¿Por quién voy a votar el 1 de julio?

Fue justo la segunda semana de junio cuando los hilos de Felipe Calderón comenzaron a moverse para recuperar al PAN después de la elección presidencial.

Sus emisarios fueron ni más ni menos que dos calderonistas de toda la vida y de los pocos panistas recalcitrantes que nunca estuvieron con el anayismo que tanto daño ha hecho al interior del partido: el “retirado” Roberto Gil Zuarth y Ernesto Cordero Arroyo, a quien poco le preocupa el inminente proceso de expulsión que hay en su contra por haber denunciado al candidato del Frente ante la PGR por lavado de dinero.

¿Los enlaces? El gobernador de Tamaulipas, Francisco Cabeza de Vaca y el próximo a dejar el poder en Guanajuato, Miguel Márquez Márquez. Ambos, me cuentan, están convencidos de que Acción Nacional necesita en calidad de urgente una reestructuración apenas pase el domingo más importante del año en el calendario político del país. En 2012 pasó a menos de 30 días del fracaso de Josefina Vázquez Mota. Este año pretenden algo parecido.

Gil y Cordero son el enlace a través del cual Calderón Hinojosa quiere contactar con todos los gobernadores que lograron llegar a donde están gracias a Anaya y su respaldo. El plan es sencillo: apenas se confirme la derrota de Ricardo (como están convencidos que sucederá), van a pujar porque los mandatarios estatales presionen a los órganos internos y logren remover a todos los anayistas que están colocados en puestos clave.

¿Pero está solo el expresidente? No. Hay un par de nombres clave para alcanzar las conciencias (hoy todas preocupadas por el resultado del domingo) que pueden ser ahora los nuevos aliados de Felipe; son dos priistas: Miguel Ángel Osorio Chong (futurible coordinador en el Senado de los tricolores) y el yucateco Emilio Gamboa Patrón, quienes están ya enterados de las operaciones de Gil Zuarth y Cordero Arroyo.

Ambos cuentan con excelentes relaciones con los gobernadores emanados de lo que hoy es el Frente PAN-PRD-MC y son los principales interesados en aniquiliar a Ricardo Anaya junto a un ofendido Calderón que no puede perdonar, más que el trato que recibió su esposa, que lo quieran embarrar en el caso Etileno XXI, que incluso hoy ya está en la PGR a través del candidato presidencial.

Sin embargo, no hay que confundirse. El anayismo opondrá resistencia a través de Damián Zepeda quien confía en llegar a la Cámara de Senadores y desde ahí tender puentes de poder que sobrevivan a una derrota de su candidato y padrino político de altos vuelos (él se ve llegando a una secretaría de primer nivel si Anaya triunfa). Son pocos, sí, pero suficientes los convencidos de que Ricardo es el futuro, ya no el país, sino del PAN como instituto político. De la mano del sonorense confían en que los gobernadores que se hicieron gracias a esta “época dorada” del blanquiazul, seguirán fieles a su aspirante presidencial.

Pero hay dos nombres más que entran en el tablero y que se suman al derrocable Anaya y el furibundo Calderón: Javier Corral y Rafael Moreno Valle.

Corral Jurado, “panista liberal” que se opuso férremanete a Anaya Cortés en su momento pero que finalmente acabó respaldándole en su proyecto de dirigencia nacional cuando le entregó la candidatura a la gubernatura de Chihuahua, misma que ganó en contra de todos los pronósticos, tiene su propia ambición: la rebelión de las bases. Esta rebelión planea devolverle al PAN su esencia más genuina y volver a la militancia que hoy sigue debatiéndose entre si ir con su candidato (a pesar de estar aliado al PRD y MC) o decidirse entre AMLO y Meade (mucho más probable lo segundo que lo primero). Moreno Valle, mientras tanto, pretende pugnar también dentro del partido.

Pese a todo, el que más adelantado va en ese cometido es Calderón, quien incluso ya tiene en puerta una reunión con industriales en Monterrey, donde son varios quienes pretenden acompañarlo en el proceso de recuperación del PAN.

Algo es seguro: la vida política de Ricardo Anaya se acaba el 1 de julio. Se prevé que para finales de este año quede expulsado del partido, si no es que antes las redes de la PGR se tienden sobre él. Todas las voces consultadas coinciden en que su única “salida” es ganar la Presidencia.

Esto último se antoja cada día más complicado. Dentro de su cuarto de guerra hay fricciones que rayan en lo irreconciliable, junto a enojos que ponen en duda la estabilidad de una campaña que se relanzó al menos un par de veces y que nunca terminó por encender, salvo los momentos de protagonismo que ganó durante los debates organizados por el INE, pero que no le alcanzaron para dar genuinos golpes de autoridad que se reflejaran en las encuestas de opinión.

Un nombre: Salomón Chertorivski. El futurible secretario de Hacienda y asesor económico de Anaya estuvo a punto de abandonar su campaña tras la denuncia contra Meade por el Caso Etileno XXI (ligado directamente a la corrupción de Odebrecht en México). No es secreto para nadie que el exsecretario de Desarrollo Económico en la Ciudad de México es un hombre cercano y de fraternal amistad con el aspirante priista.

Se quedó, pero está incómodo, pues no pretende perder una amistad por una campaña cuyo techo es muy bajo ante las pretensiones de Anaya.

El cuarto de guerra anayista, no conforme, se debate con los egos de auténticos titanes: Diego Fernández de Cevallos, Jorge Castañeda y Santiago Creel son solamente unos nombres. Su seno más cercano está roto.

Una más: Miguel Ángel Yunes ya abandonó a Anaya. Desde mayo se rumoraba que el gobernador de Veracruz quería separarse de la campaña del “joven maravilla” para no afectar la de su hijo, Miguel Ángel Yunes Márquez, pues sigue disputándose voto a voto el puesto con el morenista Cuitláhuac García.

En los pasillos aseguran que Yunes Linares ya se lo dijo a Anaya, pese a que estuvieron juntos en el cierre de campaña de Yunes Márquez. Esto no fue porque así lo haya deseado el gobernador, sino porque el queretano apretó para que así fuera.

Sí, la carrera de Ricardo Anaya se acaba el 1 de julio. Si bien no se ha quedado solo, está en el camino a que el día después de la elección presidencial sea poco más que desastroso para él, pues a cambio de su candidatura empeñó al PAN ante el PRD y Movimiento Ciudadano. Los panistas de verdad no se lo piensan perdonar.

Sí, pensé en votar por él, porque en su persona hay talento, capacidad y habilidad política, pero en el armario guarda más cadáveres políticos que atuendos de campaña. Acumula tantas traiciones sobre su espalda que tarde o temprano las cuentas le serán cobradas, como ya se le planea cobrar desde ahora. Porque su meteórica carrera quedará manchada, aunque puede rehacerse en algún momento, pero con muchos menos galones que ahora.

Sí, voy a votar por Andrés Manuel López Obrador como lo hice en 2012, aunque esta vez por motivos muy distintos a los de aquella ocasión.

¿Por qué lo haré si está lleno de contradicciones? Porque esas contradicciones deben señalarse. Apuntarse. Cuestionarse. Exigir explicaciones por ellas.

¿Para qué lo haré si no me convence como candidato presidencial? En 2012 tampoco lo hizo pero, mientras las reglas del sistema mexicano no beneficien a quien anule su voto como una medida de legítima expresión del rechazo hacia los aspirantes, sino como una herramienta que lamentablemente ayuda a los partidos, elijo.

Porque sí, pensé en anular y estuve convencido de ello, pero no es una opción hoy para mí.

AMLO no es ni de lejos el problema, sino quienes lo acompañan. Pero también quienes lo siguen.

Cambiarlo depende no de mí o de un grupo, sino de una sociedad crítica que asuma su responsabilidad al elegir. Yo asumiré la mía el domingo.

He criticado férreamente a Andrés Manuel. Conozco de sobra de lo que carece. Sé bien cuáles son sus debilidades. También reconozco sus fortalezas.

Voto triste. Enojado. Harto. Pero voto.

Ahora: ¿le voy a entregar mi voto total o dividido? Eso se los cuento luego, después del domingo.