No eres tú, Meade, son quienes te rodean

(FOTO: Cuartoscuro).

En otro tiempo dije a muchos colegas y amigos cercanos que podría votar por José Antonio Meade, siempre y cuando no fuera candidato por el PRI (y sus rémoras). Hoy, por mero sentido común, eso no pasará.

Pero mis razones van mucho más allá del simplismo que implica decir que nunca votaré por el PRI. Aunque no me confundan, pues ese es motivo suficiente para no hacerlo.

La verdad sea dicha: José Antonio Meade probablemente (muy probablemente) es el mejor de los cuatro candidatos si nos referimos a experiencia en el servicio público y preparación académica.

Sus colaboradores, todos los que conozco, coinciden entre sí al decirme que el “Pentasecretario”, como se le ha llegado a decir, es un hombre de familia, con valores y sumamente confiable a la hora de cumplir encomiendas. Prácticamente un hombre capaz de dejar horas, esfuerzo y un poco más en la ejecución de sus objetivos, pero no a cualquier precio.

De trato amable y con una convicción de bajo perfil que nunca está cómoda con los protagonismos. Así es Meade Kuribreña.

Dentro del círculo de la burocracia mexicana se percibe al candidato presidencial como un hombre que enarbola todo lo positivo que tiene el servicio público en nuestro país. En las oficinas que ocupó alguna vez lo extrañan todavía, según me cuentan, pues sabe ejercer un liderazgo gentil que exige siempre lo mismo que él le entrega a sus superiores: eficacia y lealtad.

En los altos círculos del empresariado mexicano tienen en Meade a un hombre que entenderá siempre sus necesidades e inquietudes, alguien que habla su mismo idioma.

En el gabinete siempre destacó como un perfil de toda la confianza de Enrique Peña Nieto, quien tomó la decisión de elegirlo como candidato del PRI justo después de la crisis del gasolinazo en 2016, cuando el propio Meade le dijo que asumir esa decisión con todas las implicaciones sociopolíticas que conllevaba, era una medida urgente aunque impopular.

Ahí le notó valentía para hacer lo que hoy aún quiere: continuidad para su proyecto reformista.

Sin embargo, fiel a su estilo de nunca conceder ni ser concreto en sus respuestas, Peña Nieto despistó al círculo rojo por meses, pero la decisión siempre estuvo en su mente: era Meade, a pesar de que la realidad que hoy viven podía visualizarse en el horizonte.

En las tempranas encuestas de opinión Meade jamás ocupó un primer lugar. Nunca fue el favorito de los priistas. Ese sitio era para Miguel Ángel Osorio Chong y el presidente de México lo sabía, así que antes de lanzar al ruedo a un funcionario excepcional (dentro del entramado gubernamental), necesitaba cauterizar las cicatrices que todavía no eran heridas siquiera. Finalmente la historia terminó siendo como ya todos la conocemos.

Los pasillos me cuentan lo que saben (o quieren que sepa). Aquella decisión de Peña Nieto dice mucho de cómo, hoy, Meade ocupa una tercera posición (puede que ya la segunda) muy alejada de López Obrador.

El viernes 24 de noviembre del año pasado, ya con la emergencia del sismo del 19-S atendida (mas no resuelta), la política mexicana se dio tiempo para ponerse a pensar en lo que venía. Ese día el presidente recibió uno por uno a los que, de facto, eran los “precandidatos” priistas a la Presidencia.

Osorio Chong. Nuño. Narro Robles. De la Madrid. Los cuatro desfilaron ante Peña y todos recibieron el anuncio de que ninguno de ellos era el próximo candidato, pero sí les urgió a “trabajar responsablemente” para que el ungido llegara con unidad a la contienda electoral.

Desde ahí se partió la campaña de Meade, la cual ni siquiera había comenzado.

¿Y qué tiene que ver todo esto en mi decisión para no votar por el abanderado de la coalición Todos por México? Para mí es muy claro.

No es él, el problema son quiénes lo rodean. Quiénes lo impulsaron. Quién lo eligió y para qué. El cómo también dibuja de cuerpo entero al candidato.

Pero eso no es todo. Su plataforma electoral es tecnocracia pura.

Los debates económicos, lo reconozco, no son lo mío pues los que me ha tocado presenciar y en los que he podido participar escuetamente, los ánimos se encienden igual o más que en los que versan de política.

Entiendo y sé que la economía nacional ha tenido avances, pero han sido escuetos, por no decir pírricos. El replanteamiento del país necesita pasar por un replanteamiento, no de leyes, sino de prioridades para con los ciudadanos, los principales afectados por sus “impopulares decisiones”, mismas que han tenido que tomar en consecuencia del historial las malas que nos orillaron hasta el momento que México atraviesa. Meade no representa ni ofrece eso, sino todo lo contrario.

Además está la urgente necesidad de atender la inseguridad y la violencia que México vive. Esta es la prioridad número uno del país y el “no priista” proviene de las entrañas de no uno, sino dos gobiernos en que la estrategia, aunque necesaria, ha fallado en sus resultados inmediatos.

Habla de cubrir necesidades básicas y para eso, busca registrarlas en un instituto nacional. Habla de combatir estructuras financieras a través del fortalecimiento de las instancias de Derecho. Habla de no pactar ni dar amnistías y afirma que gracias a él cayeron delincuentes de la talla de Javier Duarte y Roberto Borge. Habla de que su experiencia en el servicio público le dan credenciales para ofrecer un gobierno eficiente. Habla de ser honesto y transparente

Pero lo que no hace, más allá de utilizar el discurso de un “cambio de estrategia” como un deslinde muy tibio del gobierno de Peña Nieto, es explicar cómo dar continuidad al gobierno del que emanó podría garantizar resultados distintos en el intento de erradicar la rampante violencia que impera en México.

Meade tampoco nos ha dicho cómo es que solventará la enquistada corrupción que ya tiene cansado a los mexicanos y, además, tampoco ha planteado un escenario realista en donde tenga que lidiar con una oposición mayoritaria en el Congreso, como es muy posible que suceda si de alguna forma logra ganar la elección presidencial.

Aún cree y eso nadie se lo puede negar o cuestionar. Pero Meade representa una derrota casi segura, donde las únicas vías de victoria son un voto masivo muy oculto y que ninguna encuesta ha podido descubrir. Y sí, claro, el fraude también es una insoportable alternativa que también estará latente.

Meade equivale a preservar un modelo económico-social que busca abrirse al mundo actual, pero sin las condiciones necesarias entre aquellos que conforman su base social. Meade representa darle un nuevo voto de confianza a quien no debería merecerlo otra vez, pues si hay un instituto que merezca un voto de castigo, ese es el PRI.

No lo dudo… es más podría asegurarlo: Meade es una buena persona y un tipo honesto que sabe trabajar. Es la cara prácticamente desconocida del servicio público en donde existen muy buenos elementos. Pero el problema no es él. El problema son los intereses que representa (y que comparte). El problema son todos aquellos que lo rodean y acompañan. El problema es que es muy eficiente cumpliéndole a todos aquellos que le encomiendan una misión. Así no puedo votar por él.

Suerte, José Antonio. Quizá algún día. Esta vez no.