Síndrome de la Onda Verde.

¿Conocen el Síndrome de la Onda Verde? Quizás si, aunque seguro no con ese nombre, porque lo acabo de inventar. (También podría llamarlo El Alivio Del Semáforo en Rojo.)

Visualicen esta escena: van manejando y enganchan una onda verde. Avanzan tranquilos, en pocos segundos grandes distancias. Y de pronto, casi sin aviso, empiezan a sentir una rara ansiedad. La onda verde ya no es placentera: quieren que un semáforo rojo los detenga. Empiezan a acelerar o a disminuir la velocidad para que eso suceda; hacen cosas que rayan la imprudencia; la ansiedad no para de crecer, se ponen impacientes. Hasta que, finalmente, loado sea Dios, un semáforo en rojo se cruza en su camino. Tienen 30, 40, quizás hasta 60 segundos para estirar el brazo, tomar el dispositivo móvil que dejaron a su lado o en su regazo y poder revisar sus correos, chequear sus redes sociales, mirar el video que quedó en pausa… ¡Ah! Que satisfacción, los síntomas desaparecen, ya están listos para volver a manejar.

Los publicitarios sabemos muy de que hablamos cuando nos referimos a este tema. Porque la publicidad evitó durante décadas un síndrome similar al de la onda verde.

Los mayores de 30 recordarán muy bien cuando se sentaban frente al televisor a ver un programa: una o dos horas disfrutando de una serie, un partido de fútbol, un noticiero o lo que fuere. Una o dos horas sin pausa. ¿Sin pausa? ¡No! Porque cada 10 o 12 minutos…. ¡la tanda publicitaria! Denostada y criticada, la tanda nos salvaba del síndrome de la onda verde. Teníamos 2 o 3 minutos para levantarnos, ir a buscar algo a la heladera, comentar lo que estábamos viendo con quienes nos rodeaban, ir al baño, hacer un llamado telefónico. Y si no hacíamos nada de eso, podíamos ver un par de comerciales que, en la mayoría de los casos, eran incluso mejores que el programa principal.

La publicidad había establecido un pacto con todos nosotros: veías un programa, tenías que ver publicidad. Ese era el pacto tácito que estaba sobre la superficie. El otro, del que nadie nunca hablaba, era que la publicidad nos calmaba la ansiedad de no poder movernos del sillón para hacer otras cosas.

¿Saben lo que está pasando ahora? Todos vemos contenidos audiovisuales a la carta: qué, cuándo, dónde y cómo queremos. La estrellas del contenido son las series: 40/50 minutos la duración del episodio promedio. ¿Y saben lo que ustedes están haciendo? Cada 9 minutos chequean su dispositivo móvil. Algunos ponen en pausa a la serie, otros eligen los momentos en que (creen) nada sucede: lo cierto es que todos tenemos la necesidad de revisar nuestro entorno digital de vez en cuando y nada nos detiene, ni nuestra serie favorita.

Y acá, la gran pregunta: ¿no estaría bueno que esos programas que vemos tengan un corte cada tantos minutos que nos aseguren la tranquilidad de poder mirar lo que pasa en Twitter sin perdernos nada de Stranger Things? ¿Una pausa que nos permita contestar los 15 whatsapp que nos llegaron en los últimos 1o minutos? Si la respuesta es sí, ya saben: ese corte se llama tanda publicitaria.

(Andrés Casciari una vez comentó que cuando hizo Orsai notaba algo raro en la revista. Se dio cuenta de que la ausencia de avisos provocaba una forma extraña de lectura. Por eso le pidió a Eduardo Salles que diseñara una páginas que él utilizaba para intercalar entre las notas, en forma similar a la publicidad. El placebo de la publicidad.)

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