Un sistema roto.

Sí a votar mirando al futuro.

Queda claro a esta altura de las circunstancias el grado de desconocimiento que tienen tanto los legisladores respecto al funcionamiento de una computadora, como los informáticos respecto a las dinámicas que inspira el sistema electoral. Si opto por detallar un punto de vista es porque puedo afirmar haber transitado ambos caminos, tanto el de la política como el de la tecnología, sin haber trabajado para nadie más que para la forma que supe darle a ideas del orden político-tecnológico emprendiendo proyectos personales.

Mi recorrido en la política no comenzó con el Partido de la Red sino que mucho tiempo antes tuve la oportunidad de conocer algunos de los “barones” que mueven hilos detrás de los candidatos que salen a seducirnos por un voto. Siempre me quedó grabado en la memoria cuando uno de ellos se sentó en frente mío apoyando un revolver sobre la mesa mientras comentaba que venía de ver al Cabezón en la Rosada. “Si no vas calzado, no te respetan” se excusaba. Con el tiempo comprendería también el mensaje: sí quería hacer política sin ellos no iba a contar con la protección suficiente. La lógica del crimen organizado no es ajena al poder establecido. La violencia vive en la raíz del sistema y cuando veo dar explicaciones teóricas como si nuestra democracia funcionase tal como nos la explican en una clase de educación cívica, desespero ante la ingenuidad de mis pares.

Cuando con el Partido de la Red nos preparábamos para nuestra primer elección en 2013, primero tuvimos que lograr financiar la impresión de dos millones de boletas acorde al tamaño poblacional (haciendo la primer campaña de crowdfunding hecha por un partido político en el país). Pero dos millones multiplicado por cuatro dado que sabíamos que muchas se iban a terminar robando. Y luego vimos que era requisito indispensable reclutar a la mayor cantidad de fiscales posibles y lograr su distribución inteligente en toda la ciudad. En aquellos barrios donde no consiguiéramos cubrir mesas, sabíamos que íbamos entregar los votos sin poder hacer nada por evitarlo. A puertas cerradas, en cada escuela donde se vota, es mucho más común de lo que imaginamos el acto de negociar los votos en la planilla entre los fiscales: los militantes incluso lo hacen con la convicción maquiavélica de una costumbre arraigada desde hace décadas. Pero lo atroz es la aceptación cultural que existe en nuestra clase política al respecto: “si no tenes la capacidad de atraer fiscales quiere decir que no vas a poder gobernar” argumentan algunos desconociendo que en ningún lado de la ley electoral existe exigencia tal y que en definitiva este tipo de lógica es servil a los más fuertes. Es la justificación de quienes en el fondo operan para beneficiar al poder establecido y anular a los partidos que emergen legítimamente de la ciudadanía (en lugar de las construcciones hechas por pactos de poder).

La corrupción es un problema de orden cultural. Somos un país que durante la publicitada elección de su corporación más poderosa —su asociación de fútbol— tuvo a 75 electores eligiendo a un nuevo presidente entre dos candidatos y se encontraron con el imposible resultado de 38 iguales. Asombrosamente tolerar la vergüenza de este suceso resultó ser más conveniente que llamar a una nueva elección. Es requisito indispensable para la corrupción desarrollar un cinismo desvergonzado. La corrupción siempre arranca con pequeños actos que se van acumulando uno encima del otro y desarrolla una ceguera que de a poco se va comiendo la naturaleza de nuestros actos sociales.

Algunos señalan con buena consideración que un sistema democrático debe basarse en instrumentos que estén al alcance de todos. Pero obvian señalar que al simplificar las herramientas para votar, también se simplifican las formas del fraude. La Boleta Única de Papel (BUP) provoca desastres sistemáticos en países con altos índices de corrupción, como se pudo verificar en las recientes elecciones rusas donde los números de votantes en regiones distantes no cierran en relación a elecciones previas reforzando así los tornillos del poder que sostienen a Putin. Alcanza con marcar sutilmente la boleta de papel con un trazo determinado por el puntero para vulnerar el secreto del voto. Y el problema no es necesariamente la tecnología implementada sino la marginalidad en la que vive gran parte de nuestra población sometida hace décadas al favor político: Ese es el verdadero drama del que nadie se anima a hablar porque el credo político que mejor nos manipula es aquél que se beneficia con el voto del que no pudo educarse.

Pero ni siquiera hay que irse lejos para descubrir las fallas del sistema de papel: en Santa Fe hoy se marcha frente al avance del narcotráfico y la inseguridad mientras algunos parecieran olvidar que ahí se implementó la BUP en el 2015 y el resultado fue una de las tantas parodias democráticas que nos tiene acostumbrado el país: resultado ajustado, reapertura de urnas y apenas un puñado de 300 fiscales haciendo el recuento de votos para que un partido descubra que los propios en realidad eran funcionales al partido opositor. No hubo ni una sola máquina en todo el proceso para evitar una simple infiltración en aquella dinámica conocida en la jerga como adversarial counting. La trampa no hizo más que perfeccionarse: el costo de comprar fiscales es considerablemente más bajo y eficiente que el de comprar votantes. Y si de algo sabe el Narco, es de comprar voluntades.

Después están los que se ríen porque algunos queremos un sistema “rápido y moderno” como si eso fuera una mera frivolidad fetichista ignorando por completo un principio fundamental de la seguridad de todo sistema electoral: la tierra fértil para el fraude aumenta con el tiempo que se pierde en el escrutinio. Alcanza con haber ido alguna vez a fiscalizar en zonas remotas del país para comprobar que los escrúpulos son inexistentes. Las escenas de urnas quemadas son un reflejo de un sistema defectuoso por donde se lo mire. Y esta no es una realidad exclusiva de nuestro país, sino de prácticamente todas las naciones en vías de desarrollo (mientras en las democracias “avanzadas” el flagelo suele ser la apatía con la baja sistemática de votantes registrados elección tras elección).

Pero algunos insisten con buscar compararnos con otros países como si la Argentina no fuera un lugar apto para innovar. Si el voto electrónico aún no es algo común en el mundo, es por el simple hecho de que la política suele moverse a velocidades glaciales mientras la tecnología va a pasos acelerados. India 🇮🇳 (la democracia más grande del mundo), Brasil 🇧🇷 (la democracia más grande de Latinoamérica), Estados Unidos 🇺🇸 (la primer democracia moderna) y Suiza 🇨🇭 (la democracia más antigua del mundo) son algunos de los países que adoptaron tecnología en su proceso, los últimos dos incluso permitiendo el voto hasta por correo postal e internet. Respecto al famoso fallo alemán tantas veces mencionado en este debate es mejor directamente copiar textualmente lo que se argumenta:

“[el] legislador no está impedido de utilizar aparatos electorales en elecciones, si se ha asegurado la posibilidad constitucional de un control de corrección confiable. Especialmente son imaginables aparatos electorales en el que los votos se registren, no sólo en la memoria electrónica. Esto es posible por ejemplo, en aparatos electrónicos que además del registro electrónico del voto imprimen un protocolo de papel visible, que puede ser controlado antes de la emisión del voto definitivo y que es recolectado para posibilitar una verificación”

La conclusión es clara y acorde al consenso que existe entre los expertos de sistemas electorales que conocí en las universidades de los Estados Unidos: los sistemas electrónicos que permitan una prueba de papel (“paper trail”) son deseables por sobre los sistemas que sean solamente electrónicos. En la talibanización del debate que se dio en redes sociales respecto a este tema pareciera obviarse a veces que el sistema en tela de juicio en nuestro país es de hecho un sistema híbrido acorde a la recomendación del fallo alemán.

Pero tampoco estoy dispuesto a poner las manos en el fuego por una empresa como Magic Software Argentina, concesionaria de las máquinas de votación. Sobretodo cuando un programador como Joaquín Sorianello dispuesto a contribuir en la inspección de las máquinas reportando una vulnerabilidad tenga que sufrir un embate judicial innecesario y atentando al objetivo de construir un sistema abierto y transparente. Rescato en ese contexto el aporte hecho por la empresa Bitex.la para captar más de 35.000 pesos en donaciones hechas con bitcoin para que Joaquin pueda costear sus abogados durante todo este proceso.

Lo que esta en debate aquí es fundamentalmente una ley. Desde el punto de vista institucional, cerrarle las puertas a la innovación en el sistema electoral puede implicar mantener a nuestra frágil democracia en sus cuartos oscuros durante tiempo indeterminado, estancando a nuestras instituciones sin posibilidad de inyectarle cambio real. Si bien hoy existe apenas un proveedor, nada descarta que el día de mañana pueda abrirse el proceso a diferentes competidores.

Convengamos también que no existe tal cosa como la seguridad informática. Esa expresión es un oxímoron al estilo inteligencia militar dado que ningún sistema del mundo puede garantizar tal cosa. Pero aún así, seguimos construyendo sistemas capaces de sincronizar millones de aviones en el aire o consolidar el conocimiento de toda la humanidad de modo confiable. Como decía aquél general devenido en político: “Lo perfecto es enemigo de lo posible”. Y en materia de sistemas democráticos apenas estamos comenzando a recorrer el universo de posibilidades.

Lo que despierta entusiasmo en los circuitos dedicados a la democracia digital, donde hay tanto programadores como criptógrafos e incluso economistas políticos, es el emergente de redes basadas en el uso de criptografía como los blockchains. La misma tecnología que permite transacciones anónimas de dinero por internet usando bitcoin sirve para plantear sistemas de votación que ofrecen garantías simplemente imposibles de diseñar con tinta y papel. Por ejemplo: un sistema donde cada votante pueda corroborar que su voto fue contado de manera correcta y al mismo tiempo evitar que esa verificación pueda ser comprobada por terceros. O un sistema donde la posibilidad de auditar este al alcance de todos los votantes al mismo tiempo en lugar de un puñado de fiscales afiliados a los partidos del poder de turno dado que se evita el rol de “autoridad central” cuando se implementa un blockchain. Esto es hoy la vanguardia con la que se están pensando sistemas electorales en la frontera tecnológica y política, tarea puntual en la que estoy dedicado desde Democracy Earth Foundation, una organización sin fin de lucro radicada en San Francisco.

Cuando uno revisa el origen de una postura y otra dentro del debate que se esta dando en Argentina, es difícil no ver la manipulación política que opera en cada lado. Hace unos años en Córdoba, luego de un evento, compartí un taxi con una de las voces más fervientes por el No a la modernización. Una persona que recorre los pasillos del congreso nacional hace muchos años que sin saber realmente a lo que me dedicaba no hizo más que confesarme: “en mi fundación por suerte nos sacamos de encima a todos los ñoñitos [sic] programadores de encima” a lo cual continuó una descripción de sus capacidades para manipular a personas que “son fáciles porque suelen creer saberlo todo pero de política no cazan una”. Y a pesar del rechazo que me provocan los políticos dedicados a la manipulación de los otros, sentí una paradójica coincidencia.

La tensión entre política y tecnocracia no es nueva, sino ancestral. Pero los tiempos que se viven en el mundo contemporáneo (donde el cambio es la norma en lugar de la excepción) indican lo indispensable que es para una sociedad plantearse incentivos que promuevan la alfabetización para la Era del Conocimiento donde la tecnología juega un rol preponderante a la hora de educarnos. Cuando la norma social es la corrupción y la estafa, se deja la puerta abierta a los falsos dogmas que pretenden dictarnos una “verdad” imponiendo el miedo como forma de gobierno y rompiendo toda aspiración de colaboración en pos de la confrontación. La capacidad de una sociedad de desarrollar su largo plazo y mirar al futuro siempre emerge de la confianza instalada, y la tecnología puede contribuir drásticamente a evitar el juego que unos pocos buscan dictar con el uso de la fuerza. Bajo la máscara de la forma que usamos para votar, nos estamos abriendo el camino para comenzar a hacernos una pregunta aún más trascendental:

¿Queremos vivir atrapados en las formas del pasado o somos una sociedad dispuesta a tomar los riesgos necesarios para construir el futuro?