I
La casa estaba vacía, hace mucho que los ecos de la vida se habían disipado. Solo dos almas poblaban este mausoleo. Una de ellas inmóvil. La otra por siempre inquieta.
Sus pasos eran ligeros. El grueso manto de polvo amortiguaba el choque de sus pies. Conocía cada madera del piso, conocía el chirrido que emitían al pisarlas. Conocía también aquellas que no emitían sonido alguno. Cada paso lo acercaba más a la salida, cada paso lo alejaba más de Él. Avanzar con cautela, lentamente, no hagas ruido. No aquí, donde las viejas paredes esperan pacientemente algo que pueda sacudirlas, un sonido para rebotar y llenar así la casa con algo que no sea frío y decadencia.
Falta poco. ¡Silencio! (corazón). Cada paso lo hace latir con más fuerza. Puede sentir el latido deslizándose fuera de él y rozar muebles atrapados bajo sábanas de arena. Si mi corazón no se detiene, Él te oirá.
Acaricia con sus ojos el cerrojo de la puerta. Pronto su mano podrá tocarlo. Ya casi.
La sangre corriendo furiosa por sus venas no deja escuchar el silencio que le rodea. De pronto los tambores que palpitan en su cabeza son callados, disipados. Es Él, se ha despertado.