El dios de la tristeza.

Envejecí a tu lado, pero todo fue una función de teatro. Corriste como un perro asustado, cruzaste avenidas con ríos de carros, terrenos baldíos con ramas secas que arañaron tu piel. Corrías por tu vida, huías de algo que amenazaba con destruir todo aquello que creías real ¿Qué podía hacer yo más que gritarte hasta caer? Lo hice, y caí. Hundí mi orgullo en el asfalto, quebré la roca y llegué hasta al fuego y a su vez este llego a mis huesos. Seguí gritándote, tratando de advertirte que yo no era la amenaza. Ofrecí mi razón como tributo al dios de la tristeza para hacerte entrar en razón, pero fui traicionado. Ahora todos me miran con lastima y me hablan de cosas que no entiendo, apuntan hacia el cielo y sonríen, se abrazan el uno al otro arañándose la espalda hasta sangrar. Con un ademan me piden que los siga pero no puedo, el fuego fundió el asfalto y mi carne. No sé si lograste cruzar todas esas avenidas, ni si algún día entenderás el calvario que sufrió el hombre. No sé si un día pases sobre mí con los pies descalzos y yo pueda calentarlos, no sé si mis huesos resistan el arder hasta que mi razón te sea entregada.