Noches como las de hoy.
En las que solo soy quejas. En las que el mundo parece tragarme sin ningún tipo de reproche o compromiso; como si el infierno estuviese a la vuelta de cada uno de mis parpadeos. Nocturnas aventuras en las que poco a poco, mi alma se consume con excitación, a medida las estrellas sosiegan el cielo e incineran a las estrellas.
Noches en las que, con apremio, ellos se obsesionan por llenar de espesa neblina el intermedio que nos separa de la bahía. Esa que fronteriza con el único soslayo que mis cansados ojos alcanzan a dilucidar, ése que me guía a medida el tiempo se calcina como carbón; ése poder verde al que todos los otros aspiran, pero que nunca van a poder obtener. Porque nació y morirá, siendo mío.
Las noches donde el cielo se agrieta, donde los míticos amores se vuelven cometas; donde los partos de demonios se llevan a cabo en cada habitación principal, de la hilera de casas que componen Alejandría. Las noches que dibujan con marcadores invisibles, algún cuadro de Goya en mi mente. Más impactante que Saturno alimentándose de sus hijos; esas imágenes que representan algo más que solo tinta en el cielo.
Las noches donde el último cigarro me fuma a mí; donde la última esperanza me pierde. Donde los espejismos ya no retratan los más grandes anhelos, de un alma repleta de vacíos; emanando ecos como laberintos, perdiéndose cada vez más a sí misma, expulsando lo que nunca tuvo y extrañando lo que jamás conoció.
Son noches como esta, en las que la ciudad se vuelve un íntimo espacio de cotilleo, entre la conciencia, la moral y el deseo. Todas las rivalidades se dejan de lado; todo el egoísmo se apaga por un momento y, los sueños, bailan al son del ardor y el papel.
En una noche como esta, me visitó un viejo amigo, y nuestra conversación duró algo más que un suspiro:
— El mundo no ve más allá de lo que quiere ver, compañero. Sería ingenuo suponer, que la esquizofrénica ceguera con la que nuestros párpados conviven de cara a nuestro mundo, explicaría la deplorable manera con la que logramos amar(le). Vivimos de apariencias. Y morimos por la misma razón. -Me dijo-
— Es posible -respondí con cierta molestia-. Sin embargo, me empecino en creer que por una vez en mi vida, no estoy errando en mi presunción de ser feliz. Pensando que soy lo único diferente en este infierno.
— ¿Y cuánto estarías dispuesto a entregar, Carlos? ¿Cuánto vale el ser ajeno a este infierno? -preguntó con esmero-
— Y con cierto titubeo, respondí a su pregunta: un par de noches, susurré.

Desde entonces, en las noches, fumo solo.-