Primer día.

Me llamo Saricchiella, y soy profesora de robótica desde hace menos de un mes. Ha sido tan rápido que me cuesta creer que esté trabajando en esto. Pero aquí estoy, en un trabajo para el que creía que estaba preparada de sobra, y para el que me doy cuenta de que no es que me falten tablas, es que creo que necesitaría un almacén de Ikea para mí sola. Así que fake it til you make it, y a por ello.

Así fue mi gran primer día. Después de un curso de fin de semana y con muchas ganas por delante, me encuentro delante de 18 niños de 3º y 4º de primaria, un viernes por la tarde, después de la frase: “a por ellos” y un cierre de puerta que me hiela la sangre.

La marabunta de niños me devuelve la mirada sin parar de moverse, gritar, y bailar encima de la mesa al lado de la ventana completamente abierta (en serio, por qué). Y yo, muerta de miedo, intento balbucear unas palabras de introducción que nadie escucha (a pesar de tener el superpoder de atravesar paredes con mi voz sin levantar el tono). De alguna forma, consigo que las ventanas se cierren, que dejen de tirarse del pelo y que, más o menos, estén sentados por parejas. A estas alturas no llevamos ni diez minutos de clase y yo ya estoy afónica. Menos mal que tengo un as en la manga.

Saco los robots. En este curso yo estaré usando los mBot de MakeBlock, montables por un adulto en 20 minutos y programables con Scratch y Arduino. Y con máscaras de gato incluidas. Además, la grandísima ventaja que tiene este robot es que tiene una programación de fábrica, y en cuanto lo montas se puede empezar a manejar con su mando a distancia.

Durante el montaje aprendí varias cosas:

  • Si le das a un niño de 8 años un destornillador, lo primero que va a desatornillar es el carrito de su mochila. Muy probablemente, una vez desatornillado no sepa volverlo a atornillar.
  • Si hay un cable con un cabezal determinado y un conector en el que ese cabezal encaja perfectamente, tranquilo, encontrarán la forma de encajarlo del revés. O de lado.
  • Cuenta los destornilladores. El pequeño querubín de cara de buenazo es el que se ha llevado uno a escondidas para hacerse el chungo con sus vecinos.
  • Cada grupo irá a su ritmo, pero todos te necesitarán a la vez. Menos mal que la jefa (Boss, que a su vez es profesora de apoyo) venía a echarme un cable de vez en cuando.
  • El que parece que está pasando de todo, en el momento en que su compañero se va, coge las riendas y termina el primero de calle. No le dejes empezar a jugar con el robot o el delicadísimo equilibrio de la clase se irá a la mierda. Ponle a dibujar máscaras para customizarlo, por ejemplo.
  • Siempre hay un niño porculero. A veces hay más, pero siempre hay uno que destaca por encima del resto. Probablemente tenga también frito a su compañero, ya que se puede ser amigo de alguien y saber que ese alguien a veces es insoportable. Aguanta el tipo y ayuda al compañero; bastante tiene, el pobre.

Una vez terminan de montar los robots, empieza el caos (y aún queda media hora para que vengan a por ellos). Por más que intento convencerles de que personalizar sus robots mola, están desatados jugando con ellos por la clase… y descubriendo que cualquier mando controla a cualquier robot (al fin y al cabo, son iguales). Intento separarles para que puedan jugar tranquilos pero acaban mezclándose al minuto, sin querer o a propósito. Empiezan batallas territoriales que parece esto un CyberRisk, con robotitos correteando mientras los niños se gritan por su control. Muy épico todo.

Llega la hora de recoger (¡al fin!), pero… todos quieren enseñar a sus padres lo que han hecho. Los primeros padres van llegando, y los primeros robots van entrando en sus cajas (menos mal). Uno de los niños está fastidiado porque el robot tiene una programación que no es la de fábrica y anda mucho peor que los demás, pero aún así se lo enseña a su madre y a sus hermanos. Otros llegan de otra clase (curso de fotografía?) para hacer fotos a los que sí han hecho máscaras, que son muy chulas. Y, cuando viene Boss a ayudarme a recoger, yo estoy como si hubiera corrido una 5K en tacones después de unas rondas de Jagermeister.

En retrospectiva, oye, ni tan mal. Ningún niño se ha caído por la ventana (que esto sea un éxito tiene tela), nadie se ha clavado un destornillador en un ojo, todos han montado el robot y han jugado con él, y me he aprendido los nombres de dos de los dieciocho (de cuatro, si apuramos mucho).

Aún me quedan otros dos grupos que conocer, esto no ha hecho más que empezar. Y, la verdad, es mucho más intenso de lo que creía.

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