El gesto que marcó la diferencia

Encontrando el por qué de una mala experiencia.


El pasado 30 de mayo, me tocó atravesar una mala experiencia que jamás había vivido. Me robaron una cámara de fotos cuyo valor en lo personal era muchísimo más que lo económico. En ese momento, la angustia me tocó la puerta. Recomiendo pegarle una leída antes de seguir leyendo.

En aquel entonces, escribí mi descargo (catarsis pura) sobre cómo viví semejante bajón. Me gustaría resaltar uno de los últimos párrafos que escribí:

En los momentos buenos pero específicamente en los momentos malos, qué bien nos hace apoyarnos en nuestros seres queridos, familiares y amigos. Ellos son los brazos que evitan que nos caigamos del todo y nos ayudan a seguir adelante. Unas simples palabras pueden cambiarlo todo. Un simple gesto puede marcar la diferencia.

Cómo olvidar aquel viernes. Cómo me sentía. La mezcla de duda, enojo e intriga que tenía. Recuerdo que mientras lloraba sentado en la Iglesia, miraba al cielo y le preguntaba internamente por qué. Por qué justo en ese momento. Por qué tuvo que pasar todo lo que pasó justo aquel día, aquel instante, en ese lugar. ¿Por qué no pasaba un mes después? ¿Por qué justo la cámara? No le encontraba explicación. Tengo presente la imagen de un muy buen amigo sentado mirando para abajo y agarrándose la cabeza. Más tarde, me dijo que en ese momento llegó hasta a enojarse con Dios por no entender la razón de todo lo que pasaba.

Y así pasaron las horas… buscando el por qué. Muchas veces nos pasa que en las situaciones de dolor que nos toca vivir perdemos la confianza en Él. Dudamos. Nos enojamos. No entendemos. Y, como no entendemos, dejamos de confiar. Nos alejamos. Me ha pasado. Pero en esta situación en particular, no sé por qué, me pasó lo siguiente: dudé, me enojé, no entendí; pero jamás dejé de confiar. No perdí la esperanza en Aquel que me dio y me da tanta vida gracias a la fe. Si Él me hizo vivir tantos años de alegría en la fe, tanto crecimiento como persona, tantos nuevos amigos en Jesús, ¿por qué echar todo a perder por un bajón de la vida? Se dice que “un amigo está en las buenas y en las malas”, ¿no? Bueno. En esta oportunidad le pedí a mi Amigo que esté conmigo en esta mala. En lugar de negarme y perder la confianza, le recé pidiéndole que me ayudara a encontrarle una explicación a lo que había pasado.

El sábado, un día después del robo, fue un día con gusto amargo. De esos días en que uno se levanta con ganas de nada. Los recuerdos del día anterior me atormentaban. Fue ahí cuando escribí el artículo anterior.

El domingo a la noche tocaba reunión de coordinadores de Confirmación. Tenía que volver a la parroquia. Admito que no fue fácil. Siempre digo que la parroquia “es mi segunda casa”. Excepto aquel día. Me sentía raro. Lógico.

Al término de la reunión, casi por finalizar, uno de los coordinadores y muy buen amigo mío sacó un sobre diciendo: “Bueno chicos, como saben el viernes sufrimos una situación lamentable para todos…”, y contó toda la historia. Pero terminó diciendo: “Entonces, nos propusimos hacer algo.” Resultó que todos los jóvenes de los distintos grupos de la parroquia se habían unido en colaboración para vender rifas con el objetivo de recaudar el dinero necesario para poder comprarme una nueva cámara.

Yo me quedé atónito. Vergüenza, emoción, alegría. Todo en un instante. Un instante en el que sentí fuertemente la respuesta que estaba esperando. La explicación que estaba buscando. Sentí como aquel pequeño gran gesto me hizo superar toda la mala experiencia que había vivido. Veía la planilla de todos los que se habían anotado, en apenas dos días, para colaborar vendiendo rifas. Personas con las que quizás no tengo tanta relación, pero que aun así se sumaron a la propuesta.

Definitivamente, eso es ser Iglesia. Eso es ser comunidad. Esa es gente que realmente vale la pena. Ése fue Él diciéndome “mirá cómo este gesto increíble hace que lo material pase a un segundo plano”. Realmente lo sentí así. El 28 de junio celebré mi cumpleaños en la parroquia, y ahí recibí como regalo el dinero recaudado. Poco, mucho, no me importa en absoluto. Lo que sí me importa es saber que estoy orgulloso de pertenecer a una parroquia con gente así. Orgulloso de ser parte de un espacio en el que uno pueda apoyar al otro y ser apoyado, tanto en los buenos momentos como en los malos. Orgulloso de volver a sentir la parroquia como mi segunda casa.

Te invito a creer. A no bajar los brazos en los bajones que te toquen vivir. A buscarle una explicación, porque, como siempre resalto, la vida es experiencia. Y toda experiencia tiene un sentido. La cuestión es encontrarlo. Animate. Si creés en Él, rezale, hablale, contale lo que sentís y pedile que te dé una mano. Pero tanto creas en Dios o no, recordá:

En los momentos buenos pero específicamente en los momentos malos, qué bien nos hace apoyarnos en nuestros seres queridos, familiares y amigos. Ellos son los brazos que evitan que nos caigamos del todo y nos ayudan a seguir adelante. Unas simples palabras pueden cambiarlo todo. Un simple gesto puede marcar la diferencia.
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