El imbécil invisible frente a mí.

— Ya estás muy viejo como para estar pensando esas pendejadas, Gerardo.

— ¿Por qué pendejadas? Que tú nunca hayas tenido los huevos como para acercarte a alguien es tu pedo.

— Ni tu tampoco, pero ahora ya tienes 60 ¡por Dios! nada más vas a hacer el ridículo, te lo digo.

— Pues por lo mismo, cabrón. Ya tengo 60 años, la vergüenza es un concepto de esos que ya no me acuerdo que significan, además dime ¿Qué tengo que perder? En caso que tuviese novio o esposo y éste me diese una paliza, bueno, nunca en la vida me han dado una, sería una experiencia nueva.

— Sabes que no lo vas a hacer.

— ¿Ah, no?

— No.

— ¿Ah, no?

— No, Gerardo, no lo vas a hacer, te conozco.

— Eres un pendejo, siempre me has cagado.

­ — Y aun así estás aquí, sentado, solo, sin nadie en este mundo. Soy tú mejor amigo, aunque te cague. Gracias a mí, tu cordura, has sobrevivido tantos años. No lo vas a hacer, así que es inútil está conversación.

— Mírame y cagate.

— ¡Gerardo!

Una mesera de unos 45 o 50 años se acercó a la mesa del viejo.

— ¿Le puedo retirar? — Preguntó mirando el plato que parecía que nunca había tenido comida.

— ¡Claro! — Respondió Gerardo quien acababa de salir de su ensimismamiento. — Y te encargo la cuenta, primor. — Concluyó.

Al decir esto, la mesera arqueo la ceja y con un gesto de disgusto se retiró.

— Vaya que me has sorprendido mi queridísimo Mauricio Garcés, ese “primor” me sacó una buena carcajada.

— ¿Qué te puedo decir? soy un imbécil.

Gerardo se tallaba la ceja en señal de frustración, un tic aprendido desde su infancia.

— Mira, vele el lado bueno, al menos yo lo veo así. Tuviste los huevos para hablarle, ya es bastante meritorio eso. Ahora, paga la cuenta, déjale una buena propina y sal por la puerta con la cara en alto.

En medio del sermón la mesera tomó un papelito de la barra y comenzó a caminar rumbo a la mesa del viejo.

— No puedo creer que aún quieras hablarle, Gerardo, ¡maldita sea! vámonos ya de aquí.

— Su cuenta caballero — Dijo la mesera, extendiéndole el papelito.

— Te agradezco — Complementó Gerardo mirando el papelito blanco con los números violetas. La mesera se dio media vuelta pero antes de que diera un paso Gerardo la detuvo.

— Disculpa, no pude evitar ver que te incomodaste hace rato cuando te dije primor.

— De verdad Gerardo, déjalo así, aún puedes salir por la puerta de atrás.

— Y bueno solo quería explicarte que de donde soy, decir “primor” es como decir “señorita” Eres una mujer muy guapa y has de estar cansada de tanto imbécil queriéndose pasar de listo. Si te hice sentir incomoda te pido una disculpa — Concluyó Gerardo.

— ¿Por qué se queda ahí parada? ¿Por qué no dices nada? ¡Di algo!

La cara de la mesera se recuperó de un gesto de desagrado a uno de condescendencia.

— No se preocupe, caballero, que amable es usted. Le daré un momento, ahora vuelvo.

— Gracias.

— Debo confesar que te recuperaste de tan pobre entrada, me quitaste la oportunidad de poder echarte en cara “Cuando hiciste el ridículo con la mesera aquella”… No Gerardo ¿Cómo puedes aún querer invitarla a salir? ¿Y qué pasó con todo aquello de “Has de estar cansada de tanto imbécil queriéndose pasar por listo”? Tú eres un imbécil más, date cuenta de eso.

— Lo soy.

La mesera se acercó con su libretita en el delantal.

— ¿Todo bien, caballero? — Dijo la mesera mirando a los ojos a Gerardo.

— No, no todo está bien.

— Cagala.

— ¡Cállate!

— ¿Perdón? — Preguntó la mesera.

— Discúlpeme, señorita, tenía mi mente en otra parte.

— Dichosa ella.

Gerardo soltó una pequeña pero exagerada carcajada.

— ¿Cuál es tu nombre? — Preguntó Gerardo con una templanza en su rostro digna de un militar.

— Te equivocas — Dijo la mesera. — No estoy cansada de tanto imbécil tratando de pasarse de listo ¿Por qué me dijiste eso? Te lo agradezco pero, tengo 47 años, ya he escuchado casi todo lo que hay que escuchar, he visto tantas cosas, algunas que hubiera querido no haberlas visto. Y no te creo, te ves viejo ¿Qué edad tienes? ¿60? Gracias por insinuar que soy una mujer bella que recibe invitaciones a diario, pero, ¡Vamos! ¿Quieres invitarme un trago? Hazlo. ¿Por qué tanto conflicto? De lejos te veo y pareciera que estás acompañado, hablando con algún imbécil invisible justo frente a ti. Eso no me asusta. Sólo creo que eres un viejo con mucho miedo.

— …Woow, es buena, Gerardo, estás solo en esto.

— Woow, eres buena, me acaba de decir el imbécil invisible frente a mí que estoy solo en esto.

Los tres rieron.

— Me llamo María, salgo en 20 minutos, si quieres podemos ir por un trago.

— Me parece perfecto ¿Está bien si te espero aquí?

María asintió con la cabeza.

— Bueno, iré a terminar mi turno, con permiso, caballeros.

Gerardo volvió a sonreír mientras veía las nalgas de María alejarse.

— Campeón.

Gerardo le cerró un ojo al imbécil invisible frente a él.

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