Triste historia minúscula; efímero cuento tierno
Acaba de cobijarse entre los brazos de ella, la mujer que siempre quiso bajo cualquier circunstancia y que al fin se había abierto ante sí para dejarlo pasear entre sus lagrimales, las comisuras de sus labios, el último tramo de su cabello cada que hundía los dedos en él, esos sitios donde siempre pensó que se concentraba la belleza más real, la que nadie ve, la que nadie busca, la que nadie nota que tiene.
Apenas podía creer la emoción que todavía lo sostenía incólume como si de repente todo fuera blanco y nada más; tan pequeño que ni siquiera podía distinguirse si había sido real o una simple premonición, de ésas que lo engañaban cuando despertaba en medio de la madrugada, incendiado por esas imágenes que lo acompañaban inconscientemente.
Pero esta vez era distinto, por fin había trazado la ruta exacta para encontrarse en su lugar favorito para contemplarla (y contemplarse).
Era una persona más. Común y corriente. Con las tristezas tan normales como una tarde caminando bajo el vaho amenazante de la tormenta.
Y le encantaba. Eso era precisamente lo que hacía que sus brazos fueran un poco más anchos, como si quisieran abarcar en su circunferencia a todo el mundo, sin importar el agua de los océanos mezclándose, los continentes chocando en una especie de Apocalipsis de amor.
¿Pero qué iba a hacer si así lo hacía sentir encontrarse bajo una sábana sosteniendo la respiración por pequeños intervalos de dos o tres segundos, porque no quería despertarla?
Así, casi inerte, como si por un instante su piel, la de él, y su piel, la de ella, no pudieran hacer contacto pues si sucedía, habría un corto circuito que rompería por completo la ilusión, sintió brotar de sus pestañas la nostalgia con que se mira la felicidad que ya pasó y que no volverá, esa breve antesala a extrañar lo que ya es imposible.
Fue entonces cuando perdió su mirada en la única rendija de la ventana, una que apuntaba directamente hacia esa oscuridad implacable y que se antojaba muy fría, como si al exponerse ante ella fuera a endurecer por completo su cabello o, peor aún, su recién conquistado tesoro.
Tuvo miedo de salir. Entendió qué frágil era la calma que mecía las ramas afuera; supo inevitablemente que estaba viviendo un último momento, una ráfaga agresiva de pensamientos que iban a despertarla, y cuando eso ocurriera se iba a terminar.
Halló dentro de sus ecos la certeza de que cada guerra es una conjunción de pequeñas derrotas que nos confinan a una victoria que siempre, absolutamente siempre, nos dejará con un saldo a favor que no es aceptado en ningún mercado o tienda. Con un sabor a victoria que se parece más al de la sangre seca en la bayoneta.
Aún así, cerró los ojos. Se concentró en el bombeo de su sangre y comenzó a contar su ritmo cardíaco; luego el de ella.
Era una canción aguda que poco a poco subía su tono.
Entonces se apretó fuerte, muy muy fuerte el pecho, como si quisiera metérsela en el alma para llevarla con él a todas partes, poder adueñarse de ese sitio inmaculado y disfrutarlo a su antojo.
Fue cuando se supo egoísta. Se entendió humano, un hombre normal, como ella, pero sin lo bonito de entristecer cuando se anda paso a pasito por la orilla de la playa viendo la luna bañarse entre espuma.
Y eso era bueno. Porque entonces no eran tan distintos, sino que, después de todo, tal vez no era un simple soldado sino más bien un general que podía conquistar esos sitios comunes donde se había estado regocijando en su temor salido de un punto negro a través de la ventana.
Fue cuando durmió.
Y al despertar, sintió esa tristeza.
Se convirtió en atardecer.
Y comenzó a caer.
Y anocheció en voz alta.
Para siempre.