Maldito nihilista errante.

— Hola, mi nombre es Ernesto, soy su nuevo vecino, he venido aquí a presentarme y ponerme a sus servicio <<también, sin ninguna autoridad que me obligue a hacerlo, sino la propia, sino la moral, o lo que queda de ella, me veo obligado a confesarle a usted, cabeza de familia, que soy un culero, soy una mierda de persona, una escoria para la sociedad; de los cangrejos en la metáfora del balde, yo soy el que se encuentra hasta el fondo de éste, juzgando y criticando el esfuerzo, a mi parecer absurdo de mis similares, el esfuerzo necio de usted. Veo que es padre de unas bellas niñas, es una bonita casa en la que vive y es un bonito coche en el que se transporta, y yo, jamás voy a ser su amigo, puesto que estoy seguro que de conocerlo, paulatinamente irá colmando mi paciencia con sus, para usted, bromas inocentes, impías para otros, pensaré seguramente que es usted un hipócrita, un arrogante hijo de puta, un imbécil que se cree más libre que sus subordinados, un idiota que se cree más grande debido al tamaño de su billetera. No dudo que sea usted una persona consciente y noble, una persona que lucha día a día por no caer en eso que tanto aborrece, en esa maldad creada, en esos comentarios insensibles, pero sentir lástima no te excluye del problema, no, ni siquiera un poquito ´a mí me sigue importando´ podrá pensar, pero seguro estoy que no te quita el sueño, ese sueño que yo no tengo por mirarte a ti, el epítome de todos los problemas de nuestra sociedad, ese sueño que se le concede a los cínicos, ese sueño que se les niega a esos escépticos de su propia consciencia, malditos nihilistas errantes en espera de que todo esto termine>>

— Hola, Ernesto, un gusto conocerte, aquí tienes tu casa, lo que se ofrezca.

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