“Te vas a arrepentir”

Samuel Armando
Aug 25, 2017 · 7 min read

Hoy, cuando el tiempo ha dejado evidencia de su paso por mi rostro, cuando ya me es permitido hacer una valoración general de mi vida, y saber que etapa de ésta fue la que más disfruté, cuáles fueron las lecciones más importantes que recibí y hasta saber, hoy que se acerca mi muerte, quien fue el amor de mi vida, me permito confesar que fue durante mi adultez temprana, en aquel espacio de tres por siete metros, que viví más de lo que pude vivir el resto de mi vida.

Conocí a Martha, Mathy, como le llamaba de cariño, en la universidad, tuvimos en común haber llegado ahí más que por méritos propios, por las ganas de nuestros padres, por ese ajeno afán del “salir adelante” que todo padre tiene con su hijo, sin ellos darse cuenta que el espacio es percibido de distintas formas, adelante, atrás, a los costados, arriba o abajo. ¿Qué más da? Todos sus esfuerzos se vieron frustrados cuando Mathy y yo decidimos dejar la escuela, la furia de mi padre y la decepción de mi madre que en cualquier otra etapa de mi vida hubiese sido devastadora, en ese entonces fue eclipsada por el amor que sentía por Mathy, y la incertidumbre del futuro era sedada con cada beso que le daba, y mira que le di muchos.

Después de esa gran ofensa hacia nuestros padres, ninguno de los dos pensó en regresar a casa; juntamos el poco dinero que teníamos y rentamos un camper en un terreno baldío cerca del centro de la ciudad, propiedad del padre de un amigo en común; después de limpiar la maleza y pintar la lámina oxidada del camper, lo que nos figuró el pago de un mes de renta, empedramos el camino de la banqueta a la entrada simulando una serpiente, en los costados del camino, Mathy se dedicó a poner plantas que su madre, a escondidas de su padre le había patrocinado, todos los días se levantaba a las siete de la mañana a regarlas; dentro, teníamos un colchón, una mesa, dos sillas, un quemador con el nombre de un expresidente que nadie usaba en mi casa y decidí llevármelo y un pequeño refrigerador que el padre de nuestro amigo decidió dejarnos; parecería una escena realmente precaria, pero nos amábamos, y aún más importante, teníamos veinte años.

A Mathy le apasionaba el arte escénico, siempre me hablaba de su sueño por tener su propia escuela de teatro, spoiler alert: lo logró. El mismo día que terminamos de establecernos comenzamos a platicar del futuro inmediato, necesitábamos hacer algo para mantenernos, y entre la pasión de Mathy por el teatro y la mía por las letras, decidimos escribir una obra de teatro, dado que no teníamos donde, decidimos hacer de nuestro espacio personal, nuestro espacio de trabajo también. El guion, que, debido a la premura económica que vivíamos, quedó listo en uno o dos días, trataba de una pareja de vampiros entrevistados por extraños, los mismos espectadores eran los entrevistadores, era una especia de puesta en escena interactiva; teníamos un guion a seguir y planeamos las preguntas que según nosotros, más nos harían los entrevistadores, de vez en vez, una pregunta no planeada surgía de alguna mente trastornada y era ahí cuando la improvisación tomaba lugar. Al principio, sólo amigos y familiares asistían a la puesta en escena, pero después comenzó a tener cierta popularidad, hacíamos de cinco a diez funciones diarias.

— Buen día, pase por favor, esta es su casa — Decíamos al unísono Mathy y yo cuando recibíamos a nuestros invitados — Mi nombre es Jaime Ibarra y ella es mi esposa Samantha Benavides, de antemano les ofrecemos una disculpa si esperaban nombres tales como Elizabeth Bathory o Nosferatu, somos vampiros “jóvenes” nacidos y criados en esta misma ciudad; mi esposa tiene 18 años humanos y 33 años de vampiro, por mi parte tengo 20 años humanos y 21 años vampiro, soy un poco más joven que mi amada; fue ella quien me regaló la virtud de poder ver después de la muerte — ¿Y a usted, quien la convirtió? — Le preguntaban casi de inmediato a Mathy — Algún ingrato que me abandonó a mi suerte; vagué errante durante doce años hasta que conocí a Jaime, un joven definitivamente distinto, le platiqué mi condición, y él, aunque incrédulo, no me abandonó, se mantuvo junto a mí por las noches y expectante durante los días, hasta que un verano tardío de 1989 le propuse convertirlo, el aceptó y pues bueno, lo demás es historia. — Son las tres de la tarde ¿Cómo es que están aquí y no en sus ataúdes? — Preguntó una muchacha un tanto mayor que nosotros — Verás — le dije — Hay infinidad de mitos sobre los vampiros, uno de ellos es ese, que ardemos ante la luz del sol, eso es falso, amiga, lo cierto es que nuestra piel es mucho más sensible ante los rayos uv que la del humano promedio, bien podría salir al patio ahora mismo y nada pasaría, pero de exponerme el suficiente tiempo, mi piel sufriría un daño irreparable, y de persistir el capricho, no duraría un día entero bajo el sol sin perecer, pero como podrás ver, podemos vivir bajo las sombra sin problema alguno — Concluí — ¿Y qué hay de transformarse en murciélago o lobo? — Preguntó ansiosa la chica — Bueno, eso no es un mito, eso es cierto — Le contestó Mathy — Podemos convertirnos en el animal que queramos que no sobrepase nuestro peso y tamaño, pero es un proceso muy doloroso que sólo en situaciones meramente necesarias lo hacemos — Los ojos de la chica no podían abrirse más de la impresión — ¿Podrías mostrarme? — Preguntó la chica, Mathy y yo nos miramos extrañados de que se lo estuviera tomando tan enserio — Lamento tener que negarme — Le contestó Mathy — Eso pondría mi integridad física en riesgo, además, ustedes los humanos, sin afán de ofender, dada la finitud de sus vidas tienden a ser muy impulsivos, no queremos problemas, espero lo entiendas — La chica asintió con la cabeza de una forma frenética — Sí, sí, lo entiendo, lo entiendo — contestó. Recuerdo un tipo regordete muy curioso, una presa ideal en el caso de que fuésemos vampiros reales — ¿Les gusta matar gente? — Preguntó.

— ¿Te gusta matar vacas? — Contesté.

— No, pero ¿Qué tiene que ver?

— ¿Comes carne?

— Sí.

— ….

— Oh, ya — Se sonrojó y bajó la mirada mientras Mathy y yo luchábamos por no reír y mantener la solemnidad de nuestros personajes — ¿Y ustedes están vivos o muertos? — continuó la entrevista de inmediato — Muertos — Respondí.

— Y si estás muerto ¿Por qué bebes sangre humana?

<<Buena pregunta, cabronsito>> pensé, y sin saber que responder, Mathy llegó a mi rescate — No es la vida la que consume todo lo que encuentra a su paso para ofrendárselo a la muerte, sino al contrario, es la muerte aquella que va recogiendo los frutos caídos que ofrece a la egoísta vida, mientras ustedes los vivos, al consumir crean muerte, nosotros los muertos creamos vida — Después de que el tipo se fue, Mathy y yo reímos al repasar su respuesta, que si bien rebuscada, dejó satisfecho al tipillo quisquilloso.

— ¿Qué se siente ser un vampiro? — Preguntó un cabrón quien iba con su novia, los de aspecto sombrío, el maquillaje que llevábamos nosotros nos hacía ver saludables en comparación con la palidez de ellos — Como una catarsis eterna, palabras difícil de juntar en lo fugaz de la vida, pero amantes en la eternidad de la muerte — Respondí — ¿Y a que se debe la austeridad de su hogar? — Preguntó la mujer — Verás, en el momento en el que el tiempo se vuelve irrelevante, también muchas otras cosas lo hacen, como los bienes materiales, por ejemplo — En ese momento me sentía con récord perfecto.

— Dices ser inmortal, dices que el tiempo es irrelevante para ti. — Intervino el hombre.

— Así es.

— ¿Qué sentido tiene entonces? — Preguntó la mujer en una coreografía perfecta con su pareja.

— Créeme que no eres la primera que pregunta.

— ¿Y alguna vez has respondido? — Preguntó el tipo en lo que parecía una cacería en lugar de una entrevista; me quedé helado ante la voz cavernosa que simulaba provenir desde el mismo infierno — Nunca satisfactoriamente — Agregó Mathy y los ojos bien abiertos de los dos individuos frente a nosotros se clavaron en los de mi chica. — Satisfáceme — dijo la chica en un susurro, intenté pararme para decirles que la entrevista había terminado dado el extraño comportamiento de los dos, pero Mathy me lo impidió poniendo su mano sobre mi regazo — Sabes que no puedo hacerlo — le contestó.

— Tal vez no de la forma que tú piensas — Dijo él ladeando un poco la cabeza.

— No de la forma que buscan, no con una respuesta a una pregunta que te hiciste alguna vez, pero hoy, simplemente te da igual — En ese momento yo ya no sabía que carajo estaba pasando. La atención de los dos se disipó, se pusieron de pie y antes de poder yo agregar cualquier cosa, pasó algo que nunca supe si fue producto de mi imaginación; la mujer me miró y sin mover los labios me dijo — Tienes una buena chica, te vas a arrepentir — Se dieron la vuelta y se marcharon — Creo que hay que empezar a ver de que otra forma ganarnos la vida — Me dijo Mathy entre risas en el momento en que cerramos la puerta; era tarde y decidí no contarle nada de mi experiencia telepática con aquella mujer.

Tiempo después, las cosas se pusieron difícil económicamente, los dos, con la cola entre las patas, tuvimos que regresar a casa de nuestros padres y amoldarnos a lo que ellos querían de nosotros, volvimos a la universidad aunque a distintas carreras, ella estudió artes escénicas y yo, aunque estuve tentado de entrar a filosofía y letras, decliné por ingeniería en algo que no merece ser nombrado, no sé, siempre me han cagado esos filósofos de salón, esos que se autonombran poseedores de lo que se podría acercar más a las respuestas de esas preguntas divinas. Fue inevitable nuestro distanciamiento, pero yo, como todo un imbécil, le di una puñalada a nuestra adormecida relación; la engañé un par de veces con una chica que conocí en una fiesta; Mathy me dejó y continuó su viaje sin mí, y hoy, cuando el tiempo ha dejado evidencia de su paso por mi rostro, recuerdo aquellas palabras que jamás salieron de la boca de la mujer sombría aquella “te vas a arrepentir”

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Samuel Armando

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¿Qué te puedo hacer sentir que no hayas sentido ya?

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