No creo en vidas pasadas. (1era parte)

“Ya me cansé de decirte que un día te recogeré y levantare tus pies descalzos de la tierra hirviendo, estoy exhausto de pensar que un buen día llegará la oportunidad de brillar tanto en tu repisa que nadie más que tú me pueda voltear a ver, de verdad, mamá, estoy cansado de llorar por ver que no te puedo ofrecer lo que por derecho es tuyo, y sé que me lamentare toda la vida por verte trabajar tan duro y sin descanso sin poder yo intervenir, me hierve la sangre al ver el mañana sin ti, y ver que en tu piel no hay más que evidencias de lo mucho que me amaste, y en la mía de lo mucho que recibí. Porque tú me diste todo y yo no te he dado nada. Hoy es tu día, pero todos mis días son tuyos porque tú eres el amor verdadero de mi vida, lo demás, lo demás ciertamente no me importa.”

Prologo.

Sus ojos parecían cansados, pero el brillo de estos hacían contraste con sus parpados, ya algunas muchas arrugas se asomaban en su sien y su pelo largo renegaba del tinte que le aplicaba cada mes. Siempre alegaba en tono de broma que en su vida pasada ella fue una guerrera de batallas medievales, o una revolucionaria mano derecha del general Villa. Yo, no creo en vidas pasadas, pero le creo a ella, le creo todo lo que me dice, como aquel fiel que mantiene sus ojos llenos de sangre tapados con la leyenda ‘’Dios es amor’’ los míos están secos, abiertos y mirándola a ella. No hay mucha diferencia realmente, sólo que yo a ella si la puedo tocar, y nunca he tendido la menor duda, que hasta que la muerte me la quite, va a estar siempre abrazándome.

Su historia nadie la sabe a ciencia cierta, ni ella misma, como tú o como yo, que al vernos en el pasado nos sentimos unos desconocidos. Me he pasado una vida tratando de descifrarla y una gran pena me aqueja al pensar que no tengo suficiente tiempo en mis bolsillos para poder armar este rompecabezas y hacerla feliz. Aunque sé que ella es feliz conmigo sólo por ser lo que soy. No puedo permitirme no darle todo mi aliento, no puedo evitar querer salvarla del peligroso mundo dormido. Les advierto, esta versión no es más que la versión no oficial de un fanático hacia su ídolo, con no más verdades que mentiras, con no más realidad que ficción, una ficción que he creado orbitando alrededor de ella. Mi verdad, mi realidad.

Génesis.

Un hombre de ojos azules y piel morena quemada por el sol, esperaba tranquilo en la cocina blanca pintada con cal, miraba hacia afuera. Fumándose un cigarro que el mismo forjó, a lo lejos se veía la casa de su tío, lo demás era solo tierra, era un pueblo recién fundado por personas que huyan de los estragos que la revolución trajo consigo. Este hombre, hijo de un adinerado ganadero, esperaba tranquilo siendo el blanco del negro que se vivía en la habitación contigua.

Una mujer bañada en sudor, hiperventilaba su respiración con los ojos bien abiertos mirando hacia el cielo. Eran cortos segundos que servían de antesala a la agonía. — ¡Puja! — se escuchaba la voz roncoza de la partera quien era tía abuela de la víctima. — ¡Puja! ¡Sigue pujando! — insistía rabiosa. Esta era su vigésima asistencia en un parto, además de los 7 hijos que ella había concebido, así que no sentía compasión alguna por su sobrina. — ¡Ya no puedo! — gritaba la muchacha, o lo que quedaba de ella. — ¡ya!… ¡Ya no quiero! —

— Ya vamos a acabar, ya veo la cabecita, ¡ándale! ¡Pújale fuerte! — Dijo la partera desesperada, y en un último esfuerzo los parpados de la muchacha se fundieron, los dientes parecían quebrarse y un grito desgarrador enmudeció el silencio que se vivía en esa pequeña casa. Después, todo fue silencio. En las manos de la partera yacía inerte una criatura envuelta en sangre y placenta. Fue inútil la fuerte sacudida que la desesperada viejilla le propino a la criatura para que reaccionase. Estaba muerta, la partera con una expresión de terror y con el bebé aún en brazos volteo para ver a la nueva madre quien cubierta en sudor yacía en una vieja mesa de madera, los ojos de la muchacha con un brillo nubloso se cruzaron con los de la partera y sin palabras supo lo que estaba pasando. Sus ojos estaban secos pero lloraba, su garganta estaba destrozaba, pero gritaba, su cuerpo estaba anestesiado después de la batalla que acababa de sostener, pero el dolor ahora era aún más fuerte que nunca. El silencio reinaba en aquella dramática escena. La partera quien tenía un semblante de auténtica tristeza en su rostro, sostenía a la criatura muerta entre sus brazos mientras que la madre miraba al cielo, como si la madera que se interponía entre ella y las nubes no existiera. De su boca abierta aún más que sus ojos, salió un alarido no de agonía sino de desesperación que duro sólo un instante. Ya eran dos los cadáveres en aquella estrecha habitación donde el silencio había muerto cediéndole el trono al llanto.

Jamás contó esto a nadie, pero aquel hombre moreno de ojos claros quien miraba desde el otro cuarto la triste escena, vio cómo en aquel último aliento de su mujer, una especie de elegante humito blanco se escapaba por la boca de la dama volando por la habitación como si ésta fuese un bosque oscuro, y como si el humo fuese un niño asustado buscando el camino de regreso a casa. Después de algunos giros en el ambiente y como en cámara lenta esa ultima exhalación de su mujer fue a parar en la boca de la recién nacida y al instante que entró por completo, el llanto de la criatura sorprendió a la partera, quien decidida se dirigió a Samuel (ese era el nombre de aquel hombre en la habitación contigua a la tragedia) a darle la buena nueva. — ¡Esta viva! — gritó — ¡Está viva! Yo la vi muerta, le toque su corazoncito, pero Dios es grande ¡Dios es grande! ¡Bendito! ¡Bendito! — La partera (del cual el nombre nunca supe o nunca existió) se fundió en gozo con la bebé llorando en sus brazos, corriendo se dirigió hacia su sobrina — ¡Margarita, la bebé está viva! ¡Margarita! ¡Margarita, despierta! — El semblante de aquella mujer volvió a cambiar al darse cuenta de lo que estaba pasando. — ¡Samuel, Margarita no contesta, córrele! — advirtió la mujer a Samuel quien permaneció en el umbral de la puerta a la cocina.

Hasta la fecha de la muerte de aquel hombre, la partera le tuvo rencor por la reacción de éste al actuar tan calmadamente ante la muerte de su esposa. Ella no supo que él advirtió de esto antes, ella nunca supo del humito blanco, ella jamás supo cuál fue la razón de tan calmada reacción, aun así, lo juzgó hasta el día de su muerte, “perdonándolo” en una confesión con el párroco una semana después del funeral. Ella también fue perdonada, significando absolutamente nada todo el rencor y culpa acumulada durante tantos años.

Su temprana infancia la vivió en el pueblo pobre en el que nació, de toda ésta, como tú y como yo, recuerda sólo episodios aislados, igual que un borracho despechado recuerda la noche anterior. Veía a su padre salir todas las mañanas, limpio, oliendo a jabón y regresar sucio. A pesar de todos los esfuerzos que hacía éste detrás de la puerta antes de entrar para alinearse, la niña siempre supo lo que pasaba. Su padre era hijo de un adinerado ganadero, pero él era más orgullo que hombre y jamás en su vida adulta acepto un peso de su padre. Y al entrar su padre a diario por esa puerta, la pequeña sabía que venía de trabajar duro. Un hombre distinto al que salió por la mañana, el mismo olor, ese aroma que aún recuerda después de tantos años y aunque ha pasado una eternidad desde la muerte de Don Samuel, ella sigue recordando ese olor a limpieza, a santidad, a heroísmo. Porque el tiempo, al igual que en todos nosotros, derrumbó año tras año su capacidad de asombro ¿Cómo es que en tan poco tiempo, un niño difiere tanto de la idea del mundo a la de un adulto? Así pasó con ella. El tiempo la decepciono, el tiempo endureció su piel y su mente, pero no había nadie en el mundo quien fuera como su padre, su padre seguía siendo su héroe, ella estaba segura que algún día lo volvería a ver, más que creer en un paraíso o en un ser tan grande como el universo, ella creía en su padre.