Tony Wall y su extraña infancia

Quizás era domingo o sábado. No lo recuerdo.
No recuerdo si era un día de vacaciones o si era un fin de semana triste de esos que cuando el sol empieza a esconderse y el cielo se mancha de un naranja brillante pero melancólico te hacen saber amargamente que la diversión se ha acabado.
Lo que sí recuerdo es que estaba con unos amigos y jugábamos a las escondidas.
— ¡Oye Tony! ¡Ya te ví!
Ese era «P». Siempre intentaba hacer lo mismo; nunca le funcionaba. Quería que yo le dijese «¡vale!» para que entonces el muy cabrón salga desde donde sea que estuviera y se riera de mí en mi cara: «ja, ja, ja, ¡te he pillado!».
Ni si quiera le respondía porque sabía que tan solo estaba tanteando. — desde pequeño ya me había dado cuenta de que las personas harían cualquier cosa por ganar; aunque sea en un estúpido juego de niños — . Supongo que esa brevísima sensación de gloria — la de sentir que estás un paso por delante del otro — te otorga una especie de significado, un algo que te hace sentir que estas haciendo cosas, que eres alguien. Es ridícula la semejanza que tiene esa estúpida sensación de gloria de la cual disfrutan algunos niños con la actitud de las personas que se disfrazan en días no festivaleros, es decir, con la actitud de aquellos cuya profesión exige un vestimenta determinada.
Por alguna razón aquellos que visten uniforme se sienten superiores a otros. Y no me hables de los uniformes del colegio… ¡Siempre odié esos malditos uniformes! ¿¡acaso el colegio es un jodido destacamento militar o una prisión o algo así!? ¡todos esos, los que te exigen que hagas cosas, no son más que una panda de jodidos pirados!
— ¡Ya te vi, Tony El Cascaarrraaaabias!
Obviamente aún no me había visto. A veces me preguntaba qué coño hacía yo jugando esos estúpidos juegos. Siempre me he sentido ajeno cuando he intentado hacer todo aquello que la gente asocia con la palabra diversión. Por alguna extraño razón, o quizás por alguna mal formación, yo era incapaz de disfrutar de aquellas actividades. Así que, como resultado, siempre me encontraba enfrascado en mis pensamientos. Por eso me llamaban El Cascarrabias. La mayoría del tiempo me la pasaba cabreado y la minoría del mismo me la pasaba triste o deprimido.
Aunque pueda parecer incoherente con lo que acabo de decir, me gustaba la gente. No tenía muuuchos amigos, pero tenía algunos.
No sé si yo les caía bien o no. Pero siempre intentaba que aquellos que eran muy cercanos a mí pasasen un buen rato.
— ¡Valeee, vale! — le respondí finalmente a «P».
