El último deseo

Unos días después de saber que se estaba muriendo, Miss Toro me pidió que sembrara un árbol. La noticia de su muerte la dio por correo electrónico, supongo que nadie debe ser capaz de llamar a su familia y amigos cercanos para contarles semejante noticia, de manera que lo más práctico fue enviar ese email masivo con aquella frase que sólo ella supo cuántas vueltas dio en su cabeza. Fueron las peores tres palabras que he leído: “me estoy muriendo”. Yo volvía y revisaba el email una y otra vez, en búsqueda de un error, pero nadie puede equivocarse escribiendo semejante frase y menos Miss Toro, que fue profesora de español en un colegio privado en Inglaterra.

Nos habíamos conocido hacía años cuando estuve estudiando en ese país. Desde que la ví, adoré su caminar despreocupado con el que se había recorrido sola medio mundo enseñándole a sus estudiantes a pronunciar palabras como maracuyá, Aracataca y guanábana. Me asombraba su capacidad de ver belleza en todo. Para ella, desde los insectos más grotescos, las piedras, la maleza, hasta el polvo de la calle haciendo remolinos con el viento y los zapatos viejos enredados en los cables de luz, todo tenía su encanto y cuando caminábamos juntas había que arrastrarla a cada rato porque se quedaba contemplando cosas que solo ella veía. Yo adoraba sus monólogos desbordados consigo misma, sus cejas gruesas, sus dientes grandes y ese pelo todo alborotado al que nunca pudo domar, o tal vez nunca quiso, así era ella.

Hacía tan solo una semana había ido a visitarla y hoy se estaba muriendo. Pensé en las veces en que, durante mi visita, se quejó de un dolor en la ingle, al cual ella siempre le restó importancia y no pude evitar pensar si acaso se había aguantado el dolor para no dañarme las vacaciones o para no desaprovechar la oportunidad de tener a alguien con quién conversar, pues ella era el tipo de mujer capaz de hablar hasta con los árboles.

Mi primer impulso después de leer el correo fue llamarla, pero no fui capaz, al día siguiente tampoco, sólo hasta el tercero me di cuenta de que, en algún momento, tendría que hacerlo. También entendí lo mucho que significa un día, cuando solo te quedan unos meses. Durante la llamada, no hablamos casi nada, solo llorábamos, nos quedábamos en silencio y luego volvíamos a llorar. Nunca nos habíamos dicho tantas cosas sin hablar. Seguí llamándola muy a menudo y notaba que estaba comenzando a aceptar su realidad porque cada vez articulaba más palabras, hasta volver a retomar esos monólogos tan propios de ella. Luego empezó a repartir sus abrigos, a decidir si sería cremada o enterrada, a preocuparse por los niños que ya no aprenderían a pronunciar esas palabras tan exóticas que ella les enseñaba.

En una de esas fue cuando me pidió que sembrara el árbol. Lo que pasó fue que había estado haciendo su lista de cosas pendientes y se había dado cuenta, horrorizada, de que nunca lo había hecho. Al parecer, lo del árbol era importante, pues cada que hablábamos me lo recordaba. Conociéndola, estoy segura de que, en su lista, ya había tachado lo de montar en globo, escribir el libro, dar la vuelta al mundo, hacer el camino de Santiago y sólo ella sabría qué mas, pero le faltaba sembrar el árbol y eso la estaba atormentando. 
Me decidí por un guayabo porque sabía que a ella le gustaban sus frutos, solía ponerlos en su balcón para atraer aves que nunca llegaban y entonces yo le decía que tenía que regresar a Colombia, en donde cualquier fruta en el resquicio de una ventana no duraba ni un segundo. Después de sembrarlo le tomé fotos y se las mandé al email. Esperé varios días una respuesta pero me quedé sin saber si alcanzó a ver su árbol o no. A mi gusta pensar que sí y que, precisamente, por eso pudo morirse tranquila y dedicarse a observar todas las aves que, desde ese entonces, se perchan en las ramas de su guayabo.

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