Mis mentoras

Para no variar, la terapia me trajo tema de nuevo. En este proceso de pensarse y repensarse, de repente se acomodan cosas que vale la pena compartir para reconciliarse con el mundo. Una de las más recientes cosas que me vino a la cabeza es el rol que han tenido varias mujeres, fuera de mi familia, en volverme la mujer que soy.

¿Por qué hablar de mujeres fuera de mi familia? Tal vez por la razón básica de que, a partir de mis experiencias en investigación de mercados, casi todas las mujeres a las que he entrevistado en 13 años tienen como default a sus propias madres como modelo a seguir, y en ese sentido yo me siento habitualmente perdida: mi madre es una buena mujer e inteligente, sí, pero tan distinta a mí que me cuesta reconocer en mí sus rastros (más allá de mis pecas, la lectura… Y la nariz que me maquillo cuando juego al contouring). Donde yo soy “mujer sin hijos”, ella es “madre”; donde yo soy “body positivity”, ella es “perpetuamente a dieta”. Donde mi esencia dice “trabajadora, agnóstica, individualista”, la de ella dice “mujer de familia, ferviente católica, entregada a los suyos”. Soy hija de la familia de mi madre de manera muy predominante: de ahí salieron todos los modelos femeninos de origen, que a estas alturas de mi vida trato de reacomodar en mi estructura individual, esa galería de retratos en donde frecuentemente no me encuentro.

De platicar con mi terapeuta salió la posible reconciliación con mis modelos femeninos personales y cercanos: no Marie Curie, ni Sor Juana, ni Remedios Varo, ni Rita Levi-Montalcini, ni Virginia Woolf, ni Simone de Beauvoir, ni… No las “grandes mujeres”, sino las mujeres (así, a secas) que me han acompañado en volverme lo que soy, en darme otras figuras en las cuales refugiarme en la cotidianidad para saber qué puedo ser y cómo puedo hacerlo. Curiosamente, casi todas son maestras…

La primera sería Miss Conny. En una escuela en donde nunca entendí cómo funcionaban los códigos sociales, y donde los profesores tenían permitido ser violentos con los alumnos (a mi hermano lo ‘mandaban a hacer recados’ por inquieto valiendo madres que reprobara, y lo acusaban de todo lo imaginable… Misma escuela en donde me soltaron el “tú te estás pasando de lo segundo” por denunciar el bullying), Miss Conny fue la primera profesora que se enfrentó a otra para defenderme (justo de la arpía docente que me acosó durante los siguientes 5 años, cuando ya habían corrido a mi defensora). Aprendí de ella lo mismo que todos aprendimos de ver “The Help”:

Obvio, de Giphy. Si no lloraron con esto, no tienen corazón o es chiquito y de piedra… Como el de Miss Arpía.

De la misma escuela primaria y secundaria “Mártires del subdesarrollo” (nombre ficticio que le sienta requete bien), recordaré a mi maestra de inglés favorita de toda la vida: Miss Minerva. No sólo tenía el nombre de mi diosa, sino que nunca se dejó llevar por lo que otros alumnos o profesores dijeran de mí. En una época gris de mi vida, es de las pocas personas que recuerdo que me hicieran sentir apreciada de manera incondicional, que no me veía ni con pena ni con horror, ni con lástima. Me veía, cierto, con una ternura docente muy propia y que tenía con todos sus alumnos. Era estricta, pero buena persona en un nivel tan básico que no había manera de que no se notara. Cuando eres el Cuasimodo de tu nanosociedad, alguien que te trata con normalidad es un héroe, y ella fue mi heroína.

Minerva, la que nació armada, de la cabeza de su padre. Foto de Tony777777777 (o algo así).

De ella, y de Minerva como mi diosa tutelar, es obligatorio saltar a mi abuela adoptiva: la enorme profesora Socorro. Química de primera profesión, trabajó, se casó, tuvo hijos, nietos… Y se metió a estudiar Letras ya entrados los 50. No conforme con eso, regresó a trabajar, ahora dándole clases de literatura a pubertos cuyas hormonas y neuronas estaban en permanente conflicto. Me reconocí en ella de una manera inexplicable: tal vez porque yo ya sabía que terminaría estudiando dos carreras, tal vez porque sabía desde niña que quería ser profesora; muy probablemente, porque su amor por la literatura y el mío se parecían, y se dedicó a alimentar al mismo tiempo mi deseo de leer y mi capacidad para escribir, y me puso a hacer teatro y recitaba cosas de memoria.

Fue mi “abuela adoptiva” probablemente sin saberlo. Decidí hacérselo saber a todo aquel que usara con ella el apodo “La Abuelita” (generalmente acompañado por “de Piolín”): “Es MI abuelita”. En algún espacio simbólico de mi corazón, junto a mis libreros, mi abuela Socorro tendrá un lugar perpetuo. Uno de mis arrepentimientos vitales es no haberla visitado más después de salir de la preparatoria. Ahora, como profesora, sé que los ves irse sin guardar rencor, pero habría amado platicar con ella y abrazarla de nuevo… Como pasa con todas las abuelas.

Ni fueron de matemáticas, ni son de la época… Pero es lo más aproximado que encontré a “maestras”. Y le recorté al maestro de a devis de la foto, porque soy una patana.

En la universidad encontré a “la legendaria” Ferrer. Más que una profesora, era una fuerza de la naturaleza. Por ella descubrí la semiótica, aprendí a tenerle respeto y terror y luego un amor profundo a la misma disciplina que ahora me sirve como pretexto para repensarlo todo. Además, su “estilo personal de gobernar” era inolvidable: lo que en inglés se resume en unapologetic —tomaba con gran humor su rol de “villana”, “profesora terrorífica”, “gran reprobadora”. “Es parte de mi extraño encanto”, solía afirmar, con una sonrisa, ante cualquier posible reclamación sobre su manera de evaluar, conducir las clases… O conducirse en la vida, supongo. Sus exalumnos que nos volvimos profesores nos hemos encontrado usando la frase.

Habrá que hacer una acotación: aunque tenía fama de dura, y era una profesora exigente, también es cierto que era el tipo de profesora que invertía personalmente en sus alumnos. Muchos le debemos grandes pláticas, consejos puntuales y ese tipo de cosas que te dejan más huella que las cosas que vienen en el temario. A ella sí alcancé a escribirle un mensaje en Facebook cuando ya estaba enferma, contándole que vivo de hacer semiótica aplicada, y que doy clases en universidad… Y dándole las gracias por ello. Enterarme de que falleció fue triste, pero hubo un cierre “adulto” antes. Aunque no me considero el mismo tipo de profesora que ella, sí le “heredé” el interés personal por mis alumnos, igual que aprender a ser el tipo de profesor que sé que soy sin pedirle disculpas a nadie por ello.

De Victoria, mi siguiente mentora, podría hablar horas. Todo lo que sé de diseño, lo aprendí de ella. Las bases que Ferrer colocó se transformaron en una especie de Xilitla interno de la mano de la muy sorprendente editora, diseñadora, gourmet, madre de familia y otras 20 cosas que tuve la suerte de tener por jefa en mi primer trabajo de tiempo completo. Su sentido del humor, su cultura infinita, la manera en la que comparte sus pasiones, me terminaron de forjar. Sus bibliografías se fueron transformando en las mías, su familia inclusive fue mi refugio durante una época interesante de mi vida… Digamos de ella que me parió como Zeus a Minerva, ya adulta y armada, después de acogerme bajo su ala. Un año de trabajo con ella fue equivalente a un posgrado de dos años en diseño. Hasta la fecha la faneo y la presumo todo lo que puedo, y sigo en contacto con ella, como orgullosa egresada de la “Universidad Victoria del Aire”. Cuando alguien me dice que le recuerdo vagamente a ella, me hincho de orgullo.

Xilitla, una representación bien adecuada de mi “estructura mental teórica”: arquitectura y jungla, no va a ningún lado… Pero es fascinante.

Ya como adulto en forma, Paty y su generosidad y su apertura me dieron mucho en la maestría académica y después de ella (hasta es madre adoptiva de dos de mis “nietas perrunas”), y de ella aprendí a asumir que ser profesor también implica aprender junto con los alumnos y compartir con ellos las lecturas propias y verlos sacar conclusiones diversas y dispersas, y que eso también es ser docente y guía.

En la vida profesional, Gabysun me abrió un mundo entero cortesía de las curiosidades compartidas, el respeto a mi trabajo y la pregunta perpetua: “¿Qué más podemos hacer con esto?”. En un momento en el que creí que a una de las áreas de mi desarrollo profesional ya se le habían acabado las posibilidades, la inteligencia y la serenidad emprendedora de Gabs me volvieron a poner en la ruta y me recordaron que la curiosidad no mata a todos los gatos.

Inclusive en el teatro, es en Plati en quien se deposita mi gratitud por descubrir la alegría infinita de confiar y gozar con mi equipo, y en las manos de Pilar (ese bendito monstruo escénico y mitológico) recogí la infinita confianza en que dentro de cada uno de nosotros habita la verdad escénica, que solo basta con dejarla fluir y ser honesto para que pasen muchas, muchas cosas en escena y en la vida. Plati fue mi primera maestra de improvisación, Pilar es la última, a la que llegué después de todo un ciclo personal intensivo.

A medio camino entre el teatro y la vida, Cher ha sido al mismo tiempo maestra y compañera. Si no fuera por su ejemplo, no habría regresado al teatro. Su amistad me ha mantenido cuerda en diversas temporadas, y su casa fue mi refugio en múltiples ocasiones complicadas, con sus gatos como terapeutas adicionales. Sé que siempre podré confiar en su honestidad a prueba de balas, y en su solidaridad discreta.

Ya entrando en la vida personal, La-Mujer-que-Antes-Fue-Ensayista-y-Ahora-Es-Poeta me regaló a mí misma, un espacio de comodidad personal tan generoso y amplio que las palabras no me alcanzan para explicarlo, ni para decir qué tanto de ella habita en mí por siempre. Ya que hablamos de letras, la Poeta Galleta me ha regalado unas complicidades llenas de serendipia, porque cuando más coincidimos es cuando menos planeamos coincidir y en eso consiste la magia del nonsense y de la ciudad Monstruo y las noches de cantar a gritos a Juan Gabriel porque sí. Porque algunas de mis amigas también son mis mentoras, me ayudan a descubrir los caminos por los que sí quiero caminar y los que quiero dejar, me alumbran con una linterna cuando me pierdo, se atreven a cosas que yo todavía no. Por ejemplo, Paos y su manera de estar desde siempre (en mi caso, 15 años cuentan como una eternidad), y lo mucho que la admiro desde que la conozco por ser capaz de saber qué la apasiona y hacerse una carrera en ello, sin necesidad de caravanas y aspavientos (si por mi fuera, tendría un trono de oro y un festival de música en su nombre), y su fuerza interna y su resiliencia y su capacidad para cuidar de sí misma —claro, esa que adquiere uno a patadas y pellizcos y codazos simbólicos— y hacerse pocas trampas.

Qué gran oportunidad para usar el GIF más bonito de la vida.

Ahora que estoy terminando de escribir esto, me doy cuenta de que lo que empezó hablando de mentoras deriva, inevitablemente, en mis compañeras cercanas; en las relaciones femeninas que estoy omitiendo (uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice, si recuerdo bien la frase) porque de una manera o de otra se han roto en el camino y me cuesta trabajo empatarlas de manera que las aristas que han dejado las rupturas no sangren. Porque estoy escribiendo, sin querer queriendo, sobre sororidad, sobre las relaciones de apoyo entre y con mujeres, que implican crecimiento mutuo, que nutren más de lo que duelen. Me quedo pensando también en los escalones siguientes del discurso: los que (con el paso del tiempo) puedan hablar de la forma en la que mis alumnas, al acercarse, me permiten crecer y regresar algo de lo mucho que sé que he recibido en esta cadena —las tesis que asesoro, las conversaciones con mis alumnas y sus dudas que me obligan a repasar y repensar; los proyectos que desarrollan y me encantan, sus carreras profesionales, que aunque ya no me involucran sigo, casi como fan… Sospecho, dentro del proceso de sanar y descubrirme, que estoy empezando a descubrir qué es lo que busco y encuentro en esa red de mujeres que me acompaña, me sostiene y no me deja caer, y a las que sostengo, acompaño y no dejo caer.

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