Me apuntaron con un armar de verdad
El día que cumplí 14 años mi madre me prometió un celular de pantalla a colores. Hasta entonces sólo había tenido el Startac y, aunque no estaba desfasado, necesitaba mejorar en el ranking gadget escolar.
Después de algunos días de llanto, presión inteligente, berrinches y motivos racionales, convencí a mi madre de comprar un Motorola T720. Costaba $350 dólares. Era gris metalizado y de doble pantalla. Tenía ringtones más decentes y nada más.
En el colegio fui por una semana el chico cool, años después volvería a serlo cuando compré el Zune de Microsoft el día del lanzamiento.
Lo cool duró poco. Los sábados por la mañana acostumbraba a ir al Oratorio, una especie de patio grande donde todos nos queremos. Había que llegar a las nueve en punto si querías estar en el equipo titular. Yo jugaba en el Club Deportivo Oro, y me entrenaba un abuelo cuenta chistes: el Chino.
Aquel día, temprano, me dormí en el autobús mientras hacía el recorrido desde mi casa hasta el Oratorio Ricaldone. Tardaba una hora. Así que cuando desperté me bajé somnoliento y pensando que estaba llegando tarde. Debía correr tres cuadras. Pero al bajar del autobús revisé mi celular, el hermoso T720, para preguntarle la hora. Faltaban 15 minutos para las 9. Entonces, comencé a caminar despacio. Sin prisa. Error.
En el camino, pensé más en el partido que se venía que en cualquier otra cosa. A menos de 20 mts de la entrada, una motocicleta se detiene cerca mío. Hay dos hombre en ella. Ambos con casco. El de atrás me hace una pregunta que no entiendo. Así que detengo el paso y me acercó para escucharlo mejor:
-Que me dés el celular, hijueputa!
Con la mano derecha saca un arma del bolsillo de la chaqueta que llevaba. Me apunta y repite otra vez.
-Dame el celular, hijueputa!
El mundo se hizo chiquito. Ví sus dedos nerviosos sobre el arma negra, cuyo orificio apuntaba mi frente. Mi cuerpo se congeló. Pero mi mano se movió lentamente hasta mi bolsillo izquierdo. Sacó el celular. Lo entregó.
El arma seguía apuntando en mi dirección mientras la motocicleta aceleraba sobre la Av. Aguilares. Mis ojos no podían dejar de ver a los delincuentes huir. Cuando el sonido de la motocicleta desapareció, fijé la mirada en el piso. Caminé hasta el portón. Entré al oratorio. Y lloré.