Arraigo de un amor verdadero
De un abrazo a la dulzura de sus besos
Una imagen. Ella sonríe al otro lado de la sala, apacible, tenue, como una silueta pincelada con la mano de Miguel Ángel, como un pétalo recién cortado, pero que el tiempo lo conserva, lo sigue pintando de rojo y que, además, con la luz de mañana resplandece palaciego en aquel extremo.
Ella sonríe, canta, habla, y mientras aquello ocurre mis ojos obnubilados se abren y ven el cielo, ven sus cabellos rubios topacios moverse con el viento, ven sus labios exhalar aquel aliento que provoca sueños. Mis ojos ven su clara piel estremecerse con el rocío que cae lentamente para rodearnos en aquel preciso instante en que nuestras miradas se cruzan.
Ella sonríe, rodea, abraza, y mientras sus manos acarician el aire imagino aquel espacio vacío cubierto con mi cuerpo, con mis brazos, con mis manos. Mis oídos escuchan sus palabras dulces y tiernas, sus murmullos, sus secretos, sus encantos.
Ella sonríe, besa, sueña, y mientras duerme en aquella sala, mis ojos se cierran para seguir contemplando su silueta angelical. Su aroma que entra por la ventana y despierta los sentidos, su mano que se posa sobre la mía, sus labios que traen consigo la calidez y la dulzura del amor.
Ella sonríe y ama, y la sala engrandece, se extiende, desaparece y en aquella mezcla de sentidos, de aromas y sensaciones encontramos los sonidos con los que habla el corazón, el lenguaje del amor, el fin último de la felicidad, de los sueños compartidos.
Ella sonríe, muerde su labio inferior, y yo, en aquel lugar, quiero seguir a su lado.