Ingeniera extraescolar: sustituta

Efectivamente, sigo adelantándome a los esperados posts de cambios locos de temario y alumnos desmotivados. En este caso, el motivo es M, mi compañero filósofo. Más concretamente, el motivo es la participación de M en un proyecto de educación innovadora en la escuela pública en este mes… a 500 km de aquí. Long story short, me han tocado dos grupos más.

En principio, me gusta tener grupos nuevos, porque es una situación nueva a la que quiero enfrentarme para ver cómo me desenvuelvo. El hecho de que lleven ya algunas clases me da tranquilidad, porque no tengo que empezar desde cero, y confío en M como profesor.

Así que, ni corta ni perezosa, me planto en la primera de mis clases, en un cole en pleno centro de Madrid, en un aula que es… el comedor de profesores. Van llegando los alumnos y me vienen a la mente las historias de M sobre lo espantosa que es la acústica de este sitio*. Les pido que, para ir conociéndoles, me digan su nombre y, como debería haber imaginado, me vacilan inventándose nombres hasta que se dan cuenta de que si no aparecen en mi lista diré que se han saltado la clase. Acabo pasando lista de aquella manera, y proponiéndoles actividades que he hecho con otros grupos (y me doy cuenta de que igual uno de mis problemas con uno de mis grupos es que he querido correr mucho con ellos, porque esto lo hicimos hace un mes).

Me dicen que dos hermanas se han desapuntado, y que a cambio se ha apuntado un alumno nuevo, y extrañamente me siento bien: en una de mis clases se han desapuntado dos, y aunque las madres han hablado conmigo para darme motivos que no tienen nada que ver con mi clase, la verdad es que me sentía un poco como el culo. En cierto modo el ver que esto pasa también con otros profesores me ayuda a aceptarlo y a querer ser mejor profesora sin la culpa por haber sido mala profesora antes.

El segundo grupo es en el aula de informática de un colegio. Aparcamiento en la puerta, no necesito material, no tengo que llevarme pcs… Como una reina, vaya. A éstos les pido que escriban su nombre en post-its y los peguen en su pantalla, en un sitio donde no moleste mucho, o en la mesa. En los días siguientes esto me viene muy bien para “pasar lista”, porque van llegando con cuentagotas y hasta que están todos han pasado 15 minutos de clase. Mi primera impresión es que en esta clase hay una diferencia de edad bastante grande, y no les parece que tengo cara de asesina de compañeros de trabajo.

Los chicos están programando en Scratch, así que les pongo un proyecto complicadete para que tarden un par de sesiones y ver cómo se desenvuelven. Tengo que estar pendiente para que no se conecten a un juego que les tiene enganchadísimos (agar.io, no lo había oido en mi vida), y por lo demás veo que muchos se están tomando las instrucciones demasiado literalmente, pero oye, es su proyecto. Al rato hago una ronda para ver cómo van… y un grupo de tres alumnos está con el proyecto muy avanzado, pero no han mirado las instrucciones para nada. Me miran un poco con miedo por si me parece mal, y yo estoy flipando con su capacidad (aunque intento que no se me note). Al final les dejo los últimos 15 minutos para jugar, que por lo visto es lo que hace M.

Y por último, antes de meternos en cómo ha ido todo, en esta clase de programadores hay, como siempre, equipos que no sabes cómo se han formado pero que están tan descompensados que no hay forma de arreglarlo. Así que, como hay ordenadores libres porque estamos en el aula de informática del colegio y además tenemos internet porque, sí, estamos en el aula de informática del colegio (¿he dicho que no tengo que ir con una maleta de 15 kg? ¿y que aparco en la puerta?), pues aprovechamos las posibilidades infinitas y el humor magnífico con el que estamos y nos metemos en Code.org a formar parte de la Hora del Código, una serie de retos para aprender a programar ambientados en, señores, STAR WARS y MINECRAFT (el año pasado era Frozen). Los dos alumnos que se habían quedado descolgados se metieron en el de Minecraft (no importa el hype, no se puede vencer al rey así como así) y uno de ellos incluso pasó de los 15 minutos de agar.io porque estaba enganchadísimo. Un éxito, vaya.

Cosas que he visto este mes:

  • Mi actitud a la hora de enfrentarme a una clase no tiene nada que ver con la que tenía hace dos meses. ¡Estoy muy contenta! Me siento mucho más segura de lo que estoy haciendo, y me gusta mucho darme cuenta de eso, la verdad.
  • Todo es mucho más fácil cuando los colegios colaboran. Sé que esto no depende de mí, pero si en vez de en una biblioteca (con dos enchufes separados cinco metros) o en un comedor (en serio?) se da la clase en un aula o, de hecho, en un aula INFORMÁTICA, la cosa cambia drásticamente. No sólo para mí, también para los alumnos, que pueden guardar sus cosas en los ordenadores del colegio si no tienen pendrive, tienen internet disponible, y en general están acostumbrados a usar un ordenador. Pero en fin…
  • No importa la imagen que te dé el colegio, los niños son niños. Y muchas veces te parecerán más capullos de un colegio a otro por la expectativa que llevas, pero en serio, no es verdad.
  • En una de las clases un alumno, muy cansino, me acabó preguntando: “Profe, ¿nos odias?”, refiriéndose a él y a su compañero. Yo, la verdad, me quedé un poco pillada por la pregunta (hecha a voces en la clase del comedor), porque no entendía cómo había llegado a esa conclusión. No tenía ni pizca de pena o remordimiento, simplemente constataba un hecho. Le dije que por supuesto que no, y luego pensando en casa llegué a la conclusión de que está tan acostumbrado a sacar de quicio a la gente y a que eso no tenga consecuencias que ve como algo natural que los adultos como sus profesores le odien. Y (en casa, sin él sacándome de quicio) me dio mucha pena, la verdad.
  • Usa los recursos que tengas, y no reinventes la rueda. Si tienes internet, aprovecha e investiga la inmensidad de posibilidades que tiene. En mi caso, en este mes me habría gustado usar el programador de baile de elfos que Google puso como un juego de un día en su Pueblo de Navidad, pero no pudo ser. De todas formas, utilicé la Hora del Código en una clase, y en al menos tres les pedí que hicieran en Scratch una felicitación navideña con un papá noel, un laberinto y un regalo (ideón de un compañero).

Probablemente publiquemos de nuevo durante estos días, pero por si acaso, felices fiestas y que empecéis el 2016 con las pilas a tope. ¡Salud!

(*) La acústica se pone a prueba cuando uno de los niños, en cuanto entra, tira la mochila al suelo y me dice: “¡¿Quién eres tú y qué has hecho con M?! ¡Le has matado y ahora lo tienes en cachitos en ESA MALETA!” (la de los pcs).

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