Ensayo sobre privacidad en la era digital

La mayoría de los servicios de redes sociales y los programas o “aplicaciones” de internet más comúnmente instaladas en nuestras computadoras y teléfonos celulares no sirven solamente para comunicarnos y consumir contenidos a través de internet. Estos fueron diseñados además para generar información sobre el comportamiento de sus usuarios, registrando constantemente: dónde estamos ubicados, dónde fuimos, qué conocemos, qué nos gusta o interesa y qué ignoramos, rechazamos o nos resulta indiferente. Pero la generación de dicha información no es espontánea, ocurre por decisión (no nuestra, sino de los creadores del software), y esta decisión encierra un problema.

El problema con esta decisión es que esa información es nuestra y es privada, y como tal, no tiene ninguna razón de ser siquiera creada y, menos aún, puesta a disposición de desconocidos sin nuestro permiso, tal y como en efecto ocurre ¡a cada instante! ¿Por qué se prestaría un usuario de internet cualquiera a que lo espiaran de esta forma?

Ejemplo básico: ¿cómo te sentirías si descubrieras que alguien que conoces se lo ha pasado escondiéndose detrás de las puertas a escuchar tus conversaciones con familiares o compañeros del trabajo ? ¿Te sentirías a gusto? ¿Y si se tratara de un desconocido peor aún verdad? La situación es completamente análoga a lo que ocurre con el software que nos hemos acostumbrado a utilizar.

A mi particularmente no me resulta agradable que me espíen y es por eso que defiendo el que ese principio de respeto a la privacidad de las personas impere tanto fuera como dentro de internet. De hecho prefiero el anonimato total siempre, y no es que esconda algo, sino que creo que, por razones éticas, uno debe negarse a aceptar como válido aquel fisgoneo que los programas de software más comunes imponen a sus usuarios.

Los creadores del software que utilizamos diariamente no se han preocupado en consultarnos nuestra opinión al respecto de estos temas, directamente diseñaron sus programas así sin más y te dijeron “úsalo, es un producto genial”. Pero lo cierto es que no lo es, han transformado nuestras computadoras en máquinas de vigilancia, éstas han quedado fuera de nuestro control. No es que yo sea paranoico, pero es que eso es lo que hacen. Vigilan, y luego venden, sin nuestro permiso, los reportes de esa vigilancia a -en el mejor de los casos- empresas que se basan en esa información, demográfica y comportamental, absolutamente privada, para colocar publicidades en nuestras pantallas (¡que son cada vez más!).

Veamos la realidad local. En esta era digital en que vivimos, en la cual no existe empresa que desarrolle algún tipo de actividad comercial que no utilice internet como medio de comunicación con sus clientes, miles de jóvenes profesionales argentinos están siendo contratados y desarrollando su actividad laboral en una economía en la cual la utilización de los datos privados de las personas para fines publicitarios y de mercadeo constituye una actividad normal, tan respetable como cualquier otra. Incluso los templos del saber, las universidades, ofrecen hoy certificaciones en este tipo de actividades, perdiendo así la oportunidad de fomentar en el estudiante una mirada crítica sobre el tema y colocándose, en cambio, en el lugar opuesto, el de garantes de la legitimidad de este tipo de prácticas. Estos jóvenes reciben, así, la bendición y el entrenamiento de la academia no para preservar los derechos de todos, sino para avasallarlos; sin llegar a conocer nunca las implicacias profundas de su decisión, han elegido para sí llevar el fisgoneo digital a un nivel profesional a cambio solamente de ser competitivos en un mercado laboral en el cual tal vez, tras años de trabajo duro, y no sin la ayuda de sus padres, puedan realizar sus sueños.

Nadie parece detenerse a pensar, nadie experimenta culpa. Es tal el aval insitucional del que estas prácticas gozan que las mismas empresas de software anuncian cada tanto a la prensa, sin verguenza, los “avances” que han alcanzado para poder “conocer mejor el perfil de sus usuarios, y relatan cómo éstos les permitirán a los anunciantes no pasar desapercibidos en la vida de la gente. Es como si les dijeran: “si contratas mis servicios, sabrás tanto acerca de tu audiencia que la manipulación será inevitable”. Qué nos dirán éstos cuando irrumpan en nuestra casa, en nuestro living o dormitorios, ya lo conocemos. No importa quiénes sean, los imperativos son los de siempre: vea, compre, juegue, coma, tome, ría, llame, compre, viaje. La enorme mayoría de las veces, nada útil. Y si sólo entiende Ud. de machismo, entonces nos hablarán en clave machista para que todos podamos entender. (Es que no importa quién seas, la publicidad cobra la forma de lo que es familiar a tí; el machismo no es un obstáculo en la comunicación porque no hay urgencia de debates ideológicos, todo objetivo se reduce a hacer girar la rueda del consumo que mueve a la economía).

Dado que la explotación de este tipo de información representa la fuente de ingreso de muchos, denunciar estas cosas es considerado de la peor educación. Los que se niegan, por una cuestión ética, a prestar servicios que involucren la manipulación de datos privados de las personas a cambio de un salario, no hallarán mayor alternativa laboral, mientras que quienes elijan el silencio, serán los más premiados y mimados por el mercado. Ocurre entonces que, por la forma en que se organiza la economía, se favorece un engaño, una mentira que a la larga degrada y erosiona el tejido social perjudicando a todos. De hecho en este mismo momento estoy escribiendo este texto “a escondidas” en el trabajo (el trabajo más ético que pude conseguir hasta el momento). Soy como el muchacho del cuento de Dolina.

Resulta lamentable que gentes extrañas a nosotros hayan montado un negocio en el cual la mercancía a intercambiar sea nuestra atención, pudiendo ser la realidad de otra manera. Esto no es nuevo, la publicidad ya existía antes de la era digital, lo que es novedad (desde hace algunos años ya) es la capacidad de segmentarla en base a información que antes no estaba disponible y que ahora se produce y actualiza en tiempo real, y que tiene un grado de precisión inusitado, como por ejemplo es el caso de las coordenadas de nuestra ubicación geográfica, calculadas por el sistema GPS con el que están equipadas nuestras máquinas. Estos datos sobre tí (“¿dónde estás?”) son almacenados por empresas como Google a cada instante. Día tras día. La tecnología GPS opera gracias a 18 satélites que orbitan la Tierra, la mayoría colocados allí por Estados Unidos. Esta tecnología tiene precisión milimétrica. Dicho sea de paso, sería bueno colocar un satélite en órbita nosotros, los argentinos, para que tengamos el control de nuestras propias comunicaciones.

¿Y todo esto para qué? Esos segundos en que te distrajiste y dejaste de vivir tu propia vida para ver, leer o escuchar un anuncio publicitario, tienen un precio. Para las empresas dueñas de la plataforma informática (los dueños de la empresa de software, digamos ahora, Facebook, por ejemplo) ese precio es capitalizado como ganancia. Son los grandes ganadores. Para las empresas anunciantes, en cambio, ese precio implica un costo monetario que pagarán, y con gusto, pues luego recuperarán la inversión con las regalías de la basura que le hacen creer a la gente que necesita; lo pagarán con nuestro dinero.

Para nosotros los usuarios, finalmente, el costo lo pagamos, primero, cediendo nuestra información privada (es decir, entregamos un derecho que es más preciado que el dinero, cualquiera sea la suma), y después, con esos segundos de tu vida que destinaste a prestarle atención a algo que no era relevante para tí. Y no son sólo segundos, el tiempo perdido acumulado es invaluable. Fuentes dudosas hablan de 3000 impactos publicitarios por día, (sí, dudo de mis propias fuentes), no me interesa el cálculo porque me basta con saber, por la propia experiencia, que la polución de los avisos es mucha. Y esto para mí resulta particularmente insoportable por dos motivos: 1) no me gusta que me digan lo que tengo que hacer, y 2), soy particularmente sensible a estímulos sonoros y visuales. Puede que esto no te indigne tanto como a mí, pero yo creo que eso en todo caso se debe a que lamentablemente nos hemos acostumbrado a tolerar la publicidad en cantidades formidables y tendemos a darla por sentado en lugar de combatirla.

Pero esto no es todo. Información privada de usuarios vendida a empresas con fines publicitarios es el mejor de los escenarios posibles. En el peor de los casos, en cambio, la información puede ser vendida en las sombras al Gran Hermano, lo cual implica un problema más grave aún porque compromente la democracia, ya que dificulta la tarea denunciar cualquier injusticia perpetrada desde poder: el denunciante común, al no poder preservar su anonimato, temerá represalias contra él y su comunidad si decide abrir la boca. Disponer de semejante caudal de información sobre los ciudadanos y que estos no puedan ni sepan cómo -ni entiendan por qué es importante- preservar su intimidad, es el sueño de cualquier tirano autoritario (ver imagen).

La app de las bicicendas del Gobierno porteño te exige le des acceso a toda la información de tu teléfono. ¿Para qué?

Este tipo de violación a nuestro derecho a la privacidad como cibernautas ocurre en la mayoría de las aplicaciones de internet más comúnmente instaladas en teléfonos celulares, incluyendo navegadores y servicios de redes sociales como Facebook e Instagram, dos tentáculos del mismo monstruo.

Un ejemplo claro de que estas “herramientas” informáticas no están a nuestro servicio es la censura que aplican sobre los contenidos de los propios usuarios. Por razones comerciales, suelen bloquear la exhibición del cuerpo humano desnudo. Ni desnudos ni genitales ni anos de ningún tipo, culos sí lo que vienen siendo glúteos, siempre y cuando no sean primeros planos (en Instagram). En el tema tetas y pezones solo en esculturas, pinturas y obras de arte en general, salvo en fotografía artística, eso no cuenta. Y las fotografías de mujeres amamantando se juzgarán caso por caso. Esto último no se si sea realmente así pero la verdad es que me da gracia imaginar que hoy por hoy una persona pagada por Facebook tiene como trabajo definir los lineamientos generales de la censura que aplicarán a la red.

¿Y a ellos quién los vigila?

Pues bien, bajo este paradigma en el cual nuestra atención es vendida y nuestros derechos y libertades del ciberespacio, cercenadas, mas que “usuarios” — como dice Richard Stallman — somos “usados”; usados por aquello que se supone debería ser una herramienta de comunicación a nuestro servicio, y no otra cosa; no un instrumento de coerción que no respeta el carácter privado de nuestra información ni está pensado para que su finalidad ulterior sea el que todos estemos realmente “mejor comunicados”, con todo lo bello que la idea de “estar bien comunicados” puede llegar a implicar efectivamente dentro de una comunidad de seres, pertenecientes a una misma especie, que habitan el mismo planeta.


Este es un ensayo de divulgación. Sos libre de compartirlo siempre que cites a la fuente y al autor. Para enviarlo a un amigo podés usar este link acortado: http://bit.ly/2uSyhWy

A single golf clap? Or a long standing ovation?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.