Bailando con la muerte
Voy a contarles la historia del día de mi muerte y de todo lo que me ha sucedido desde entonces. Pero antes permítanme decirles algo que ya todo mundo sabe, aunque no piensen sobre ello, pues la idea se les insinúa cada que respiran: no existe muerte si antes no ha habido vida, pues el nacer se paga con morir, y al fin de cuentas morir es algo así como nacer, pero al revés. Esta realidad es algo muy evidente y sencillo y aun así la mayoría del tiempo a la gente le cuesta mucho trabajo entender y aceptar que si se nace se debe morir, pues éste es el precio que se paga por existir. Cuando entiendan que la vida no es más que un regalo que se nos ofrece durante un efímero momento, van a disfrutar cada segundo de su existencia como si fuera el último.
Bien, pues algunos logran llegar a este mundo y por unos segundos se cobijan con la vida y huelen su perfume, pero este cobijo y este perfume resultan no ser lo suyo y su regalo de vida expira casi al instante. Muchos son quienes sienten pena y lloran por estas pequeñas almas, pero son las almas de las que menos deberían preocuparse, pues llegan en paz y en paz se van, antes de que las preocupaciones del mundo los aquejen.
Hay otras almas cuyo regalo de vida tiene una fecha de expiración tan larga que echan raíces y se quedan durante varios años sobre la tierra. De este segundo grupo de almas hay dos grandes grupos, que después se dividen otros subgrupos, tal es el caso de los que por voluntad propia regresan su regalo antes de tiempo, los que se la pasan buscando respuestas a por qué tienen ese regalo y no lo disfrutan, los que se regocijan con su regalo y juegan con él hasta que se les acaba, los que ni siquiera se percatan del regalo que poseen, y así podría seguir mencionando distintas clases de almas, pero los dos principales grupos con largas vidas, o al menos lo suficientemente largas como para tomar conciencia de sí, son divididos por un estándar muy sencillo: los que disfrutan de la vida y los que no.
Me gusta pensar que durante mi existencia sobre la tierra fui parte de este segundo grupo que disfruta vivir, pues eso me hacía entender la gente del pueblo cuando me decía: “don José, usted no más de verle a los ojos le alegra el día a uno, será ese brillo que hay en sus pupilas o esa sonrisa que tiene, pero si viera cómo nos pone de buenas salir por la mañana y escuchar su deseo de buenos días”.
Ahora que ya les he explicado un poco sobre este regalo que es existir y que hemos visto cómo las almas se comportan de diferentes maneras al recibirlo, es tiempo de contarles sobre mi vida. Mi padre era un hombre de pueblo, y como muchos hombres de pueblo, se dedicaba a las arduas tareas del campo. Tenía varias hectáreas de tierra en un terreno llamado la puesta del sol, y si bien no eran muchas le servían para tener una vida más o menos decente. En la parte trasera del corral tenía ganado, a este ganado lo ordeñaba y lo alimentaba cada día por la mañana y luego lo ordeñaba una vez más por la tarde, cuando la leche estaba más flojita. Mi madre, que incluso ahora que estoy muerto sigo pensando que es la mujer más hermosa que había visto en mi vida, con su piel morena suave y tersa y sus ojos verdes, se encargaba de juntar los huevos de las gallinas y de darles de comer.
Como muchas personas del pueblo, mi padre conoció a mi madre cuando apenas eran uno chiquillos. Tuvieron la suerte de haberse encontrado apenas después de la revolución, que hizo correr a muchas gentes de un lugar a otro. Que quede claro que eso no me consta a mí, pero es lo que me contaron cuando les pregunté. Un día iban saliendo de misa cuando se vieron y comenzaron a hablar. Se hicieron amigos y solían ir jugar juntos hasta el río, donde corrían por la orilla y bailaban entre la hierba. Se enamoraron y unos cinco años más tarde, cuando mi madre tenía quince años y mi padre dieciocho, él decidió “robársela” — sé que esto suena alarmante, pero no se trata sino de robar amor, así suele decírsele por allá en el pueblo — y se la llevó a vivir a casa de mis abuelos. Un año después, mi madre estaba gritando sobre la cama de la casa del único doctor del pueblo y dio a luz al primero de mis nueve hermanos. Yo llegué treinta años más tarde, como un milagro, cuando mis padres pensaban que ya no vendrían más hijos. Después de morir pensé que me encontraría con mis padres por estos rumbos, pero ya ven, he pasado tanto tiempo aquí que he perdido la noción de los días que corren y ni una sola vez me los he topado. De repente me encuentro con otras gentes del pueblo. “¿Y tú qué haces tan pronto por acá, José?” “Cuánto tiempo sin verte, mira que ya eres un hombre.” “Qué gusto y tristeza me da verte por estos rumbos.” Eso me dicen, pero a mis padres nunca me los he encontrado.
Pues bien, nací en la casa del doctor del pueblo, un domingo 10 de mayo. Qué buen día de las madres fui a darle a mi viejita, haciéndola gritar y pasar dolor. Mi viejita me contó durante un momento de cordura de sus últimos instantes de vida, cuando su memoria ya no funcionaba y en su cabeza volvía a ser niña, luego muchacha, y a veces hasta bebé, que el doctor me jaló de los pies sin poder sacarme. Yo creo que esto fue porque a mi madre se le olvidó cómo parir bebés de tantos años que habían pasado entre mi último hermano y yo. Al final ella pujó con tanta fuerza que me aventó como bala y fui a dar de cabeza contra la pared de enfrente. Por un momento pensaron que mi regalo de vida se había terminado en cuanto el paquete estuvo abierto, y mi madre sufrió por dentro, pero luego de un rato escucharon que pegué un alarido, y desde entonces ni quién me callara. “Tú soltaste ese llanto y yo solté lágrimas de alegría, ese día fue el día más feliz de mi vida.” Me dijo y sonrío al pronunciar esas palabras, y en su boca pude ver los pocos dientes que le quedaban, y también vi cómo su cabello gris pareció recobrar el brillo. Fueron las últimas palabras sensatas que salieron de su boca, y las pronuncio para mí como quien le reza a Dios con devoción y fe, antes de volver a su mundo de alucinaciones para que después cerrara los ojos y nos los volviera a abrir.
Como dije, pegué el primer alarido y durante mis primeros años no hubo ni quién me callara. Todos los días me despertaba llorando a las cinco de la madrugada y decían que mi llanto era tan fuerte que la gente de los pueblos vecinos, que están detrás de los cuatro cerros que rodean mi pueblo, dejaron de usar gallos como reloj y comenzaron a levantarse con mis gritos. Ahora imaginen a la gente de mi pueblo: tuvieron que pasar dos años, que fue más o menos lo que me duró la lloradera, con puñitos de algodón metidos bien adentro en los oídos. Los pájaros me sacaban vuelta porque sabían que si volaban cerquita de mí los iba a hacer reventar. Se dieron cuenta de esto cuando vieron explotar a las primeras desafortunadas palomas que pasaron volando sobre mi cabeza. A pesar del ruidajo que hacía, las personas del pueblo no se molestaban, y hasta decían que era señal de que estaba sano y fuerte y de que tenía energías de sobra.
Allá, hacia mis dos años, empecé a balbucear, y la primera palabra que dije fue “hambre”. Eso fue porque me la pasaba comiendo todo el día y desde que nací mis padres se dieron cuenta de que era como una aspiradora que se devoraba todo a su paso. La leche de mi madre no me gustó, a menos que me la tomara para bajarme el pan de membrillo, y desde el primer día ya me devoraba mis platos de frijoles, mis enchiladas y sopes, pozole y mi comida favorita, que eran los tamales.
Entre mi primera palabra y la sarta de palabras sin sentido que decía, una tras otra como si las estuviera leyendo al azar de un diccionario, pasaron unos cuantos días, y una semana después ya no había ni quién me callara. Cabe mencionar que, aunque era muy hablador, nunca fui muy bueno hablando, y de eso debo disculparme con ustedes, porque ya ven que de repente digo disparates en mi relato, y se me sale la jerga que utilizábamos en el pueblo, que espero ustedes comprendan, y si no la comprenden, vayan y pregúntele a la gente de mi rancho lo que no entiendan. Aunque con el tiempo que he pasado aquí he tenido la oportunidad de mejorar mi hablada, así que espero que el escuchar la historia de mi vida y de mi muerte les resulte ameno. ¿Ya ven cómo sí he mejorado? Antes de morirme no sabía ni qué era “ameno”. Ahora que ya aclaré eso, continúo.
Hablaba y hacía preguntas sobre todas las cosas, y mientras más preguntaba, más hablaba sobre las respuestas, y más preguntas surgían. Ése era el motivo de que no me callara. Tal vez por eso me fue muy bien en la escuela. Me tocó estrenar la escuela primaria del pueblo, que, aunque sólo era un cuartito en el que apenas cabíamos y el maestro no se daba abasto con tanto niño que debía atender, me sirvió para aprender demasiado sobre cosas que ni siquiera me imaginaba. Lo primero fue leer y escribir, y con eso desarrollé el placer de leer poemas, como los de Sor Juana Inés de la Cruz, y a pesar de que no entendía la mitad de las palabras, se escuchaban muy hermosos cuando los leía en voz alta. Luego aprendí el nombre de los planetas y su orden en el sistema solar, siendo que antes pensaba que el sol era el que nos sacaba vueltas a nosotros. Más adelante aprendí a hacer cuentas, y si vieran ésas cómo fueron de ayuda cuando acompañaba a mi papá a las bodegas para descargar los camiones de maíz recién trillado, una vez le andaban pagando toneladas por kilos y si no hubiera sido por mí, ni cuenta se daba. “Con razón se veían tan poquitas monedas”, me dijo. Y yo seguía preguntando y aprendiendo cosas.
Lo hablador no se me quitó hasta que entré a la secundaria y vi por primera vez a Claudia, una niña hermosa que después se convertiría en mujer y que habría de ser mi esposa, y fue entonces cuando dejé de hablar para comenzar a contemplarla. Cuánto me encantaba ese lunar que se dibujaba justo encima de su labio superior y que bailaba al compás de su sonrisa, era como una manchita de vida que se posaba a descansar sobre el fruto de sus labios. ¡Y sus ojos! Podía pasarme la vida con la mirada perdida en la claridad de sus ojos, o contemplando mi reflejo en la oscuridad de sus pupilas. Tenía unos ojos de un color verde intenso, como los de mi madre, tal vez por eso me gustaban tanto. Los únicos ojos verdes que había visto eran los de mi madre, y yo amaba a mi madre como a nadie en el mundo. Desde entonces mi color favorito fue el verde de sus ojos, y si ustedes pudieran observar esos ojos, verían cómo hay vida dentro de ellos.
Los días en la secundaria se me fueron como si fueran segundos, pues el tiempo al lado de Claudia pasaba más rápido, y cuando menos me di cuenta ya la había terminado. Fue entonces cuando tuve que tomar una de las decisiones más importantes de mi vida: irme a la ciudad para estudiar la preparatoria o quedarme en el pueblo para seguir con Claudia. Al final me hice la idea de que el amor era más fuerte que nada y si algo tenía que pasar, pues pasaría, así que decidí partir hacia Guadalajara, con la esperanza de que, al regresar, Claudia seguiría esperándome, y qué razón tuve. El amor pudo más que la distancia y cada que regresaba al pueblo por las vacaciones descargaba todo el amor que se me había acumulado. Tanto así que en una de esas descargadas de amor que le daba a Claudia, justo en las vacaciones para pasar al último semestre antes de graduarme, nos embarazamos de Manuel, nuestro primer hijo. Y digo nos embarazamos porque los malestares que sentía ella los sentía también yo, pero lo doble de fuertes y estando en Guadalajara. Pensaron que había dejado la preparatoria, ¿verdad?, pues no. ¿Qué eran ya nomás seis meses? Ese último semestre iba todos los fines de semana al pueblo para verla. Pero antes de hablar de los chamacos, dejen les platico de Guadalajara.
Llegué con un pariente, primo hermano de mi papá. Recuerdo que lo había visto unas dos o tres veces en el pueblo. En el velorio de mi bisabuela, en la boda de mi tía Clementina, y en el mero día de unas fiestas de diciembre. Aunque apenas si lo reconocí cuando fue a recogerme a la central de autobuses de Guadalajara, y aunque no habíamos hablado mucho en las tres ocasiones en que lo había visto, en cuanto nos dirigimos la primera palabra nos la llevamos mejor que ni si nos hubiéramos conocido de toda la vida. Con lo hablador que era yo y con lo bueno que era él para escuchar, nos agarramos el modo de volada.
Lo primero que pensé en cuanto llegué a Guadalajara fue que con mi bicicleta iba a tardar años en ir de un lugar a otro. Esa ciudad era tan grande que un día cuando estuve de ocioso me puse a caminar derecho para llegar a sus límites y qué sorpresa me llevé cuando en lugar de los límites llegué al punto del que había partido: Guadalajara es tan grande que le da vuelta a la tierra. Debo decirles que quedé impresionado y enamorado de esa ciudad. Me enamoré de sus edificios altos, de sus fuentes y kioscos, de sus arcos, de sus colores, de sus casas grandes y cuadradas con patios en el medio, de sus calles musicales, de su catedral y sus iglesias, de sus plazas y de su olor a tierra mojada. Uno de mis lugares favoritos era el Parián de San Pedro Tlaquepaque y todos los viernes iba a escuchar el mariachi. Y cómo comía de tortas ahogadas, birria, sopes, carne en su jugo y tacos. Qué buenos tiempos pasé en Guadalajara, la tierra donde sólo hay hombres felices. Hasta los días más amargos tenían un sabor dulzón en Guadalajara.
Esos tres años de preparatoria en Guadalajara fueron parte de una etapa muy feliz en mi vida y cuando al fin me gradúe le agradecí de todo corazón a mi tío y regrese a mi pueblo para casarme con Claudia, cuatro meses antes de que naciera Manuel, y aquí comienza otra etapa en mi vida.
Nos casamos un 12 de diciembre, día de la virgen de Guadalupe y de las fiestas patronales del pueblo. La imagen de Claudia con su vestido blanco, el ligero bulto de su estómago y su ramo de flores entre las manos sigue grabada en mi mente con fuerza, e incluso ahora que estoy muerto cierro mis ojos y en lugar de ver oscuridad veo esa imagen pintada en mis párpados.
Como les había dicho antes, los malestares del embarazo que Claudia sentía yo los padecía doble y, por ejemplo, si de repente me sentía mareado ya sabía que tenía que ir a ver cómo se hallaba mi hermosa mujer. Ella comía doble y yo comía cuádruple, pero al fin de cuentas todo se iba después de las náuseas y sus consecuencias, y cuatro meses después de nuestra boda, cuando estábamos en las tierras de la puesta del sol bajo la sombra de un sabino, sentí un dolor indescriptible en el vientre y supe al instante que ya iba a nacer Manuel.
Subimos rápido a la camioneta y la lleve hasta la casa del doctor que me había recibido al nacer y ahí, pegando gritos tan fuertes como los de su padre, nuestro hijo abrió el regalo de vida que nosotros le dimos. Al principio me costaba trabajo imaginar cómo era que una criatura tan pequeñita pudiera hacerme tan feliz, y ahora que estoy muerto me acuerdo de las últimas palabras que me dijo mi madre y comprendo por completo su significado. El día que nació Manuel fue uno de los días más felices de mi vida.
Para ese entonces mis padres ya estaban entrados en años, y a los siete meses de que había nacido mi hijo Manuel, el regalo de mi padre, es decir, su vida, expiró. Aunque yo ya me había hecho la idea de que tarde o temprano esto iba a pasar, no pude evitar sentir tristeza cuando veía cómo el equipal del patio en el que mi viejo solía sentarse a leer sus revistas de vaqueros se llenaba de polvo y de las hojas secas que comenzaban a caer debido al otoño. Y más tristeza me daba cuando mi viejita, durante los momentos de lucidez en los que recordaba qué era lo que sucedía, pues para ese entonces esa maldita enfermedad que hacía que perdiera la memoria ya la estaba atacando, preguntaba dónde estaba mi padre. “Anda en la puesta del sol, fue a ver cómo va el maíz”, le decía yo para evitar causarle dolor. Cuatro años más tarde, poco después de que nació nuestra hija, que por cierto salió con los ojos tan verdes como los de su madre y los de su abuela, le tocaría el turno a mi viejita de partir y reunirse con mi padre. Ahí me di cuenta de que por cada pequeño ángel que me gané en la tierra, gané otro en el cielo, o lo que sea que se llame este lugar en el que ando vagando.
Como todos mis hermanos ya tenían rato que se habían ido del pueblo, y como era el más preparado de todos, tuve que hacerme cargo por completo de las tierras y animales de mi padre y me decidí a aplicar todo lo que había aprendido en mis años de estudio. En un rato ya tenía el doble de tierras y el triple de animales y no me daba abasto. Se veían vacas andando por la casa y a veces se sentaban a la mesa para desayunar con nosotros. Y el cacareo de las gallinas se oía por toda la casa. Y para no hacérselas muy larga, porque parece ser que ya los ando enfadando, tendré que contarles lo que pasó en los siguientes años de manera breve y concisa. ¿Sí ven qué bien que estoy aprendiendo hablar? Hasta parezco abogado.
Pues, en resumen, y ya para acabar con la historia de mi vida y comenzar con la de mi muerte, gracias a Dios nunca faltó el pan en la mesa y tuve una familia que me hizo inmensamente feliz, y cuando los veo en la tierra me doy cuenta de que siguen siendo felices. Aunque de repente escucho la voz de Claudia al despertarse por la mañana susurrando mi nombre y preguntando por qué tuve que irme tan temprano, y entonces tengo que ir hasta el sol para empujarlo poquito y regalarle un hermoso amanecer para calmar su nostalgia y hacerle saber que sigo escuchándola. O tengo que hacer un arcoíris y llevar el perfume de las flores hasta la nariz de mi hija para que sepa que sigo cuidándola. Me habría gustado que mi regalo de vida hubiera durado un par de años más para haber estado allí cuando ella se graduó de la preparatoria y su hermano de la universidad. Pero bueno, ahora sí déjenme contarles cómo estuvo mi muerte.
Morir no fue como yo me lo había imaginado. Recuerdo la vez que soñé que moría. Fue uno de esos sueños que saben a realidad y que hacen confundir a uno. En mi sueño era de noche y me encontraba sobre la banqueta de la casa con Claudia y con los niños. La calle estaba repleta de gente, pues esa noche se había corrido la voz de que habría un eclipse de luna, y todos estaban a la expectativa de lo que ocurriría. Primero, la luna estaba hinchada de tanta luz que tenía y su claridad iluminaba la noche oscura, luego comenzó lentamente a tomar un color rojizo hasta que se volvió completamente colorada, y así continuó por un par de minutos, cuando el color rojizo dio lugar lentamente al negro, y la calle quedo iluminada únicamente por la luz de unas estrellas mortecinas. Finalmente, las estrellas se apagaron y quedamos en penumbras, y comencé a sentir que la tierra giraba cada vez más rápido para después detenerse de golpe, arrojándome al espacio y dejándome sin aire. Sentí cómo me ahogaba mientras flotaba en la oscuridad del espacio, luego desperté y en mi cama yacía entumecido, y el aire me faltaba tal y como me faltaba en mi sueño. Afortunadamente pasó mi entumecimiento y me desperté para comprobar que todo había sido una pesadilla.
Pero el día en que morí de verdad, no sentí nada. Fue por la tarde de un viernes de diciembre. Había terminado de trillar y almacenar el maíz y ya iba en camino a casa cuando me descuidé y fui a caer a una zanja. Me quedé inconsciente por un par de minutos, o al menos yo sentí como si hubieran sido un par de minutos, y cuando abrí los ojos de nuevo vi cómo un camión intentaba sacarme de la zanja, mientras Claudia y los niños, que para ese entonces estaban en la flor de su juventud, lloraban.
Yo los saludaba desde dentro de la camioneta para hacerles saber que todo estaba bien, pero parecía ser que no me veían, porque su llanto no se detenía. Cuando el camión logro al fin sacar la camioneta de la zanja abrí la puerta y me paré frente a ellos, diciéndoles que no había pasado nada, que estaba ahí, sano y salvo, pero su llanto aumentó y se convirtió en lamento. Mis hijos abrazaban a su madre y lloraban junto con ella, entonces decidí cubrirlos con mis brazos a los tres, pero mis brazos los traspasaron, como si hubiera abrazado al viento, y cuando me giré hacia atrás y vi la camioneta encontré mi propio cuerpo dormido sobre el asiento. Aparte de un poco de sangre que brotaba de mi cabeza, pero que se veía como una descalabrada sencilla, no tenía ninguna marca. Era como si me hubiera quedado dormido, pero no, era un fantasma y estaba observando a mi cuerpo sin vida.
Al principio todo esto fue muy confuso para mí, porque nunca antes había estado muerto y cosas extrañas me sucedían. Empezaba vagando, y de repente desaparecía de un lugar para aparecer en otro que se encontraba a kilómetros de distancia. A veces eran lugares conocidos; estaba en mi casa en el pueblo y cuando parpadeaba aparecía en las calles de Guadalajara, o estaba en el quinto sol contemplando cómo crecía el maíz y un estornudo me transportaba a la cima del cerro. Y otras veces eran lugares completamente desconocidos para mí, en donde los paisajes se mezclaban como si la naturaleza no se hubiera puesto de acuerdo y hubiera decidido brotar cerros con huizaches secos justo en medio del mar, donde al lado había montañas de hielo flotando en aguas heladas, y donde cien metros adelante había una pequeña playita con palmeras y árboles selváticos o dunas de arena, pero con el tiempo aprendí a viajar más o menos voluntad propia, aunque todavía en ocasiones estornudo y me desaparezco, o pego un bostezo y cuando abro los ojos ya estoy en otro lugar.
De todos los sitios desconocidos que me encontré estando acá mi favorito es un campo de tulipanes de colores, que alcanzan la altura de mi cintura, y que se extienden hacia todos los lados para ser interrumpidos únicamente por unas montañas verdes, que aparecen allá donde se va terminando el horizonte. En ese campo siempre está soleado y siempre es de día. Hay una jacaranda alta y llena de flores, y sus flores nunca se marchitan. A veces corro por el campo y cuando paso cerca de la jacaranda veo cómo sus flores se convierten en pequeñas aves moradas y echan a volar, cantando como ninguna otra ave canta y volando como sólo ellas saben, como si bailaran sincronizadas en el aire, formando figuras con sus plumas moradas. Y las flores de la jacaranda se convierten en aves, pero nunca se terminan. Es un campo de flores infinitas donde las aves bailan caen junto con las flores y bailn tomadas de sus alas.
Después de un tiempo sin encontrar a mis padres llegué a la conclusión de que deben estar en otro lugar, quizás en un paraíso diferente al mío, donde hay paisajes todavía más hermosos, paisajes que ni siquiera yo o tú nos podemos imaginar, porque mis padres fueron buenos, y estoy seguro de que a ellos les corresponde un mejor cielo que a mí. Un cielo donde mi madre es siempre joven y su memoria ha sanado. Y un cielo donde mi padre puede andar junto con ella a caballo entre flores de colores.
Digo “cielo” y “paraíso” porque no sé lo que esto sea. A lo mejor y estoy atorado en el limbo y ni cuenta me he dado. Pero si vieran qué a gusto se vive aquí. Lo bueno de estar muerto es que uno no debe preocuparse por lo que se preocupa la gente de la tierra. Por ejemplo, no tengo que comer, y cuando de repente me decido a comer algo, encuentro árboles de todas las frutas que pueda imaginarse, o las abejas me traen su miel y me la dan en la boca. Además, no tengo que dormir porque siempre es de día, y a pesar de que no duermo nunca estoy cansado, pues no hay nada de qué cansarse. La muerte son las vacaciones que se necesitan justo después de una vida de andar como hormiga para arriba y para abajo. Aunque, acá entre nos, siento que me faltaron unos añitos más de andar como hormiga, así habría podido estar con mi familia, que, por cierto, les contaré sobre la vida de ellos en la tierra.
A pesar de que han pasado los años, siguen llevándome flores al panteón cada vez que es mi aniversario. Yo sigo vivo en sus corazones porque ellos me recuerdan, mi memoria traspasa este mundo y sigue en la tierra, habitando cada rincón donde se me piense. Rezan por mí y yo en el cielo rezo por ellos. Me dejan sus flores en un florero de mármol que se encuentra sobre mi tumba y yo bajo a la tierra por ellas y me las traigo al campo de tulipanes. Aquí las tengo sembradas y nunca se marchitan. Las abejas las polinizan y han hecho que broten entre los tulipanes de colores, haciendo más hermoso el paisaje. Desearía que pudieran observar este campo de flores, para que se den cuenta de cómo por cada flor que dejan en mi memoria en la tierra, yo recibo miles en el cielo.
Y ahora, para ya terminar mi historia y para no entretenerlos más, porque vean no más qué bostezos pegan, déjenme hablarles del que se convirtió en mi día favorito desde que me morí: el día de los muertos. Y claro, ¿cómo no iba a serlo, si me celebran a mí? Ese día los panteones se llenan de colores y de luces, y el aire huele a cempasúchil. Todos los muertos bajamos a la tierra para ver cómo arreglan nuestros altares y convivimos entre nosotros y con nuestra familia, aunque ellos no se den cuenta. Es ahí donde me encuentro a varios del pueblo, y nos ponemos a jugar un rato al dominó y a la baraja sobre las lápidas de las tumbas. Y los que no son mucho de jugar dominó se ponen a jugar a la lotería, y las apuestas son pétalos de cempasúchil. Nos vestimos con los sombreros y con las botas que nos dejan en los altares, y recordamos los tiempos en que vivíamos en el pueblo, cuando andábamos a caballo y caminábamos entre los surcos del maíz. Es una noche de fiesta para nosotros, y hasta la catrina baja y se echa sus caballitos de rompope, y baila y brinca, y canta con nosotros. Así es, nos ponemos a bailar con la muerte, le gusta bailar un tango, pero también le sabe bien al zapateado, y no canta mal las rancheras. Todos nos reímos cuando escucha que los vivos leen en voz altas las calaveritas que le escriben. Ojalá todos los días fueran días de muerto acá donde estamos nosotros, para celebrar esta alegría de morir. Ese día desquito todo lo que no como durante el año. Me devoro el pan de muerto que me ponen sobre el altar y de tan bueno que me sabe ni la leche me hace falta. Degusto cada uno de los platos que me dejan y hasta me chupo los deditos para quitarme el mole que los cubre. Y entre todos los muertos compartimos comida y nos alegramos, como si la tranquilidad del paraíso no nos fuera suficiente. Unos tienen chiles rellenos, tamales, y pozole; otros nos invitan una birria de chivo o unas carnitas, que nos tenemos que comer rápido antes de que se enfríen; y otros, los que son de apetito ligero, terminan compartiendo todo lo que está sobre su altar, alegrando la barriga de los demás, y las costillas de la catrina.
Yo aprovecho el día de muertos para traerme los cempasúchiles al campo de flores de mi paraíso, y ahí dejo que crezcan y que se multipliquen. Y los cempasúchiles crecen entre los tulipanes, y su perfume se combina con el de las otras flores. Qué feliz es el día de los muertos para nosotros los muertos. Y ya les digo, así es esto de la muerte, así que no tengan miedo de ella, la muerte es fiesta, y a veces hasta vida. Y así es también esto de la vida, disfrútenla, que cuando menos lo esperan se les acaba.
Sólo podría decir que lo único malo de la muerte es no poder ver a nuestros seres queridos, esos que dejamos en la tierra, al menos hasta que nos encontremos por acá. Y cómo los extraño. A veces quisiera hacerles saber que cada vez que piensan en mí ahí estoy yo, junto a ellos, pero todavía no he descubierto cómo hacerle para que me vean, o cuando menos, para que me escuchen. Así que, ahora que terminé mi historia, déjenme pedirles algo. Si llegan a ver a mis seres queridos, háganme este favor: díganles que no sientan nostalgia por mí, y que no se sientan solos, pues jamás los he abandonado. Estoy en el rocío de las rosas, en la luz del amanecer, y en el perfume de las flores; estoy en cada nube que atrae su atención y en los colores del arcoíris; estoy en el rojo del atardecer y en el sopor de las tardes de domingo. Díganles que mejor se alegren por mí, porque ya estoy descansando, entre tulipanes de colores, sentado a la sombra de la jacaranda y viendo el danzar de las aves. Y díganle a mi mujer que, aunque no sienta el calor de mis labios, todas las mañanas le planto un beso sobre la mejilla; y a mis hijos díganles que, aunque no sientan mi abrazo, yo los estrecho contra mi pecho y tomo su cabeza entre mis manos por las noches, antes de que duerman. Por favor, si los ven, díganles que siempre estoy con ellos.