Banda de turistas

Ilustración: Juan Manuel Dirassar

“Es que nuestro mundo, aparentemente global, a la hora de la verdad no es sino un conglomerado de cientos de miles de provincias de lo más diverso y que no tienen ningún punto de encuentro. El viaje por el mundo es un peregrinar de una provincia a otra, y cada una de ellas es una estrella solitaria que brilla sólo para sí misma. Para la mayoría de la gente que vive allí, el mundo real se acaba en el umbral de su casa, en el límite de su aldea o, todo lo más, en la frontera de su valle. El mundo situado más allá no es real ni importante, ni tan siquiera necesario, mientras que el que tiene a mano, el que se abarca con la vista, aumenta ante nuestros ojos hasta alcanzar el tamaño de un cosmos tan inmenso que nos impide ver todo lo demás. Ocurre a menudo que el habitante del lugar y el que llega desde lejos tienen grandes dificultades a la hora de encontrar un lenguaje común, pues cada uno de ellos se sirve de una óptica diferente para mirar el mismo paisaje. El visitante usa un gran angular, una larga línea, que le da una imagen alejada y reducida, y, en contrapartida, una larga línea de horizonte; en tanto que el interlocutor local siempre ha usado un teleobjetivo o incluso un telescopio, que aumenta hasta el detalle más insignificante.” Ryszard Kapuściński. Ébano, 1998.

A medida que pasa el tiempo, las posibilidades de dar con el otro para contarle una historia, una experiencia de viaje propia o escuchar la suya, donde quiera que esté, parecen ser mayores. Al menos, eso es lo que dice el prospecto de Internet. Las experiencias abundan. Hay una plataforma que nos permite acceder a la atención de un islandés, un australiano, el tío que vive en Boedo o nuestro vecino. Y a cada uno de ellos con la misma receta dispositiva. Cómo no relamerse, preguntarán algunos. Pero, frente a este infinito menú de culturas y paisajes por descubrir, ¿de qué modo decidimos ubicarnos a la hora de empezar a apalabrar nuestras experiencias? ¿Hay alguna forma más apropiada que otra?

“Los consejos de viajes son tan antiguos como los viajes; que ahora estén mejor sistematizados es sólo un reflejo del aumento de los desplazamientos recreativos, del viaje como parte de la industria del entretenimiento, en detrimento de otro tipo de consejos y de otro tipo de viajes. Menos placenteros, si se quiere”, sostiene el antropólogo y colaborador de revistas como Ñ o Inrockuptibles Marcelo Pisarro. Y continúa: “Además, ¿por qué no? ¿Qué es esa manía de creer que vamos a descubrir todo por nosotros mismos?”. Efectivamente, si uno echa una mirada hacia atrás verá que la narración de aventuras y desventuras viajeras son tan longevas como la propia existencia. Que sea mucha el agua que haya corrido debajo del puente no implica que ella vaya obteniendo la claridad de un cristal. Hoy cuesta encontrar aquellos casos en que la experiencia vacacional del viaje no es registrada de algún modo. Si el vivirlo subiera al ring mental para enfrentarse al contarlo, debemos reconocer que, en caso de haber un ganador, no sería en al menos un buen puñado de rounds.

El periodista mendocino Facundo García, colaborador de Página/12 entre 2005 y 2011, le quita el foco a la vacación y amplía el espectro también a la tarea periodística: “El dispositivo se la comió. Es la cultura de la seflie. Es el intento de transmitir cosas que no tienen por qué ser transmitidas. En África lo ves mucho. Cuando yo estoy en una foto al lado de un grone a la gente le encanta. Te das cuenta de que una nueva manera de reedificar al ser humano es convertirlo en paisaje”.

Facundo emprendió en diciembre de 2011 un viaje que lo llevaría a conocer a su actual pareja, la fotoperiodista española Vanessa Escuer, con quien después de su estadía en Barcelona comenzó a recorrer parte del continente africano, en el que según Kapuscinski “el nativo nunca deja de sentirse amenazado” y “la naturaleza cobra formas tan monstruosas y agresivas, se pone máscaras tan vengativas y terroríficas, coloca tales trampas y emboscadas, que el hombre, permanentemente asustado, vive sin saber jamás lo que le traerá el mañana”. Facundo arrancó en El Cairo y tras ochos meses llegó hasta Sudáfrica, habiendo pasado por Sudán, Etiopía, Kenia, Ruanda y Tanzania, entre otros países. Suenan tambores es el blog en el que él y su compañera fueron volcando textos e imágenes de lo que les iba regalando el viaje. “Lo que veo es que nos ponemos nosotros delante, no sólo de la noticia, sino de la gente, lo que es peor todavía. Lo importante no somos nosotros, porque en la medida que te ponés vos adelante tu ego te va a enceguecer para que no puedas cambiar”, retoma. Según él, lo que estamos viviendo a la hora de viajar, en muchas ocasiones responde a ―al mismo tiempo que construye― “un mercado de la aventura, en el que tu experiencia entra a darte estatus en la medida que las anécdotas sean grosas o interesantes”. Sigue: “Entonces, me parece que uno de los peligros es empezar a contar las cosas no porque te hayan movilizado sino porque te ubican en cierto lugar de estatus. Y me parece que es muy canalla ser un viajero que sólo viaja para tener ese título”. Pisarro asegura que el concepto de viajar tiene un sentido inequívoco. El de desplazarse en el espacio: “Todo viaje comparte esa condición, la de un individuo o un grupo de individuos suspendidos entre un momento de partida y un momento de llegada, separados de un ámbito al que consideran cotidiano y luego restituidos al mismo”. Aunque, al mismo tiempo, ese concepto tiene sus limitaciones, “porque aun cuando sea una perogrullada, resulta necesario recordar que un viaje no es siempre una actividad recreativa o lúdica, una serie de aventuras deseadas; los viajes forzados ―por conflictos religiosos o étnicos, por hambrunas, por economías nacionales en crisis, etcétera― complejizan cualquier rasgo inequívoco de esta separación y restitución del ámbito cotidiano”. Y agrega que, desde esta visión, los viajes “establecen rupturas estructurales importantes; por ejemplo, la imposibilidad de regresar a ese ámbito al que se considera propio”.

“Y entonces yo me pregunto a mí vez qué es lo que hago realmente, o para decirlo de otra manera por qué escribo, que es lo que se pregunta todo el mundo cuando se le cruza por delante uno de nosotros, y entonces uno pone cara de atormentado y dice que está en la Gran Cosa, la misión y toda esa lata, pero yo sé que a mi amigo Lirio Rocha no puedo decirle nada de eso porque él sí que está en la Gran Cosa, esto es, en la vida y que yo hago lo que hago, si efectivamente es hacer algo, como una forma de contarme todas las vidas que no pude vivir”. Son palabras del cuento “Los caminos” (1975), de Haroldo Conti, escritor secuestrado y desaparecido durante la última dictadura cívico-militar argentina, cuyos reflectores pueden apuntar a muchos de los que vuelven a casa con el pecho inflado y la mirada en contrapicado para teclear. “Hay cosas ―dice Facundo― que son una hijaputez grabarlas o fotografiarlas. Es como si vos te vas acostar con una mina y estás preocupado por sacar una foto garchándotela. A veces pasa lo mismo cuando te estás garchando al mundo. Te das cuenta de que hay gente que en vez de garchar con el mundo, lo que hace es sacarle fotos a la situación.” Con ciertas reservas respecto de las posibilidades que el mundo actual nos ofrece a la hora de registrar nuestro paso por el mismo, asegura que “ya García Márquez no usaba grabador porque decía que altera: cualquier periodista de mediana experiencia sabe que el tipo más groso del mundo, muchas veces, cuando vos prendés la cámara o el grabador puede convertirse en un pelotudo, porque el grabador significa poder”. Por definición, narrar es recortar, hacer más pequeño lo que se supone más grande. O agrandar aquello que es más pequeño. Con distintas intensidades, el tamiz siempre está. Y los viajes no están exentos de esa predeterminación lingüística. La cuestión pasa por cuánto sueño nos quita el saberlo, el sabernos restringidos. Qué es lo que hacemos a la hora de contarle al mundo que fuimos a tal lugar. “Si un texto te requiere treinta años para ser escrito, y bueno… tendrás que ser valiente y esperar hasta que sientas que estás maduro. Pero con esta cultura de los blogs (y yo tengo uno, también) notás que hay una carrera por contar lo que comiste hoy al mediodía”, agrega el periodista mendocino. “Tan importante como lo narrado es aquello que decide no narrarse. Muchos eventos sólo tienen sentido en ciertos contextos que es difícil, o más bien poco atractivo, restituir para transmitir dicha experiencia. De lo contrario, todos estaríamos mirando o mostrando diapositivas como Patty y Selma”, explica el antropólogo, a su vez, sin quitarle valor a lo que permanece en nuestra vereda.

Ilustración: Juan Manuel Dirassar

Jorge Gobbi es, además de docente en la carrera de Ciencias de la Comunicación en UBA, UCES y Untref, un vasto conocedor de lo que podemos llamar la cultura bloggera y consultor de turismo y tecnología. También es co-fundador de la Red Viajar, una suerte de comunidad viajera virtual en la que se comparten experiencias y, sobre todo, datos de utilidad a la hora de conocer otras latitudes. Su diagnóstico es claro. “Hoy la mayoría de las notas que se publican en suplementos de viajes son invitaciones, no las paga el medio. Entonces, viene la cadena x, la aerolínea x y te dicen ‘estamos promoviendo Jamaica y vas a viajar con nosotros en Business, vas a tener cabalgata y spa”. Reconoce que las posibilidades de pasarla mal en un viaje de ese tipo son realmente bajas. Y hay quienes se atreven a decir que lo gratis es más rico aún, además. Entonces, dadas las circunstancias y si lo azaroso no juega una mala pasada, está todo dicho. Para Gobbi, el problema aflora cuando surgen las preguntas de los lectores. “Es ahí cuando ese tipo de viaje empieza a fallar. Muchos de estos contenidos son aspiracionales. La gente lee sobre viajes a Jamaica, no porque vaya a Jamaica sino porque algún día le gustaría ir”. Y en este contexto es donde los blogs de viajes o el trabajo freelance en reconocidos portales encuentran su razón de ser, o mejor dicho el valor agregado de su contenido. “Pensá que los medios, todavía, se ocupan de un tipo de experiencia turística cinco estrellas, por razones que tienen que ver con quiénes son sus anunciantes. Para los que empezamos como mochileros, no es muy útil. O sea, a mí no me interesa una nota de un hotel en República Dominicana en el que te masajean los pies con aceite de oliva”, añade. En definitiva, los viajes no parecen escapar de las leyes que determinan qué es más o menos interesante ―según su cantidad de clics― en la web. Por lo que “antes que la arbitrariedad de la experiencia periodística o cómo se la formaliza, está el problema de cómo se construye contenido viral hoy en la web. Desgraciadamente, a partir del éxito de Buzzfeed y Huffington Post, hay una plaga de listas en Internet”. De más está decir que dichas listas no escatiman a la hora de analizar su espectro. Sin mucho trabajo, nos podemos topar con los diez beneficios psicológicos de viajar o los quince puntos indispensables para conocer Londres.

“Las posibilidades tecnológicas/comunicativas no son tan variadas”, sostiene el antropólogo Pisarro. De esta manera, “transmitir la experiencia de un viaje supone manejar ciertas herramientas técnicas (la escritura, la edición audiovisual, el relato oral); es un oficio, como cualquier otro.” El que muchas personas te puedan leer es, para muchos, suficiente. Lo que te hace ser aquello que vos quieras ser. Y también están aquellos que creen que registrar y postear habla más de un desarrollo estrictamente tecnológico que de una especialización profesional. Algo así como aquella batalla entre quienes piensan que hervir un huevo como los dioses te hace chef y quienes se desviven por defenestrar a los hervidores de huevos. “Que todos tengamos acceso a YouTube o a un muro de Facebook ―concluye― no iguala la capacidad de transmitir experiencias de viaje, más bien señala las desigualdades técnicas, estéticas, educativas”.

“El chabón había vivido un año en Kartún, la capital de Sudán y entonces nos juntamos. Él estaba en la parte más careta; nosotros le dijimos ‘estamos en tal lado’ y el loco dice ‘¿y eso dónde queda?’. Nos miramos como diciendo ‘este pelotudo vive hace un año y medio acá y no sabe dónde quedan los barrios más pobres’. El chabón trabajaba en una fundación pro democracia, pero era mejor que trabajara para Microsoft. Este tipo a lo mejor se vuelve y dice que estuvo trabajando en Kartún. En un almuerzo de gerentes funciona muy bien. Entonces, hay que tener cuidado porque está lleno de trampas el camino, no solamente de la vieja usanza, sino también trampas que uno se hace a sí mismo”, cuenta Facundo García. Quién hace tan bien las cosas como para jactarse, a la vuelta, de utilizar el verbo conocer a la hora de describir un sitio o ciudad. No será cuestión de buscar sinónimos. Al menos sí de hacer el intento de no apestar a verdad. A dónde hay que ir para haber conocido tal lugar. Qué esquina hay que visitar con el sencillo propósito de no sentirse un náufrago idiota que desobedece al oráculo. Se remite a Buenos Aires Azul (1972), de Abelardo Castillo, y se concentra en la importancia de estar dispuesto a contemplar: “Él dice que cualquiera puede visitar, conocer, pero no a cualquiera le es dada la contemplación de algo. Y el tipo dice que la contemplación tiene caminos muy personales y misteriosos. Para eso hay que estar muy abierto y hay que estar dispuesto a asumir riesgos. Te puede llegar en situaciones tan inesperadas como estar en un bar en las afueras de una ciudad o echándote un garco en el aeropuerto”.

Por otra parte, Marcelo vincula el conocer, más bien, con un proceso de naturalización. “Si hablamos de un lugar ‘viajado’, esa forma de conocimiento acaso se manifiesta cuando uno apenas repara en que se encuentra en un lugar ‘viajado’, cuando internaliza tantas rutinas y naturaliza tantos recorridos mundanos que apenas es capaz de hacerse preguntas como si conoce bien, o no, ese lugar. Lo da por sentado, lo olvida.” Hecha la aclaración de su nebuloso origen (Martín Caparrós se lo asigna, en El interior, a un corresponsal estadounidense, y Rosa Montero, en Estampas bostonianas, a Simone de Beauvoir, y así, muchas personas les dan el crédito a otras personas) rescata aquel dicho “que afirma que si uno se va de viaje una semana a un país, podrá redactar un libro sobre el lugar; si se queda un año, sólo una breve crónica; si se queda una década, será incapaz de escribir nada”.

A pesar de no haber llegado a nuestros cines, y aún antes del desembarco de Netflix en la Argentina, la película dirigida por Sean Penn y protagonizada por Emile Hirsch, Hacia rutas salvajes (2007), se transformó, a partir del boca en boca, en casi una cita obligatoria entre postadolescentes y emergentes jóvenes. La historia de Chris McCandless, quien decidió desaparecer del mapa en 1990 luego de graduarse en la Universidad Emory de Atlanta, salió inicialmente a la luz a partir del trabajo de investigación de Jon Krakauer, periodista que en el homónimo libro describe la metamorfosis que tuvo lugar en la cabeza de este joven criado en un barrio pudiente de Washington DC y decidió vivir y morir como Alexander Supertramp, lo más lejos posible del sueño americano.

La semilla del idealismo ―rodeada de virginales paisajes de Alaska y el folk de Eddie Vedder― germinó con velocidad. Mesas de amigos que tomaban partido y batallaban por hacer entrar en razón al otro: ¿Chris McCandless era un consecuente y referente antisistema o un simple y pobre infeliz? ¿Ambas? ¿O ninguna de las dos? Lo único cierto es que la idea de que existe una verdadera forma de viajar ya estaba instalada. Una concepción que ubicaba al viajero de un lado y al turista del otro. “Me parece que hay formas diferentes de viajar ―cree Gobbi― que tienen que ver con lo que uno busca cuando viaja. Uno puede querer un mayor contacto con los locales o no tenerlo, puede querer descansar, no ver a nadie y tener todo servido. Otra gente quiere recorrer y tener una experiencia más cercana a la que tiene un local. El problema de la diferencia entre el viajero y el turista es que normalmente, sobre todo cuando uno viene de las ciencias sociales, es que uno tiende a desconfiar de la manera en la cual los agentes se definen a sí mismos. Entonces, el viajero se define a sí mismo como viajero. Al turista le importa nada eso.” Según él, el viajero tiene la costumbre de construir una propia visión de lo que es un turista: “Un nabo que viaja, un tipo al que lo llevan de las narices para todos lados, que es incapaz de discriminar lo bueno y lo malo”. Facundo, por otro lado, se enfoca en la huella que una persona deja al momento de visitar un lugar y en ese sentido se distingue del turista. “Todo el tiempo uno intenta no ser turista, a medida que vas conociendo cómo el turismo destroza lugares. El turismo vendría a ser la reproducibilidad técnica de los paisajes. Allá donde llega, destroza el aura y también la gente. Vas viajando por fuera de la ruta comercial y ahí donde hubo turistas se arruina un montón el asunto. Porque el turista, al estar de viaje, tiene fondos que puede o no usar. Resuelve todos los problemas con dinero, porque quiere disfrutar las vacaciones. Entonces, cualquier problema que haya, él lo mediatiza con dinero. Es como la llave universal para resolver conflictos y eso tiene un efecto muy destructivo”. De cualquier forma, ve factible un término medio, en el que estarían los turistas responsables, “que tienen cierta conciencia de la sociedad a la que llegan”. Aunque “el viajero a eso le agrega la necesidad de cambiar él mismo”.

Jorge Gobbi se mantiene reticente respecto a dicha diferenciación y asegura que su problema con esta noción es que “normalmente el viajero tiende a definirse a sí mismo en términos ventajosos y para eso necesita un turista que sea un estúpido”. Amplía: “Al turista no le interesa el viajero en lo más mínimo porque no necesita definirse contra nadie”. Esta bifurcación no le resulta una extrañeza a Pisarro, en cuanto a que, como arbitraria que es, actúa del mismo modo que cualquier otra férrea contraposición. “Es una clase de dicotomía, una categoría para pensar, para asignar roles sociales, para establecer distinciones de clase, acumular prestigio. No existen tipos puros, esenciales, aunque estas categorías definan y estimulen separaciones de gestos de consumo, experiencias y expectativas. ¿Hay diferencias, pues? Sí, muchas, ―asegura, pero con una salvedad― siempre que se tenga en cuenta que se trata de categorías pergeñadas para iluminar las diferencias más que las coincidencias. Que también las hay, a montones”.

“¿Qué tamaño tiene este conflicto y qué tamaño no?” Dimensionar. Ésa es la principal herramienta que ofrece recorrer el mundo, según Facundo. Recuerda que cuando estuvo en Sudán del Sur “veía una pendejita de quince años, escapando de la guerra civil con dos hermanitos de dos años agarrados de las manos, sin padres y una mochila en la que iba toda su vida; pero si vos te tropezabas, ella era capaz de hacerte un chiste a partir de eso”. En las últimas líneas de su libro El interior, Martín Caparrós se anima a soltarlo: “Todo está en la mirada. O sea: todo está en todos lados y en ninguno”. Quizás no se trate más que de la seguridad de la incertidumbre. Después, los recaudos corren por cuenta propia. Y como quien prefiere resignarse que frustrarse, Marcelo Pisarro dice: “Conocer bien un lugar, tal vez, sea perder la capacidad o el interés de narrarlo”.

Nota original publicada en Revista NAN.