Problemática sobre qué es (la) literatura

La preocupación por definir qué es (la) literatura tiene diferentes respuestas. Según la teoría que adoptemos, veremos qué es y qué no es. Para acercarnos a una posible “salida” o, si les gusta más, “entrada” acerca del interrogante “qué es la literatura”, debemos desplazar la pregunta por “qué es lo que hace que un texto sea literario”, es decir, preguntarnos por la especificidad de lo literario.

Lo que determina aquello que hace que un texto sea literario, dice Culler, no es la literatura, sino la “literaturidad”, esto es, lo que hace de una obra dada una obra literaria.

Pero la pregunta puede volver una y otra vez: ¿qué es la literatura?: por un lado: evasión juego, placer: entonces, ¿para qué evaluar en las escuelas? Por el otro, compromiso. En este último punto se terminaba enseñando historia y denunciando al sistema por los datos biográficos del autor, tal es el caso de Sartre o de Haroldo Conti. Luego llegó la teoría estructuralista que intentó clasificar mediante un método riguroso todos los textos en un solo modelo: el de la estructura.

Preguntarse cuál/es es/son la o las cualidades distintivas de la literatura es plantear la pregunta de la literaturidad: ¿cuál es o cuáles son los criterios que hacen que algo sea literatura?

Johnattan Culler dice que desde la literaturidad es posible la identificación de elementos o factores recurrentes que pueden ser estudiados más allá de un texto singular y de un determinado contexto. Para Culler, un primer problema consistiría en saber si existen propiedades interesantes que posean todas las obras que denominamos literarias y que las distinguen de objetos no literarios a los que se parecen.

Antes de continuar diremos que aún no se llegó a una definición plena de literaturidad.

No disponemos, según Northon Frye, de verdaderos criterios para distinguir una estructura verbal literaria de una que no lo es. Lo importante sería saber si hay en todas las obras que denominados literarias propiedades interesantes que las distingan del resto, de lo que no es literatura.

Si hacemos un primer acercamiento, podemos ver que la literatura es aquello que una sociedad determinada trata como literatura. Hay ejemplos del nouveau roman francés y de escritos que antes no eran considerados literatura y luego sí.

Lo que es literatura y lo que no lo es lo determinan los árbitros de la cultura: profesorxs, escritorxs, críticxs, académicxs, lectorxs.

Si la literatura fuera una categoría de este tipo, la literaturidad no sería objeto de un análisis teórico, sino únicamente objeto de una investigación histórica que pretendería hacer explícitos los criterios utilizados por diferentes grupos que se interesan por la literatura. Reflexión que es la que persiguen los teóricos, no porque quieran saber qué discursos incluir o excluir de la literatura, no porque quieran explicitar criterios que ha regido las inclusiones y las exclusiones de otras culturas o momentos históricos, sino porque se preguntan cuáles son los aspectos más importantes de la literatura, porque quieren determinar qué es estudiar un texto como parte integrante de la literatura.

Volvamos a la literaturidad para definirla como criterio de instrumentos de teórica y metodológica que sacan a la luz los aspectos fundamentales de la literatura y que finalmente orientan los estudios literarios.

Por otra parte, a lo que se apunta es a determinadas propiedades del lenguaje.

Madame de Staël en su texto le da un sentido moderno al término literatura. Roman Jakobson hace hincapié en que se debe analizar el procedimiento y no tanto la vida del autor o su psicología.

Estudiar un texto como texto literario en vez de valerse de él como documento biográfico o histórico, o incluso como declaración filosófica es, para el analista, concentrar su atención en el empleo de algunas estrategias verbales.

Los formalistas planteaban como afirmación fundamental que el objeto de la ciencia literaria debe ser el estudio de las particularidades específicas de los objetos literarios que los distinguen de toda otra materia.

La literaturidad posee tres características esenciales:
Los procedimientos del foregrounding (puesta de manifiesto) del propio lenguaje.
La dependencia del texto respecto de las convenciones y sus vínculos con otros textos de la tradición literaria.
La perspectiva de integración composicional de los elementos y los materiales utilizados en un texto.

Hay varias maneras de hacer perceptible el lenguaje, de modo que el lector no reciba el texto como un simple medio transparente de comunicar un mensaje, sino que resulte involucrado por la materialidad del significante y otros aspectos de la estructura verbal. La desviación o la aberración lingüística -la creación de neologismos, las combinaciones insólitas de palabras, la elección de estructuras no gramaticales o aberrantes en el plano semántico- son formas de poner de manifiesto que se utilizan sobre todo en poesía, pero que se encuentran también en la prosa un lenguaje figurativo que exige un esfuerzo de interpretación sirve también para significar la literaturidad.

Poner de manifiesto los signos lingüísticos y los medios de representación puede hacer de la literatura una crítica de los modelos semióticos mediante los cuales tenemos la costumbre de hacer el mundo Inteligible.

Por ejemplo, la puesta de manifiesto en la literatura de Haroldo Conti, particularmente en sus novelas Mascaró el cazador americano y En Vida puede verse cómo el lenguaje utilizado para describir se mezcla de alguna manera con la musicalidad del personaje o del paisaje o simplemente el lenguaje describe lo grotesco y es grotesco a la vez. Basta citar el siguiente diálogo entre el Príncipe Patagón y Oreste como ejemplo de manifestación del lenguaje y de la subversión que el propio lenguaje imprime sobre la novela

– Yo di un portazo y le grité a la «vieja» que iba
hasta el Club, pero pasé por delante del Club, el Sportivo
Victoria, y seguí andando como si tal cosa.
– Ahí lo tienes. A cada rato me decía «esto se
acaba ahora mismo», pero notaba cada vez que lo decía
otro o por lo menos que había en mí uno que lo decía y
otro que seguía pateando en medio de toda esa miseria.
– Entonces di con el camino.
– Eso es, el camino. Has usado el tono justo. Por
eso sólo te reconocería como un Príncipe.
– Y encontré otros tipos que iban y venían como yo.
Iban, no importa la dirección.

En el plano lingüístico, el efecto “literatura” se destaca no sólo por figuras o combinaciones insólitas, sino también por un lenguaje “elevado” que consiste en parte en utilizar fórmulas que han perdido toda su fuerza innovadora. Aunque el propio Jakobson reconoce que “las aliteraciones y otros procedimientos eufónicos son utilizados… por el lenguaje cotidiano hablado. En el tranvía se escuchan bromas basadas en las mismas figuras que la poesía lírica más sutil, y los chismes a menudo están compuestos de acuerdo con las leyes que rigen la composición de las novelas cortas… “ (1973, 114).

Jakobson indica una vía de reflexión en su célebre diferenciación de las seis funciones del lenguaje cuando define la función poética del lenguaje como “una focalización en el mensaje en cuanto tal” (1960,353). Esta definición retoma en parte la noción tradicional de que el objeto estético tiene un valor en sí, no está sometido a fines utilitarios cualesquiera, sino que posee lo que Kant en su Crítica del juicio denomina “la finalidad sin objetivo” (Zweckmiissigkeit ohne Zweck). Libre de las limitaciones de los discursos cotidianos, históricos y prácticos, la obra literaria se sitúa de otra manera y puede producir ambigüedad, puede constituirse como estructura autónoma ligada al ejercicio de la imaginación del autor y del lector. Esta libertad es la que pone en juego algunas ideas rectoras de la literaturidad: la idea, por ejemplo, de un discurso polivalente, en donde todos los sentidos de una palabra (sobre todo las connotaciones) pueden entrar en juego, o la de un discurso portador de un sentido oculto, indirecto y suplementario, que sería el sentido más importante. la puesta de manifiesto del lenguaje en un texto literario es una manera de desprenderlo de otros contextos (el momento y las circunstancias prácticas de la producción del enunciado), de hacer del acto de lenguaje que el texto pretende cumplir (como la invitación) un procedimiento literario y situarlo en un contexto de textos y de procedimientos literarios.

Lo que caracteriza a la literatura son los modos en que ésta incorpora otras puestas de manifiesto del lenguaje; debemos contemplar tres niveles de integración:

En un primer nivel, está la integración de las estructuras o de las relaciones que, en otros discursos, no tienen función alguna. Cuando doy una cita, en la forma de mi mensaje se puede ignorar una asonancia, una aliteración o un paralelismo. Precisamente porque el texto literario no es un discurso que comunique informaciones prácticas, sino porque está vinculado a una situación de comunicación diferida en la que reina la convención de la importancia de los detalles y de las estructuras lingüísticas, significa en varios registros. En síntesis, la primera clase de integración es la producción de efectos semánticos y temáticos mediante estructuras formales.

La integración a segundo nivel es la de la obra de arte completa: la convención por la cual la obra literaria ha de ser un todo orgánico (Ingarden, 1931) y el que, en consecuencia, la labor de la interpretación consista en buscar y demostrar esta unidad, es una de las nociones fundamentales de la literaturidad.

En un tercer nivel de integración, la obra significa mucho en relación con el texto literario: en su relación con los procedimientos y las convenciones, con los géneros literarios, con los códigos y modelos por los que la literatura permite a los lectores interpretar el mundo. En este nivel, el texto literario ofrece siempre un comentario sobre una lectura implícita (Iser, 1972) o puede ser interpretado como una alegoría de la lectura, una reflexión sobre las dificultades de la interpretación (De Man, 1979). La posibilidad de leer un texto literario como una reflexión sobre su propia naturaleza y sobre la de la literatura hace de la literatura un discurso autorreflexivo, un discurso que, implícitamente (a causa de su situación de comunicación diferida), cuenta algo interesante sobre su propia actividad significativa. En la medida en que la finalidad consiste en identificar que es importante en la literatura, la búsqueda de la literaturidad nos muestra hasta qué punto la literatura puede iluminar otros fundamentos culturales y revelar mecanismos semióticos fundamentales. La ficcionalidad no es en modo alguno la cualidad esencial que distingue a una novela de una biografía.

Podemos concluir que la literatura no es una imitación ficticia de los actos de lenguaje no ficticios y “serios”, sino un acto de lenguaje específico, por ejemplo, el de contar una historia.

El discurso literario, para poseer condiciones de enunciación diferentes a las de otros actos lingüísticos, se relaciona con condiciones específicas. Pero ¿cuáles son estas condiciones y, en particular, cuál es la relación entre estos actos de lenguaje del relato literario y los del relato no literario? No lo sé, me quiero ir a dormir la siesta.