No servirá de nada.

Tengo un recuerdo recurrente, ese de cuando vi a aquel vago tropezar. Era un tipo vestido con harapos, mugre en toda su cara, guantes rotos que enseñaban orgullosos unas uñas largas y negras. Usaba un bastón. Su larga y blanca barba ponía en evidencia que el final de su camino estaba por llegar. No sé porque me llamó tanto la atención aquel indigente, pero sé que jamás olvidaré aquella transparencia en sus ojos cuando traté de ayudarlo a levantarse.

Era de noche, y como casi todas las noches salí a dar una vuelta al parque, a fumarme un cigarro y ver a la gente pasar. Imaginar todos los problemas que cargaban hacía que me olvidara de los míos, por un rato al menos.

Cómo extraño esos tiempos donde aún no se me acababan los pretextos, o como los llamaba antes “proyectos”.

La vereda en el parque era de un adoquín hexagonal guinda, para mi gusto, espantoso, pero era mejor que andar sobre piedras. Casi llegando a un monumento dedicado a un escritor local, por la culpa de las raíces de un árbol, los adoquines comenzaban rebeldes a desfasarse y a salirse de su lugar. A mí me gustaba sentarme a fumar en una banca frente a esa imperfección de la circulación peatonal, y ver como aquellos que iban sumidos en su rutina, sumidos en sus problemas, sumidos en esa desesperada necesidad por existir, tropezaban, soltando algunos de ellos maldiciones, otros volteaban a su alrededor avergonzados, me veían y yo les regalaba una sonrisa o un ligero movimiento de cabeza que se entendía como un “Shit happens”

Terminaba mi cigarro, me quedaba ahí un rato, y regresaba a mi casa a esperar la noche del día siguiente, el siguiente cigarro en la banca del parque.

Fue un diciembre, lo recuerdo por los acontecimientos predecesores a éste, pero que no vienen al caso en este momento. Llevaba ahí ya un rato y como siempre, gente maldiciendo después de ver lo estúpidos que eran. Si creyera en el destino, podría jurar que éste quiso darme una lección. El indigente harapiento caminaba rumbo al desnivel. Lo vi venir, lento, paso a paso, tuve tiempo de advertirle, pero no lo hice. Al llegar a los adoquines rebeldes, su bastón se trabó en uno de ellos haciendo que perdiera el equilibrio, en su mano izquierda traía una bolsa de plástico con algo que era más importante que su integridad pues no dejo que ésta tocara el suelo. Sin oponer resistencia, su cara golpeo en seco contra el suelo. Fue realmente aparatosa la caída, tan aparatosa que no me dio risa, al contrario, sentí una culpa horrible por no haber advertid. Pronto me levanté, y junto con otros tipos que estaban cerca de la escena tratamos de ayudarlo a recuperarse. Su rostro estaba cubierto en sangre, creo que se había quebrado la nariz. Tomé su brazo (debo confesar que olor era penetrante y estuve a punto de vomitar, pero mi solidaridad fue más grande que mi disgusto.) Al tratar de que se incorporara el viejo nos quitó con un movimiento de su cuerpo, volteo a verme, a mí en específico y dijo algo que aún hoy en día interpreto de miles de formas “no servirá de nada, jóvenes” se giró boca arriba, escupió sangre, y solo se estuvo ahí. Los otros tipos y yo nos miramos extrañados, sin saber qué hacer, uno a uno se fueron marchando, menos yo. Volví a sentarme en la banca, encendí otro cigarro (siéndole infiel a mi rutina) y contemple al vago que abrazaba su bolsa mirando al infinito “no servirá de nada” Escuchaba su eco entre las sombras.

No recuerdo cómo llegue a mi casa, no recuerdo que fue del vago, no recuerdo haber vuelto a sentarme en la banca aquella.

Show your support

Clapping shows how much you appreciated Samuel Armando’s story.