Más que tumbar diez pinos

“Suave, suave, no hagas tanta fuerza” le dice Juan Alberto a uno de sus alumnos. “Es que ellos creen que entre más duro la tiren mejor, pero no, es como cuando se tira una pelota de béisbol, o una piedra: si tensionas la mano se frena el lanzamiento; es mejor hacerlo suave y completar el movimiento”.

Él lo puede decir con certeza. Los bolos han sido la gran pasión de su vida y conoce el deporte a la perfección.

Juan Alberto Rosas llegó a Medellín en 1960, oriundo de Barranquilla. La razón de venir fue buscar mejores oportunidades de estudio, la razón de quedarse, una mujer; duraron tres años de novios y llevan 52 de casados en los cuales han tenido cuatro hijos. Según él, en su ciudad natal las universidades aún eran jóvenes, además de que no estaba la carrera que quería. Medellín era una ciudad más reconocida y le emocionaba salir a estudiar a otra parte. Sus dos hermanos mayores ya lo habían hecho, y él no quiso quedarse atrás.

Estudió tres años de Ingeniería Química en la Universidad Pontificia Bolivariana, se salió para empezar a trabajar: fue vendedor de seguros, trabajador de una fábrica de artículos para la construcción y empleado de Enka de Colombia, empresa productora de polímeros y otras materias primas para la industria textil; allí trabajó 23 años en total. Él admite que siempre le había dado pánico jubilarse, pero cuando lo hizo se le abrió la puerta para dedicarse de lleno a su verdadera pasión.

*

Juan Alberto respira con dificultad, pausado. Cada 5 o 6 palabras se detiene e inhala profundamente, como luchando para conseguir el aire. Tiene respirador artificial, con tubo alrededor de la nariz, y carga un medidor de pulso y un inhalador. Su salud ha desmejorado en los últimos años y su médico le recomendó que siempre llevara estos artículos con sigo; cada tanto revisa sus pulsaciones. Pero esto no lo detiene para hacer lo que ama; tres días a la semana da clases de cuatro horas cada una.

Su obsesión con este deporte comenzó en el año 68, cuando empezaban los bolos en Medellín. Cuenta que un día lo invitaron a jugar y le encantó. Con los años fue naciendo el amor por enseñar. El estudio como tal sobre el tema fue en el 85, con los primeros libros que llegaban, y ya recién comenzado el nuevo siglo se inició la instrucción de cursos formales en la ciudad, aunque él ya tenía experiencia dirigiendo equipos, como lo hizo con el de su empresa desde los 80. Llegó a representar a Antioquia en competencias nacionales, además fue juez en los Juegos Suramericanos de 2010, en los Juegos Bolivarianos y en los Juegos Paralímpicos Nacionales de 2012.

En una práctica, hace 5 años, Juan Alberto tuvo una lesión en la columna y desde eso no puede tirar bolas como lo hacía antes. Su amor por el deporte pasó de la práctica a la enseñanza.

Él se considera a sí mismo un profesor innato. Antes de los bolos tuvo una afición por la crianza equina, y le gustaba darle clases a los niños gratis, solo por el gusto de enseñar. Después de su lesión empezó como instructor formal de bolos.

–Te faltó energía en ese lanzamiento. Todo estuvo bien, pero le rebajaste a la energía; la media se tira con el mismo ímpetu que la moñona.

–Profe, ¿cuántos quedaron?

– Quedó uno solo, el 3.

Su alumno le pregunta porque no tiene forma de saberlo, es ciego, al igual que otros dos de sus compañeros; los otros ocho son sordomudos. Esto es lo que ha movido a Juan Alberto en los últimos años: dar clases a personas con estas discapacidades. “Es una forma de entregar algo de lo mío a los que tienen menos oportunidades”.

El Profe, como le dicen sus alumnos, reconoce que desde el comienzo fue un reto enseñarles: “Me invitaron a que fuera entrenador de ellos y yo dije: ‘Juepucha, en la que me metieron, a duras penas sé hablar con otras personas, para hablar con ellos’, porque son diferentes a nosotros”. Cuenta cómo fue el primer encuentro con Luis Fernando, quien los representaba en ese momento:

–Luis, me acaban de nombrar entrenador de ustedes, pero tengo una condición: tú me tienes que enseñar a mí.

–¿Pero cómo se le ocurre a usted decirme eso?, a usted lo nombran profesor de nosotros y me viene a decir a mí que le tengo que enseñar a usted. ¿Usted sabe o no sabe?

–Yo no sé tratar a los ciegos, usted me va a enseñar a mí a tratarlos.

–Ah Profe, ¡así sí!

Para Juan Alberto, tener la oportunidad de aprender algo nuevo con otras personas no se puede desaprovechar. Ya lleva entre 3 y 4 años con ellos. Recientemente se unieron los sordomudos a las sesiones.

Él tiene una dedicación profunda a su tarea, no se descuida de las acciones de sus alumnos, interrumpe cualquier actividad cuando ellos cometen un error para corregirlos, son su prioridad; lo hace con paciencia y repite las veces que sea necesario, incluso en ocasiones que se tiene que levantar para explicar algún movimiento, así le implique un gran esfuerzo; ya es casi como un ritual: se para, desenreda el tubo del oxígeno, toma la pequeña mochila del respirador artificial, se la cuelga al hombro y recrea las técnicas.

Ha tenido que hacer tareas extra para adaptarse a ellos. Le causa gracia contar lo que le ha costado pronunciar todas las ‘s’ por ser costeño para que le puedan leer bien los labios, además de hacer cursos virtuales para aprender el lenguaje de señas y poder comunicarse mejor con ellos. Por ahora, habla despacio, señala lo que quiere indicar, hace mímica y escribe o dibuja cuando se requiere.

Sus acciones respaldan el concepto que tienen los alumnos de él: alguien cálido, comprensivo y respetuoso, que ha sido paciente para entenderlos y tratarlos, cosa que, ellos mismos admiten, no es fácil. Pese a que hay días en que llega de mal humor, intenta relajarse y siempre darles un buen trato. Gozan juntos y han construido una relación de mutua enseñanza con él.

–Más a la derecha Juancho, más. Ahí está bien, recuerda el movimiento, suave.

Fuera de la bolera, Juan Alberto es un hombre dedicado a su familia. Sus amigos más cercanos dicen que le brillan los ojos cuando habla de sus nietos y que, en general, se refiere orgullosamente a los demás miembros. Le gusta pasar tiempo con ellos. “Para mí la mitad de la vida son los bolos y la otra mitad mi familia”.

Es un hombre sereno, al que le encanta bailar y la música en general, “menos la de ahora”, como comenta entre risas. No le gusta salir en fotos, prefiere que se vea su obra, porque, sobre todo, es comprometido con la labor a la que se dedica y con el deporte al que le ha entregado su vida.

Uno de sus alumnos sordomudos, después de fallar varias veces, logra un lanzamiento perfecto y hace moñona. Se voltea saltando y agitando los brazos de la alegría. Juan Alberto ríe y chocan las manos.

“¿Ves?, esto es la felicidad. Verlos a ellos así me hace feliz, me llena de vida”.

“No se descuida de las acciones de sus alumnos, interrumpe cualquier actividad cuando ellos cometen un error para corregirlos, son su prioridad”
“Por ahora, habla despacio, señala lo que quiere indicar, hace mímica y escribe o dibuja cuando se requiere”
“Es comprometido con la labor a la que se dedica y con el deporte al que le ha entregado su vida”
“Esto es lo que ha movido a Juan Alberto en los últimos años: dar clases a personas con estas discapacidades”
“Juan Alberto respira con dificultad, pausado. Cada 5 o 6 palabras se detiene e inhala profundamente, como luchando para conseguir el aire (…), pero esto no lo detiene para hacer lo que ama”
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