La pregunta no es si hay que apoyar “a” la educación pública.
En lugar de “apoyar a la educación pública”, como si de una limosna se tratara, la construcción de nuestro país se ha apoyado en la educación pública, desde Sarmiento hasta hoy. Al punto que los únicos premios Nobel que ha logrado nuestro país, hecho inédito en Latinoamérica, han sido gracias a la universidad pública.
La desfinanciación de nuestro sistema educativo no es algo nuevo, pero sí ha llegado a un punto crítico. En lugar de normalizar la privatización de la educación como algo inevitable, cabe reconocer qué intereses hay detrás de la recurrente implementación de políticas de destrucción de la educación pública, desde “la noche de los bastones largos” a la fecha.

La Argentina, que ha sido incapaz de formar otro premio Nobel desde 1966, hoy debe pagar patentes a otros países para que su industria pueda funcionar. Los economistas liberales no mencionan el tema: nos quieren engrupir con que los “impuestos” son malos… pero sólo si benefician a la sociedad, como sería el caso de sostener una educación pública que permita la independencia de nuestra industria.
Mientras tanto, aproximadamente el 70 por ciento de los graduados de EE.UU. sale de la universidad con deuda estudiantil. Más de 44 millones de estadounidenses acumulan más de $ 1.5 billones (“trillones” en inglés) en deuda de préstamos estudiantiles. Datos estatales muestran que el 60 por ciento de los prestatarios de deuda estudiantil espera pagar sus préstamos recién para cuando cumpla 40 años.

En contraste, Finlandia sigue siendo un caso de estudio en todo el mundo por los resultados de su política educativa pública, aún a pesar de la desfinanciación que ha sufrido los últimos años siguiendo las mismas presiones mesiánicas que en el resto del mundo.
La cuestión no es si quien estudia se lo puede pagar o no. La cuestión es si la educación debe ser una herramienta para que los bancos esclavicen a la mayoría de la población que no ha nacido en la posición de privilegio necesaria para amasar una pequeña fortuna. O si, en cambio, la educación debe formar parte de políticas de Estado para construir un futuro más próspero y equitativo.
