Un plebiscito contra el golpe de estado
Cuando iba llegando al Watsco Center de la Universidad de Miami, a las siete de la mañana del pasado domingo 16 de julio, esperaba encontrarme con un centro de votación como los que conozco de Caracas, instalados en liceos o institutos politécnicos. Ya me habían dicho que ese sería el centro “más grande de todos” en el sur de Florida para el plebiscito contra el gobierno del presidente de Venezuela Nicolás Maduro, así que asumí que tendría unas cuantas mesas. El Watsco Center es la sede de los Hurricanes, el equipo de basquetbol de la Universidad, y se utiliza para realizar eventos.
La Red de Observación Electoral de la Asamblea de Educación me pidió a última hora que fuera observador. El llamado al plebiscito fue hecho a la carrera por la Asamblea Nacional de Venezuela apenas trece días antes, el 3 de julio, como respuesta a la convocatoria ilegal de Nicolás Maduro a una Asamblea Nacional Constituyente unilateral y con poderes ilimitados. El objetivo declarado es que Maduro y sus aliados redacten y promulguen una nueva Constitución para el país; pero la verdadera intención es disolver la Asamblea Nacional y cualquier vestigio de oposición al régimen. La oposición democrática llamó a los venezolanos de dentro y de fuera del país a votar contra la iniciativa, planteando tres preguntas a ser respondidas afirmativa o negativamente: la primera, si el elector desconoce y rechaza la Constituyente de Maduro; la segunda, si reclama de la Fuerza Armada someterse a la ley y obedecer a la Asamblea Nacional, en tanto que depositaria última de la soberanía popular; y la tercera, renovar los poderes públicos fraudulentamente usurpados por el chavismo (Tribunal Supremo de Justicia y Consejo Nacional Electoral), la realización de las elecciones pendientes y negadas al pueblo venezolano, y la conformación de un gobierno de unidad nacional. Se trata por lo tanto de regresar al camino constitucional.
La cola para entrar a la arena de los Hurricanes daba la vuelta al edificio. Era de esperarse: los venezolanos tenemos un reflejo en lo más profundo que nos hace sumarnos a una cola en cuanto la vemos. A pesar de la temprana hora, el calor y la humedad me bañaron en sudor. Presenté la improvisada credencial que me había sido enviada por email y franqueé la entrada, a salvo por fin en aire acondicionado. Me dijeron que la gente empezó a llegar a las cinco de la mañana, otro dato previsible. Cómo andarían, ya con dos horas ahí.
Lo que encontré adentro sobrepasó mi imaginación. Cientos de personas se movían diligentemente, o charlaban en grandes mesones. Estaban los de franela negra, que se encargaban de la dirección y coordinación, y los de franela blanca, que eran los miembros de mesa, tres en cada una, seis en cada mesón. Conté 72 mesas dispuestas en orden sobre la cancha. Cuando expresé mi admiración a Javier, uno de los coordinadores que andaba de arriba abajo como un electrón libre, me dijo, en súbita cámara lenta y separando las sílabas: “son o-chen-ta”, mostrando apenas satisfacción, para regresar a su velocidad normal y seguir a toda carrera. Había por lo tanto 240 miembros de mesa. A ellos se agregaban los voluntarios, también de franela blanca, que asistían en las labores que fueran necesarias, y un grupo de reserva sentado en las gradas junto a las cámaras de TV. Había de sobra y los coordinadores no sabían qué hacer con ellos. En apenas trece días los venezolanos opositores habían logrado, al margen del aparato estatal dominado por el poder ejecutivo, instalar unos dos mil “puntos soberanos” (como decidieron llamarlos) en todo el país y en el extranjero. Incluso, un venezolano logró instalar una solitaria mesa en Entebbe, Uganda, con tres votantes: los tres miembros de mesa.
Me dirigí a una mujer de mediana edad, cabello castaño y ojos marrones claros, que formaba parte del equipo de los franela negra. Ya había pasado la hora de abrir el centro, y se mostraba algo nerviosa. Cuando le dije pregunté con quién tendría que hablar para lo referente a la observación, se quedó en blanco por un instante y me dijo con una mirada que pedía comprensión: “conmigo no”. Me sentó en las gradas y me pidió que esperara. Alcanzó a decirme su nombre: Cristina. Era la directora del evento, y por supuesto tenía otras cosas en mente. Resolví que Javier sería el hombre para estos asuntos.
Cristina dio por empezada la jornada a través del micrófono, y los de las mesas 35 y 36 rezaron el Padrenuestro. A las 7:25 empezó a funcionar el centro y yo envié el primero de cuatro reportes. En la mesa que escogí al azar había una mujer que tenía experiencia en procesos electorales anteriores. Esto se repetiría en otras mesas del mismo centro, en el país y por todo el planeta: una experiencia acumulada gracias al rosario de procesos electorales usado por el chavismo para legitimar su permanencia en el poder por 18 años, algo sólo superado por el Tiranosaurus Rex de nuestros dictadores: Juan Vicente Gómez. La gente votaba rápidamente pero muchas mesas permanecían vacías, porque en la entrada el personal de seguridad represaba a los votantes cacheando bolsos, mochilas y maletines. El ambiente tenía algo de paseo dominguero y la gente entraba en familia y a paso ligero, porque había mesas libres de sobra. Quise saber si se llevaba una contabilidad de los votos emitidos y me encontré con Elizabeth, la coordinadora de coordinadores, quien dijo que tenía planeado hacer cortes cada tres horas. Con ella, mi lista de interlocutores estaba lista: Javier para la logística, Elizabeth para los números y Cristina para lo demás.
A las 10:00 vino el primer corte: tres mil votos emitidos. Por debajo de las expectativas, que eran entre 20 y 30 mil para el final del día. Se pidió por grupos de WhatsApp que la gente dejara sus bolsos en los carros para agilizar la entrada. El próximo corte sería a la una de la tarde. Decidí salir a atender otros asuntos y volver luego.
Se me hizo tarde, por supuesto. Estaba en la US1 sin saber cómo regresar y pedí un taxi, bañado en sudor. La Ponce de León y el Dickinson Drive estaban trancados, así que me bajé para seguir a pie. Una larga fila de gente se extendía por todo el perímetro del estacionamiento, haciendo meandros diseñados de forma que no entorpecieran la entrada y salida de vehículos. Aquí había, sin duda, gente que sabía mover la logística. En Caracas, estamos acostumbrados a pasar hasta doce horas esperando para votar en una cola equivalente a la que me encontré aquí temprano en la mañanita. Lo que estaba viendo ahora multiplicaba por diez lo que había conocido, sólo que esta cola no se detenía nunca. Era imposible hablar con la gente sin tener que moverse. Javier y su combo habían logrado bajar el tiempo de espera de una hora y media a media hora.
Al entrar llamaba la atención lo rápido que caminaba la gente en la cola y la algarabía general. Era como estar en una verbena. Familias y parejas se sacaban selfies enarbolando el pulgar con tinta azul; de las mesas hacían señales con los brazos a quienes iban llegando para que se acercaran a votar. Era una especie de competencia a ver cuál atendía más (al final del día se dio un reconocimiento a las mesas que atendieron más votantes). Se escuchaba el coro: “¿Quiénes somos? ¡Venezuela! ¿Qué queremos? ¡Libertad!” Y: “Y va a caer, y va a caer, este gobierno va a caer”, el mismo que cantaban en las manifestaciones contra Pinochet en los años 80. Yo circulaba entre las mesas buscando a Elizabeth para saber el corte de la una. Como parecía un turista desorientado, me llamaban una y otra vez para que fuera a votar y yo decía que ya lo había hecho, a primera hora. El chavismo ha hecho de esta informalidad, o falta de garantías, un punto de ataque al plebiscito luego de conocerse los resultados. En ese centro, no vi nada que indicara que alguien pudiera estar votando repetidamente de forma concertada. La actitud tanto de los miembros de mesa como de los coordinadores era más bien de extrema rectitud. Los voluntarios de manejo del público trataban de que la gente saliera y no se quedara dando vueltas como yo, para evitar aglomeraciones. Más de una vez quisieron correrme, amablemente, pero para entonces ya tenía un brazalete amarillo que me identificaba. Cuando me encontré a Elizabeth me dijo que se atrasó con el corte y que llevaban 8.900 votantes, un incremento del ritmo a más del doble.
Salí a ver cómo estaba la situación y descubrí que la cola que yo había estado viendo dando la vuelta al edificio y haciendo meandros en el estacionamiento había sido, todo el tiempo…dos colas, igual de largas. Minutos más tarde, mientras recargaba el celular en el salón de prensa, Javier, el de logística, irrumpió para abrir un segundo portón, porque la gente se estaba apiñando para salir. La entrada de prensa se transformó en salida de público. A las cuatro y media de la tarde, media hora pasada la hora de cierre, había todavía muchísima gente y se logró plazo hasta las cinco y media. Al final iban llegando grupos pequeños de gente que se habían quedado sin votar en otros centros que sí tuvieron que cerrar puntualmente. A las seis, los vigilantes, la policía de Coral Gables, y la universidad estaban hartos y no quedó otra cosa que dar por finalizada la votación.
Se procedió al conteo por mesas y se consolidaron las cifras alrededor de uno de los mesones. Mientras esperábamos los resultados definitivos reconocí a la esposa de un amigo de la universidad. Ella estaba con la familia en Miami y había ido a votar junto a sus hijos. Tanto mi amigo como ella habían sido no sólo chavistas, sino cercanos al Presidente Chávez. Tenía mucho tiempo sin verlos, y me costó reconocerla: la historia política de estos últimos 18 años ha separado los caminos de mucha gente. Pero allí, en ese centro electoral, nos reencontramos como si estuviéramos retomando una conversación pendiente. Un momento que prefigura el futuro que espera por el país.
Elizabeth leyó los resultados de cada mesa, agrupados por grupos de diez. La cuenta final fue de 23.934 votos (la cifra fue corregida después hacia abajo, a 23.839 al consolidarse las cuentas). Watsco Center, en Coral Gables resultó ser el centro de votación más grande de Venezuela. En el sur de Florida solamente, votaron unos 100 mil venezolanos y en todo el estado un total de 144 mil. El voto en el extranjero llegó a casi 700 mil. El Plebiscito del 16 de julio reflejó el tamaño de la emigración venezolana: unos 2 millones han abandonado el país en los 18 años de régimen chavista. Como lo expresó el periodista Alonso Moleiro: “Acaba de nacer una nueva entidad federal, el estado diáspora. Es uno de los más poblados del país, de hecho”. Y en efecto, el “estado diáspora”, fue el tercero de todo el país en número de votantes. El total de votos fue de 7,5 millones aproximadamente.
Lo que hicieron los venezolanos el pasado 16 de julio es un evento único por varias razones.
En primer lugar, fue un acto de rebelión civil, típico y a la vez inédito, en la era del “autoritarismo competitivo” del siglo XXI. La oposición venezolana descubrió, contra la tiranía del siglo XXI, un arma que no existía contra las tiranías anteriores: la realización autónoma de un referéndum nacional para derrotar una dictadura y restituir la legalidad.
La dictadura chavista se disfrazó siempre de democracia, aunque desde el inicio recurrió al golpe de Estado, como fue el caso de la Constitución de 1999. En aquél entonces se trató del texto legal de una parcialidad política, el chavismo, y no del conjunto de la sociedad, y su fin era lograr la permanencia de Chávez en el poder y disolver el Congreso Nacional recién electo, para así poder asaltar el aparato estatal. Pero antes de llamar a la elección, Chávez consultó a todos los venezolanos si estaban o no de acuerdo con su convocatoria a una Asamblea Constituyente. Eso no la hizo democrática, porque siguió siendo el proyecto de una parcialidad, en mayoría en aquél momento. Pero por lo menos tuvimos la oportunidad de rechazar su realización. No la aprovechamos.
En esta ocasión, Maduro y el chavismo no-disidente convocan unilateralmente una Asamblea Nacional Constituyente en sus propios términos (no los de distintas partes que llegan a un acuerdo de convivencia), con el fin de crear un estado corporativo y comunal y acabar con el sufragio universal y la democracia representativa. Las bases de la convocatoria sitúan a ese órgano por encima de cualquier ley y de la constitución vigente, con la facultad de disolver los poderes públicos, pudiendo incluso destituir a Maduro y sesionar a perpetuidad, instaurando un modelo de facto de institucionalidad provisional indefinida. No es la expresión de un país soberano: a diferencia de 1999, esta vez se trata de un ukase presidencial que no cuenta con la aprobación popular. Un golpe de Estado anunciado, sin disfraz, por todo el medio, y militar. Porque el gobierno de Maduro es un gobierno militar, y tras la Constituyente está el militar Diosdado Cabello.
En Venezuela nos encontramos ante un sistema dictatorial (porque no hay equilibrio de poderes ni cortapisas a la voluntad del chavismo), que hasta ahora toleraba las elecciones (porque las ganaba), y la existencia de un Parlamento (porque lo dominaba). Así es el “autoritarismo competitivo”: es competitivo sólo mientras vaya ganando. Un patrón que se repite en varios países.
La segunda razón, es que se trató de una hazaña sin líder ni héroe. Tal como hicieron los antiguos griegos al repeler a la armada persa, en menos de 13 días millones de venezolanos arrimaron el hombro a una batalla democrática sin necesitar instrucciones ni órdenes de nadie. Sucedió en Venezuela, y se replicó en todo el mundo: cada quien supo lo que había que hacer en el momento indicado por su mera condición de ciudadano. Descoordinada y productivamente. En menos de dos semanas esta agregación de individuos logró organizar un evento electoral en Venezuela y en el extranjero con la participación de 7,5 millones de electores, a pesar de contar con sólo 2 mil centros de votación, a pesar de la intimidación y la violencia, y del apagón informativo al que tiene el gobierno sometido al país y por el cual mucha gente no se enteró del plebiscito.
La virtud y la fortaleza de la oposición es no tener un líder. Que el chavismo vea en esto un problema y una carencia expresa suficientemente el abismo que separa a los venezolanos.
Es cierto que el plebiscito no contó con las salvaguardas de una elección regular. Era posible el voto repetido, y no había una contraparte o una instancia independiente que diera fe de la autenticidad de los resultados, puesto que fue la consulta de una parcialidad. Pero estos defectos eran inherentes a la forma de la convocatoria, porque estamos ante un acto de rebelión civil contra un gobierno que se ha colocado al margen de la ley, y se realiza por lo tanto al margen de la institucionalidad, como iniciativa ciudadana. Por definición, el gobierno no puede tener representantes en él.
La tercera razón es que el plebiscito prescindió de una serie de fetiches electorales venezolanos. Por primera vez desde la introducción del sufragio universal en nuestro país no hubo militares tutelando la elección en las calles, ni en los centros de votación. El voto volvió a ser manual, lo cual no impidió que cada centro tuviera sus resultados mucho antes de lo usual en Venezuela. No hubo colas estáticas por horas, se pudo votar también con el pasaporte, no se usaron las humillantes máquinas captahuellas, y por último, no hubo la llamada “ley seca” que prohíbe el expendio y consumo de licores durante todo el fin de semana de una elección. El efecto liberador fue percibido por todos. Y entendido como una lección a futuro.
Hasta entonces, las elecciones en nuestro país parecían tener lugar bajo estado de sitio.
Por contraste, para la elección del próximo domingo 30 de julio, el gobierno de Maduro y su apéndice electoral cargarán con los mismos déficits del plebiscito popular el 16 de julio, porque no hay una contraparte que pueda dar fe del proceso, pero magnificados. Por un lado, porque que en este caso no se trata de un acto de rebelión, sino de que el gobierno y su partido PSUV utilizarán todo el poder del Estado por ellos secuestrado para acabar con todo vestigio de vida republicana. Y por otro lado, porque teniendo al petroestado en su poder habrá más oportunidades de manipulación y fraude: el gobierno cuenta con 14 mil centros de votación, en un proceso sin garantías de ningún tipo. A través del código QR del carnet de la patria, y una feroz y masiva campaña de intimidación se busca obligar a empleados públicos y beneficiarios de programas asistenciales a votar contra su voluntad, de ser necesario. Y los militares, las captahuellas, las máquinas de votación, la coacción, el acoso, la opacidad y la ley seca los habrá, todos, en la elección del domingo 30.
Los ciudadanos venezolanos lograron con el plebiscito del 16 de julio sembrar lo que pudiera ser la semilla de la revuelta contra la contrarrevolución populista y antirrepublicana que azota al planeta. Los países democráticos tienen que entender que no pueden seguir desatendiendo este problema. El papel jugado por el Secretario General de la OEA, Luis Almagro, apunta a un cambio en este sentido. Quienes no quieren poner límites a Maduro, no tendrán la presencia de ánimo para enfrentar los fascismos de izquierda y derecha que surgen como “autoritarismos competitivos”. Los venezolanos sabemos de eso. No esperen a aprender de sus propios errores, basta con los ajenos. La estación final de todo populismo es la dictadura.
