Sí, la cagué y qué y qué y qué

Una brevísima guía contra el autosabotaje

Chale…

Hace muchos años iba cada domingo a casa de mis abuelos. Como buena familia de Guanajuato de mediados de los 30, tuvieron 11 hijos, que a su vez engendraron 25 nietos en conjunto. Hubo una época en la que la diferencia de edades entre primos no era un impedimento para jugar todos juntos. Cerrábamos la calle -por la que rara vez pasaba un coche- y jugábamos fútbol.

Un día mi primo Alejandro (ése al que le dices tío porque cómo-va-a-ser-tu-primo-si-ya-tiene-veintitantos) quiso recompensarnos por el partidazo que nos echamos comprando paletas Vero de mango para todos. Fuimos a la tienda y para ahorrarse el contar paleta por paleta, el primo pidió la bolsa completa.

- Híjole… No le puedo vender la bolsa, joven.
- ¿Por qué?
- Porque son todas las que tengo.
- Por eso, deme todas y dígame cuánto es. 
- Pero… ¿Y es que luego qué vendo?

No podíamos creerlo. ¿Cómo era posible que el tendero se negara a ganar en un minuto lo que le tomaría semanas vender en ese pueblo rascuacho? Ese ser se limitaba a ver la tragedia en decir a sus próximos clientes “ya no tengo paletas de mango, pero tengo de elote”, en vez de una victoria en vender la bolsa completa en tiempo récord. Y si hubiera dicho que sí, tal vez Alejandro le hubiera comprado bolsas de dulces los siguientes domingos durante años.

Después de la desilusión no volvimos a esa tienda. Pero lo realmente triste es que años después me caché a mí misma haciendo lo mismo: tomando decisiones tontas por pensar en el resultado inmediato, para evitar el “sacrificio” que implica un beneficio a largo plazo. Es, de hecho, algo con lo que lidio todos los días.

Mi estrategia es tan simple como absurda: ignorar los problemas que considero lejanos hasta que se convierten en desastres. Honestamente, soy de las personas más indecisas que conozco y supongo que evadir la ansiedad que me provoca tomar una decisión es una de las razones por las que evito pensar en mi futuro. Algo así:

Gulp!

Y al parecer no estoy sola. Estudios del Wharton Risk Management and Decision Processes Center aseguran que, en general, la gente vive atrapada en el instante. Básicamente, no podemos tomar buenas decisiones que impacten a largo plazo porque nuestra cabeza está pre-ocupada (así, previamente ocupada) pensando en las repercusiones que tendrá en el presente.

¿Cómo parar el autosabotaje?

¿Cómo dejar de tomar decisiones que no aportan nada para el futuro? ¿Cómo soltar la bolsa de paletas? Aquí una breve guía para dejar de correr con las agujetas desabrochadas:

1- Nada. En serio, a veces es mejor no hacer nada que tomar una decisión apresurada que seguramente será mala. Hay que hacer una pausa para calmar la ansiedad, dejar que el estrés se vaya y pensar con la cabeza fría.

2- Aceptar la culpa. Una mala decisión no es un accidente. En el fondo sabes que la vas a cagar incluso antes de tomarla, pero de todos modos lo haces porque, por el momento, se siente bien. O hace el paro.

3- Alejarse de todo. Pensar en las consecuencias y motivos alrededor de la decisión no es lo único que provoca estrés. Hay factores que influyen silenciosamente en nuestras mentes: el precio del dólar, la junta de mañana, que si ya va a llover, la opinión de los demás, etcétera. Al final preocuparse por todo y nada acumula tensión y termina por orillarnos a tomar decisiones pobres.

Sí, la cagué y muchas veces. He tomado bastantes decisiones que me han hecho darme un zape en la frente. Y no me ha ido mal, nada mal, pero sé que podría estar mejor. El primer paso para resolver un problema es reconocer que tienes uno. Lo que sigue es poner manos a la obra y mirar hacia adelante. Ya les contaré.

Gracias a César Salazar por abrirme los ojos mientras compartíamos un delicioso Torikatsu. Prometo ponerme pilas.