Querida Sära:

Hace unos meses decidí dejar de contar el tiempo que llevo de conocerte, no porque la cifra me abrumara, sino porque es como si una gota de agua estuviera cayendo toda la noche mientras mi corazón intenta dormir en la otra habitación.

Así, pues, creo que adquirí desde entonces un placer más enfermizo, quizá uno peor que el pensar en cómo sería si me atreviera a contarte lo mucho que te extraño desde que no te tengo conmigo.

Comencé a escribir… a escribirte, no poemas, no cuentos, no garabatos desesperados que buscan vaciarme, no. A escribirte cartas que comencé a dejar bajo tu puerta esperando que me reconozcas –aunque es evidente que soy el único capaz de hacer este tipo de ridiculeces a estas alturas–.

No espero que me respondas, aunque admito que la espera me hará desear no haberme levantado en medio de la madrugada porque el grifo no dejaba de gotear, mirar por la ventana a través del reflejo adormilado y darme cuenta que, aún en medio de la desesperación de no poder dormir por un ruido apenas perceptible –pero que en su consistencia se vuelve intolerable– soy capaz de recordar que eres una gota cayendo sin tocar fondo, que no te acabas y que el sonido de tu destrucción es una espera que no se acaba.

¿Qué más puedo decirte? Bebí un par cervezas antier y no debí hacerlo, pues mis flujos estomacales me traicionaron. Salí a pasear al perro y no me di cuenta de cuando su correa se aflojó. Sí, así mismo como me estás imaginando me vi por nueve cuadras tras el animal, lo cual me recordó que cansarse es divertido, cuando ríes, como tú ahora que recuerdas mi rostro enrojecido por un esfuerzo apenas considerado.

Duerme bien. Sonríe más. Que tengas buena noche.

Te recuerda,

Zack.

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