Fabián Casas, escritor de poesía

Fabián Casas dijo que la función social del escritor es hacer que el lenguaje brille (a Sartre no le gusta esto). Por eso, seleccioné algunos de sus poemas para ver a qué se refiere (?)

Desierto

Manejé durante la noche
hasta agotar la nafta.
Apagué las luces del auto,
cerré las puertas
y caminé sin rumbo
fuera de la ciudad.
Pasé cuarenta días
en el desierto
tentado por el diablo.
Volví,
no me siento ni bien ni mal
y esto debe tomarse
al pie de la letra.

Lo que Casas pone de manifiesto en esta poesía es, ya lo hemos dicho, el propio lenguaje. Pero va más allá cuando en el poema el protagonista escapa del convencionalismo del mundo (el auto, la nafta, las luces, la ciudad) y se interna en el desierto (sin razón aparente) y pasa cuarenta días allí, tentado por el diablo. Se asemeja a un Jesús moderno, ya que el Mesías, para la cultura cristiana, pasó cuarenta días durante los cuales vivió también la tentación del diablo. Nótese que cuando el protagonista está en la ciudad (lo mundano) todo es de noche, mientras que cuando va al desierto (lo celestial, ya que si vuelve vivo del desierto luego de ser tentado por el diablo puede considerarse como celestial) todo es de día. El poema transcurre entre dos lugares aparentemente opuestos.

Quizás la manifestación más cruda de este poema sea cuando dice que esto debe tomarse al pie de la letra. Reconocemos allí una diferenciación entre lo literal y lo metafórico. El autor cuestiona lo verosímil de la propia literatura al connotar que si Jesús pudo pasar cuarenta días en el desierto tentado por el diablo, por qué él no. Ficción sobre ficción.

Allí, en esos dos últimos renglones reside la manifestación y la puesta en tela de juicio de uno de los procedimientos que hacen a la literatura: la connotación.

Ahora mirás el mar, pero no decís nada.
Ya se han dicho muchas cosas
sobre ese montón de agua.

La brevedad de este poema dice, también, mucho. Dice que no hay mucho para decir y a la vez, en tres líneas, nos dice mucho más. Nuevamente la connotación tiene el papel principal. El mar, tratado por la mayoría de los autores como un elemento poético, a riesgo de ser un clisé (ya lo es) forma parte de la poesía como el dragón habita en los cuentos infantiles. El mar ha sido y es asombro tanto para el poeta como para los científicos.

El autor llama al mar “ese montón de agua” como si él ya no tuviera nada que decir, como si acusara a todos los seres humanos, sobre todos a los poetas y literatos de haber utilizado tanto la palabra mar hasta desgastarla, hasta que ya no quedara nada más que decir de él; el mar, ese inmenso lugar, escenario de las kenningar, ese que para los inventores de estas metáforas era “prado de la gaviota”, hoy es para Casas “ese montón de agua”. Notemos que cuando los vikingos comprendían el mundo a través de las kenningar y necesitaron nombrar al mar como “el prado de las gaviotas” el mar era su casa. Fabián Casas escribe este poema desde el siglo XX y no tiene las inquietudes que tenían los vikingos, como éstos no tuvieron las inquietudes que puede vivir el poeta hoy por hoy.

Una oscuridad esencial
Hay una oscuridad esencial en esta calle.
Un único farol ilumina el contorno
y árboles domesticados, altísimos,
producen una música de acuerdo al viento.
Miro a mi perro,
una conciencia a ras del piso
que hurga y mea en la tierra
y pienso en mí, hundido
en el lenguaje, sin oportunidad,
sosteniendo una correa que denota
lo que fue necesario para estar unidos

Si bien “la correa denota”, en el penúltimo verso, más que denotar demuestra, se manifiesta, se muestra tal como es. En este poema, Casas pareciera ir desde un lugar hacia otro con el único fin de que nos acerquemos por curiosidad para ver cuál es el motivo que produce y promueve el movimiento. La oscuridad de la calle nos lleva a unos árboles domesticados que producen una música en concordancia con el viento. Es el viento el que protagoniza la escena, por él existe la música que producen los árboles al moverse en una calle apenas iluminada por un farol. De pronto, el protagonista mira a su perro y lo visualiza como una “una conciencia al ras del piso”. Notemos y guardemos que le atribuyó al perro una conciencia, pero al ras del piso. Y enseguida el protagonista no puede soportar todo el paisaje y piensa en sí mismo, piensa que no puede decir nada, ya que está hundido en el lenguaje sin oportunidad. La metáfora da un salto grande y tal vez por eso haya que seguirla paso a paso. El protagonista sostiene al perro que tiene conciencia, en una calle oscura, con una correa que denota lo que fue necesario para estar unidos. Esa correa connota en el mundo de la metáfora la unión entre el hombre y el lenguaje. El perro representando al lenguaje como una conciencia al ras del piso que no se muestra de otra manera más que atado a una correa, y lo que es aún peor, esa correa la sostiene alguien que sabe que no tiene oportunidad y está hundido en el lenguaje. Como en el poema del mar, casas nos quiere decir que no hay nada que decir pero que de alguna manera hay que decirlo: para eso está la literatura.

La partitura
Puestos con ropas,
golosinas, cámaras fotográficas,
zapatos baratos, anteojos de sol, etc.
Y más: personas esperando colectivos
que parten hacia lugares determinados;
trenes repletos que fuera de horario
ya no pueden representar el progreso.
El cielo, cubierto de humo,
vale menos que la tierra.
Es definitivo,
acá la naturaleza bajó los brazos
o está firmemente domesticada en los canteros.

Podríamos llamar a este poema “poema social”, sin embargo, lo que el autor nos quiere decir va más allá de lo social.

Hay un imperativo categórico en el poema que no podemos soslayar: “Es definitivo, acá la naturaleza bajó los brazos o está firmemente domesticada en los canteros”.

Es definitivo, nos dice Casas, y enseguida culpa a la naturaleza de haber bajado los brazos. La personificación de la naturaleza no es algo nuevo en las puestas de manifestación en el lenguaje literario, pero sí podemos ver cómo Casas, además de personificarla negativamente al decir que bajó los brazos definitivamente, está domesticada en los canteros. En el poema anterior “Una oscuridad esencial”, los árboles también aparecen domesticados y reproducen la música que el viento les dice. La domesticación para Casas parece representar la sumisión, pero viendo este poema podemos afirmar que la domesticación es el apego exagerado a las leyes, la naturaleza podría verse como un Gregorio Samsa domesticado únicamente para el trabajo.

Encontramos aquí, tal como en el primer poema analizado, dos lugares opuestos. Al principio, Casas se ocupa de ofrecernos brevemente el panorama urbano que puede percibir cualquier persona que viva en la ciudad: son las mercancías, allí, quietas, inmóviles; por eso Casas no las personifica, no les atribuye cualidades. Las mercancías están muertas porque no hacen nada. Luego viene la gente que se agolpa en los colectivos y en los trenes, y el tiempo que no alcanza: los colectivos y los trenes fuera de horario: es la gente que trabaja para obtener esas mercancías. Tampoco Casas le atribuye ninguna característica humana a las personas en esta parte del poema, salvo cuando utiliza la palabra “esperando”. Todo esto ya no puede representar el progreso. Guiño de ojo del autor a la literatura del siglo XIX, sobre todo al progreso propuesto por Sarmiento en Facundo, civilización o barbarie y su propuesta de traer el progreso. Guiño de ojo y complicidad con Adorno y Horckheimer y su obra Dialéctica del iluminismo. El progreso no sirvió de nada o no llegó aún.

Y por último, Casas nos muestra un escenario contrapuesto al presentado al principio: la naturaleza, que bajó definitivamente los brazos frente al poder de las mercancías y al deseo de las personas que van a amontonarse en lo colectivos y trenes que salen a destiempo.

Poema social
Aprovechando el sol en este invierno crudo,
los obreros de la fábrica, en su hora de descanso,
formaron una hilera de cascos amarillos
en la vereda de enfrente.
Si no fuera por el rubio, que se rasca la cabeza,
parecerían una fila de lápices
del mismo color.

La crudeza del invierno pero a la vez la luz ofrecida por el sol le ofrecen a este poema un tinte contradictorio y a la vez convencional, sobre todo por la contraposición entre el sol y el adjetivo crudo atribuido al invierno lo hacen ser convencional, y quizás sea eso lo que Casas quiera decirnos. Sin embargo, nos quiere decir algo más: comienza con su típica descripción, pintándonos primero el escenario en el que sucederán los hechos, en este caso, una fábrica, en la que los obreros (ya entramos en la acción), con sus cascos amarillos, hicieron una fila. Al parecer el poeta los ve desde arriba porque no omite el detalle de un rubio que se rasca la cabeza y es el que hace que la fila no sea parecida a una de lápices del mismo color. El detalle nos ofrece la visión del poeta y quizás su desconfianza en la poesía social: ya en el título del poema podemos advertir la ironía de la autodenominación. Es como si el poema viniese y se parar delante nuestro y nos dijese “yo soy un poema social”; digno de desconfianza. En este poema Casas parece descreer del modelo de la igualdad propugnado por las viejas políticas y sobreexaltado por algunas otras modernas. La descripción de la fila tampoco parece sorprender al poeta ni tampoco éste busca sorprender al lector; sólo describe detalles en los que podemos visualizar una fila de obreros con cascos amarillos en la que uno de los obreros se mimetiza y al rascarse la cabeza hacer perder la impresión de que son todos iguales. No son todos iguales, ni los obreros ni nadie, eso quiere decirnos Casas con este poema.