Es broma, brother.

Primer error, ir a esos sitios que la experiencia me ha escrito en mi librito de reglas no frecuentar, pues, según éste, no puedes obtener nada bueno de las personas que acostumbran ir a esos lugares, no porque ellas en sí sean malas o superfluas, sino por esa nefasta necesidad que tienen algunos por quedar lo mejor parados ante una voluntaria exposición pública, tratando de llegar a ese, como la necesidad antes mencionada, nefasto lugar llamado “ser feliz” mediante truquetas a la mente para evadir esas preguntas tormentosas que trae consigo la consciencia, esas mismas que alimentan el espíritu y te hacen más hombre, no más bueno, no más malo, sólo más hombre.

Era una barbería ubicada en una distinguida plaza comercial; lo distintivo de ésta, era que junto, se ubicaba un bar especializado en cerveza artesanal; unidos en su interior, podías ir a cortarte el pelo o a hacerte la barba, mientras disfrutabas de una cerveza, y al terminar, tomabas una mesa y pedías algo de comer presumiendo tu nueva apariencia. Tal vez fue porque tenía casi un año sin tener sexo, no, corrijo, fue porque tenía casi un año sin tener sexo que acepté volver a ese tipo de lugares. Una chica con quien llevaba ya un tiempo conversando, me incitó a ir a ese lugar, y aun cuando mi yo racional me rogaba que no lo hiciera, mi yo instintivo aceptó.

Llegamos al lugar aquel, y debo aceptar que la decoración era de primera, en el piso una duela vieja, pero de alto detalle, uno que otro espejo para que el ego no se sintiera abandonado, en el cielo se veían un montón de vigas de madera de donde colgaban unos candelabros que acercaban la luz amarilla tenue a las mesas haciendo un ambiente realmente acogedor. Pedimos una cerveza y comenzamos a platicar; ella reía con casi todo lo que yo decía, haciéndome sentir cómodo, pedimos otra cerveza y luego otra, y aun cuando el precio de cada una ascendía a lo que cuestan seis fuera del bar, estaba valiendo la pena, y era, según yo, un hecho que esa noche rompería mi racha de celibato involuntario. Ya estábamos un poco borrachos, y en un arranque de “locura” acepté la propuesta de mi acompañante de cortarme el pelo en la barbería que se asomaba coqueta al fondo del local, de igual forma ya tenía planeado darle un poco de forma a mi cabello, qué más daba si fuese en ese lugar o una semana después con mi peluquero de costumbre. Llegué y me senté, un tipo robusto, de pelo relamido, con la barba delineada perfectamente, gafas amarillas y una camisa de flores abotonada solamente hasta el ombligo, me puso la capa y sin preguntarme nada, comenzó a hacer su trabajo; no sé por cual estúpida razón no dije nada, pero no dije nada y sólo me limité a observar. Cortaba por aquí y por allá, debo decir que su estilo para cortar el cabello era espléndido, un espectáculo, toda una diva detrás de unas tijeras; después de casi media hora de trabajo yo aún esperaba el momento en el que el tipo hiciera algo inesperado que le diera sentido a todo ese caos sobre mi cabeza, pero no, de pronto, así sin más, me barrió el cuello con una escobita, retiró la capa y de su pecho salió un cavernoso e intimidante “Servido, brother” me levanté preguntándome si eso era una broma y contestándome al mismo tiempo, decidí mantener la calma pues esa noche, todo habría valido la pena —¿Cuánto te debo?— Pregunté; olvidé mencionar, ese fue mi segundo error, no haber preguntado el precio del corte de cabello previamente. —Son 1,150— me contestó; llámame exagerado, pero puedo jurar que en cuando el tipo de las gafas amarillas dijo el primer “mil” todo lo demás lo escuché en cámara lenta; me quedé tieso, volteé a ver a mi acompañante, luego al tipo de las gafas amarillas, esperaba con ansias el comentario de parte de éste último: “Es broma, brother son máximo la mitad de lo que acabo de decirte, tal vez menos”. Pero el comentario nunca llegó —¿Por esta mierda?— pregunté y apunte a mi cabello —Estás pendejo si piensas que voy a pagarte esa cantidad por esta mierda que acabas de hacerme “brother”, ni siquiera me preguntaste que era lo que yo quería, ahorita voy a llegar a mi casa y me raparé solo para que te des una idea que tan jodido creo que me dejaste el cabello— Según yo, aún con el profundo coraje que sentía hacía ese tipo de las gafas amarillas, hacía ese establecimiento y hacía todos los presentes, permanecía calmado, sin alzar la voz, según yo, porque de inmediato llegó la seguridad me tomaron de los brazos y me halaron hacía una silla en un rincón de la barbería —¡No me toquen!— Decía en vano; vi al tipo de las gafas amarillas colgar el teléfono, después se acercó y se puso en cuclillas —Acabo de llamar a la policía, brother, no entiendo porque te pusiste así y sinceramente, no me interesa, ahí te arreglas con la autoridad— me dijo y se retiró. Efectivamente, a los dos minutos, lo que no podrías esperar en un barrio como el mío, una patrulla con las torretas encendidas se posaba fuera del bar, me remitieron por “disturbios en propiedad privada” o alguna pendejada parecida, tuve que pagar la fianza y el corte de pelo, además el tipo de las gafas amarillas, se tomó la molestia de presentar una querella por injuria, por la cual también le tuve que pagar una indemnización.

Llevo un año tres meses sin tener sexo, y contando.