los humanos todo el tiempo! ¿Dónde estaba su APP gratuita? Quizá una que hiciera que todos lo mirasen con una sonrisa y le dieran los buenos días… (como Naya, pensó).

Para cuando llegó a su barrio ya era de noche. El viaje de vuelta a casa había sido más raro y largo que de costumbre. No tuvo problemas para encontrar un asiento. Durante todo el trayecto en el tranvía aéreo, había sentido las miradas de todos clavándose en él. Murmuraban entre dientes y mantenían la distancia. También le extrañó que en las doce paradas no subiera ningún otro tiburón.

Las casas, en aquel sector de la ciudad, no eran más que cajas cuadradas de cemento, con una pequeña parcela de jardín en la entrada. Todas iguales y todas dispuestas en una interminable cuadrícula hasta dónde llegaba la vista. No se podían quejar, las había de peores. Sobretodo las que tocaban al muro, en la periferia de la ciudad. Allí la gente sin recursos se construía chabolas y vivían afinados con la esperanza de que les asignaran uno u otro sector.

Al llegar a su casa, en el número 1453H, vio un Trisaw deslizador aparcado frente a la entrada. Un hombre alto y delgado con la tez oscura, fumaba un cigarrillo apoyado en el vehículo. Lo miró un instante y después continuó mirando al cielo, mientras exhalaba un globo de humo.

Caza entró por la portezuela de madera y se detuvo en mitad del camino que cruzaba el jardín. Escuchó la voz de su padre: gritaba y se le oía alterado. Otra voz, más grave, le respondió con la misma o con mayor intensidad. Luego la puerta se abrió con tanta fuerza que casi se salió del marco, rebotando contra la pared de la casa.

— ¡Te has vuelto un blando! ¡Ya sabes lo que va a pasar a continuación! ¡Disfruta de tu falsa libertad!

El Tiburón que surgió del umbral era corpulento y muy alto. Tenía los rasgos anfibios más acentuados que Caza, probablemente era de segunda generación: tenía menos pelo, un morro más pronunciado y un cuello más ancho. Andaba en dirección al Trisaw con los puños apretados. Cuando estuvo a la altura de Caza lo miró y le dijo en tono severo:

— Suerte con tu padre, hijo. Es un iluso, cree que todos son tan buenos como él.

Se subió en la parte de atrás del Trisaw. El hombre de la tez oscura tiró el cigarrillo y se colocó bien la gorra. Montó detrás de los mandos y el aparato salió disparado con un zumbido.

7.

Caza entró en casa intentando no hacer ruido. Desde el pasillo pudo ver a su padre tumbado en la butaca, con las manos sobre la cabeza y mirando al techo. Su madre, de pie junto a él, tenía una mano sobre su cabeza. Cuando vio a Caza observándoles desde el pasillo, le hizo una mueca triste.

— ¿Quieres cenar algo hijo?

El padre pareció volver en sí. Se incorporó sin levantarse del sofá. Una línea gris oscura se dibujaba bajo sus ojos.

— Vale… ¿Todo bien papá?

Su padre se recostó sobre el apoyabrazos.

— No lo sé hijo… ¿Tu qué tal? ¿Eres feliz?

— Ehh… Sí, imagino que sí.

— Entonces todo está bien.

— Vamos Sato. Voy a prepararos una buena cena. Hoy deja que cocine yo. Caza, ve a tu habitación y date una ducha de humedad, parece que tienes la piel seca. Luego baja a poner la mesa.

Su madre le guiñó un ojo y se fue a la cocina. Se quedaron los dos en silencio mirando al suelo, hasta que Caza decidió ser el primero en romperlo:

— ¿Ha pasado algo? ¿Quién era aquel tiburón?

— Ah… un amigo mío, hijo. Fuimos juntos a la universidad. De hecho — sonrió con la boca torcida — es el culpable de que acabáramos aquí. Me convenció de que esta ciudad era la mejor para los Tiburones.

Caza recordó el panfleto estúpido y la charla que le habían hecho tragar en clase. Todavía lo tenía en el bolsillo.

— No sé papá. Mientras nos dejen tranquilos…

— Creo que las cosas van a cambiar… van radicalizarse muy pronto. Comprobaremos si los humanos realmente nos han aceptado o, solo vestían una máscara de hospitalidad.

Sato se levantó del sofá. En comparación con el tipo que había visto Caza en el jardín, su padre parecía ahora pequeño. Aunque más viejo su padre se mantenía en forma. Tenía una espalda ancha y unos brazos grandes como troncos. Vestía su camisa blanca y corbata negra del trabajo. Impartía holo — clases y conferencias en diferentes universidades del país. Historia era uno de sus fuertes.

— Será mejor que me tome una cerveza. Luego hablamos. Dúchate o harás que tu madre te muestre sus dientes.

Sato andaba con lentitud, como si cargara un gran peso a sus espaldas. Caza lo siguió con la vista hasta que desapareció detrás de la puerta de la cocina.

8.

La habitación de Caza era bastante amplia. En el rincón cerca de las ventanas estaba la cama, alta, con cajones debajo; a su derecha a unos pocos metros el escritorio. Las estanterías cubrían las paredes laterales. Estaban llenas de muñecos, viejos libros de papel, CD’s de música prehistóricos, y varios discos duros. El armario con toda su ropa estaba frente a la cama. Plantada, en medio de la alfombra, estaba apoyada en un soporte su guitarra YAMAYA XT roja.

Era una habitación lo bastante grande para dos o tres personas. Caza, de verdad, apreciaba tener todo aquel espacio para él. Aunque un hermano con quién compartirlo, hubiera estado genial. Era muy raro que a una pareja de Tiburones le concedieran los permisos necesarios para tener más de un hijo. Se preguntaba a menudo, tumbado sobre la cama, cómo sería tener uno. Estaba seguro que sentiría menos solo.

De pronto se acordó de que tenía un nuevo inquilino. Se quitó la bolsa que llevaba cruzada sobre el pecho y la dejó encima de la cama. Con un click abrió los cierres.

— Ven aquí, pequeño.

El gato-droide surgió del interior de la mochila y empezó a ronronear. Tenía una de sus orejas aplastadas en un burruño, por el impacto contra el pilar en el parque. Estaba cubierto de una textura similar al terciopelo, excepto en la parte de la oreja, que asomaba el metal brillante. El droide acercó su cabeza por la mano y el antebrazo de Caza, sin dejar de ronronear.

— ¿Cómo voy a llamarte?

Observó los ojos que lo miraban. Parecían entender la pregunta. El dibujo de su pupila tenía cierta similitud con la suya, pero su iris era de un color verde apagado.

— A ver… Los gatos eran muy importantes en el antiguo Egipto…¿Qué te parecería si te llamara Cairo? ¿Te gustaría?

El gato respondió con un maullido suave entre ronroneos.

— De acuerdo. Te llamaré Cairo, suena bien.

Colocó el BrazaLed sobre el escritorio y empezó a desvestirse, bajo la atenta mirada del droide.

Se acordó en aquel momento de la chica del pelo azul. Naya. Aquellos ojos grandes que lo habían recibido tan abiertamente… eran difíciles de olvidar. Entonces, oyó su voz.

— Probando… Probando… ¡Hola!… ¿Se me escucha bien?

Caza se cayó al suelo con los pantalones todavía a medio bajar. Se incorporó como pudo y miró a su alrededor.

— ¿Caza? ¿Estás ahí?

Los ojos del gato-droide parpadeaban en una luz verde brillante. Caza agarró la colcha de la cama y se la llevó a las piernas. Luego se acercó al gato.

— No te preocupes no puedo verte. Solo puedo mandar y recibir audio, pero eso también lo puedo arreglar, es fácil.

— ¡No, espera! ¡No lo hagas!

— ¡Ah! ¡Estás aquí! — parecía divertirse. No las tenía todas de que no estuviera observándole a través de aquellos ojos de cristal.

— ¿Cómo has…?

— No pretendía asustarte, ni molestarte. Solo quería saber si has accedido ya a la InstaRed.

— No, no… aún no… — Caza balbuceaba. Tenía al gato a pocos centímetros de su cara — ¿Por?

— Hazlo. La cosa está que arde en la red. Pensé que querrías saberlo.

— De acuerdo, lo haré ahora mismo. Gra… Gracias. — seguía balbuceando y ni siquiera ella estaba cerca.

— Ahora tengo que dejarte. Te mandaré el programa para puedas controlar tu al gato-droide. ¡Adiós! ¡Nos vemos en la Uni!

— ¡Adiós!

— ¡Ah! Otra cosa… Me encanta Cairo. Es un nombre muy bonito.

Los ojos del gato-droide volvieron a su color original.

Caza se levantó sin dejar de cubrirse con la colcha. Dio un comando con su voz y un haz de luz surgió del BrazaLed sobre el escritorio y proyectó en la pared la parrilla de accesos directos.

Debajo, en la sección de hashtags, apareció una lista de los temas del día: #tiburonasesino #fueraTiburones #expulsiontiburon

— Tiburonasesino — dio la orden y la pantalla cambió. Imágenes congeladas y titulares de prensa invadieron toda la pared de su habitación. Alargó el brazo y señaló una de las imágenes congeladas, la que tenía más reproducciones. La proyección de un video llenó toda la pared.

Caza se sentó en la cama.

Mientras su retina asimilaba las imágenes, las palabras de su padre resonaron como un gong lejano en su cabeza:

«Creo que las cosas van a cambiar… van radicalizarse muy pronto.»

Fin PRIMER CAPÍTULO

License: Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0

Author: Sam G. C.

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